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Nuestros niños y niñas de la guerra

Fotograma de 'La voz de Hind'
21 de marzo de 2026 21:47 h

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No soy de lágrima fácil y menos en el cine. Pero confieso que he sentido correr las lágrimas, con verdadero dolor de corazón, ante la película La voz de Hind. La cinta incluye grabaciones reales de la llamada telefónica de una niña de seis años en Gaza, atrapada en el vehículo de su familia, rodeada de los cadáveres de sus familiares y con los tanques del ejército de Israel al acecho. Con su tono infantil, aterrorizada pero firme, se muestra extrañada de que nadie acuda a socorrerla durante las 3 horas de espera. El desamparo está en esa vocecita de seis años. El desespero, en sus interlocutores. La vergüenza, en el alma de sus asesinos. Y las lágrimas, escapando de mis ojos. Lloré de pena y de rabia porque Hind me llamaba a mí.

La tristeza se volvió furia el día de la entrega de los Oscar al ver la desvergüenza de los protagonistas de un acto tan cínico y superficial, la indiferencia de gentes rodeadas de glamour y modelos despampanantes. Sin atisbo de compasión o empatía por esos niños y niñas que viven, sufren y mueren en el horror de las guerras que nos rodean cada vez con mayor crueldad y menos justificación. El miedo a las represalias sería una explicación muy generosa para esas gentes de la farándula que no permiten que su vida se vea interrumpida por malas noticias. Pero es una disculpa fácil y demasiado simple. La indiferencia ante el dolor de los demás es un mal de estos tiempos que está muy extendido en el planeta.

Las sociedades modernas viven (vivimos) muy preocupadas por el cuidado y la protección de los menores, su salud, alimentación, seguridad, buena educación y bienestar emocional. En las familias se ha desarrollado un sistema encomiable de atención a los menores de la casa con horarios, presupuesto y cuidados que giran siempre a su alrededor. En las escuelas, existen protocolos para todo, bien sea para casos de padres separados, muertes de familiares o necesidades especiales, para las que se han desarrollado todo un acervo de recursos que atienden a discapacidades físicas, intelectuales, del desarrollo, etc. Afortunadamente, los países desarrollados como el nuestro, cuidan de los niños y niñas con especial atención. Mundialmente, están protegidos jurídicamente por declaraciones de derechos y convenciones muy exigentes que imponen a las autoridades de los estados firmantes una rotunda defensa del interés superior del menor, como eje imprescindible de sus políticas y legislaciones.

La protección de los más pequeños prevalece desde los inicios de la humanidad cuando las tribus se quedaban al cuidado de las criaturas mientras los adultos –hombres y mujeres– salían a cazar. Es natural. Ellos son los más débiles e indefensos y con su cuidado se garantiza la perpetuación de la especie. 

No cuidarlos y asegurarles una buena infancia sería tanto como cavar la tumba de nuestro futuro como seres humanos. Quizá por eso, sentimos una ternura infinita ante un bebé que balbucea o nos sonríe y existe un impulso natural que nos conmueve para acudir en su defensa cuando le vemos sufrir. Sin embargo, algo cambia en nuestro cerebro cuando ese niño que llora con la pierna amputada o la niña famélica de mirada triste está sufriendo una guerra que vemos lejana. Pero ellos siguen siendo nuestros niños y niñas. 

En ese caudal de entretenimiento en el que se han convertido las noticias de las guerras en los telediarios, dedicamos un exabrupto ante esas imágenes o, como mucho, una lágrima porque nos sentimos impotentes frente a contiendas bélicas que vemos tan ajenas. Mientras revisamos la mochila de nuestros hijos y nietas para comprobar si se han comido la fruta de media mañana y así completar adecuadamente el menú escolar, nos preocupamos por su higiene enviándolos a la ducha y preparamos sus cenas saludables, miles de criaturas menores en todo el mundo son ametralladas, torturadas, aterrorizadas o detenidas a punta de pistola sin que nadie haga nada por evitarlo o, al menos, perseguir a los culpables.

La ruptura constatada del marco jurídico internacional –que tanto Israel como Rusia y Estados Unidos– han violado sin mayor sonrojo- incluye también la grave vulneración de los compromisos asumidos en la “Declaración sobre la protección de la mujer y el niño en estados de emergencia o de conflicto armado” de la ONU suscrita en 1974. Las madres y sus criaturas son objeto de mayor protección en caso de guerra por considerarse personas vulnerables dentro de la protección de la población civil en causas bélicas, trato especial justificado en esta norma “por el destino de la generación venidera”. Es obvio que a los actuales gobernantes en guerra no les preocupa lo más mínimo la generación venidera que no sea la suya. Porque estamos comprobando que una de las armas de guerra de estos países incluye el hostigamiento y destrucción de civiles, ancianos y niños en hospitales, escuelas o lugares de residencia.

Rusia ha secuestrado grupos de niñas y niños ucranios a las que está aleccionando lejos de sus padres y su país, en abierta conculcación de la “Declaración de Derechos del Niño” que obliga a los estados, expresamente, a preservar “su identidad, incluidos la nacionalidad, el nombre y las relaciones familiares”.

Estados Unidos, en su obsesión xenófoba, persigue a los extranjeros con tanta saña que no respeta a los menores de las familias inmigrantes, a los que mantiene recluidos con sus padres. En esta guerra interior desatada por el actual presidente, los crueles agentes del ICE han llegado a emplear a los pequeños como cebos para capturar a sus padres. No podemos olvidar la carita de susto de Liam, un crío de preescolar que, con su gorro de orejillas y mochila de Spider-Man era conducido por los agentes al coche policial apenas recién llegado de la guardería, cuando la ley dice que los niños y niñas “por su falta de madurez física y mental, necesitan protección y cuidado especiales”. 

La misma declaración internacional, que defiende a los menores en zonas de conflicto, es reiteradamente ignorada y violada por Israel en sus ataques a Gaza, en una guerra que nació como venganza por un execrable atentado terrorista y terminó por convertirse en un genocidio para el exterminio de todo un pueblo. Sólo así se entiende la saña con la que el ejército israelí trata a la población civil y, especialmente, a los más pequeños. Según datos facilitados por UNICEF en octubre de 2025, 64.000 niños y niñas fueron asesinados o resultaron heridos en la guerra de Gaza, con el espantoso agravante de que entre ellos hay 1000 bebés.

Hemos visto a niños jugando al fútbol caer abatidos por los disparos de un francotirador, bebés ensangrentados o muertos de hambre, criaturas amputadas o ametralladas cuando viajaban con sus familias, como le ocurrió a Hind. Hemos conocido relatos como el del adolescente que sobrevivió al tiroteo del coche familiar, donde perecieron sus padres y hermanos, pero fue maltratado y golpeado por los militares israelíes cuando salió herido del vehículo. No es un caso excepcional en el trato a los palestinos de militares israelíes, violando el principio legal que ordena “que ningún niño sea sometido a torturas ni otros malos tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes”. 

“Sólo aspiramos (hasta ahora en vano) a impedir el genocidio, a presentar ante la justicia a los que violan gravemente las leyes de la guerra (pues la guerra tiene sus leyes, y los combatientes deberían atenerse a ellas) y ser capaces de impedir guerras específicas imponiendo alternativas negociadas al conflicto armado”. (Susan Sontag).

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