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Ella soñaba con ser periodista pero su familia la vendió con 19 años y la casó con un hombre que nunca la quiso. Su hermano mayor fijó el precio, gestionó el acuerdo y la amenazó de muerte si no obedecía. Su marido la maltrató desde el primer día, la encerró en la cárcel de un burka y la recluyó en la vivienda familiar de la que no podía salir si no era para visitar a sus padres y siempre acompañada por sus hermanos varones. Durante siete años, soportó un régimen de esclavitud y golpes, obligada a trabajar en la cocina y tareas del hogar a las órdenes de su suegra, a la que debía pedir permiso para todo. Tuvo tres hijos en dos embarazos que soportó aterrorizada por la amenaza del esposo que sólo aceptaría niños. “¿Qué haré con ella si nace niña?”, era el pensamiento que no la dejaba vivir.
En mitad de la noche, desesperada, llena de llagas en la boca y el cuello -fruto de las palizas- se prendió fuego arrojándose a la estufa de gas. Su hijo se despertó y fue en busca del padre. “Si quieres suicidarte, vete a casa de tus padres a hacerlo”, le dijo aquel hombre. Así relata su desgraciada existencia en Afganistán la periodista Khadija Amín, protagonista de la miniserie documental “¿Dónde están mis hijos?”, estrenado esta semana en Movistar.
La joven maltratada acudió a las autoridades en busca del divorcio, un “privilegio” fruto del sistema pseudodemocrático del país tras la llegada de las tropas internacionales. El maltratador acordó dejarla ir si no reclamaba nada y regresaba a casa de sus padres con lo puesto. No es una película ni un relato dramático ficcionado. Es la realidad que viven millones de mujeres en todo el mundo. La situación ha empeorado incluso para las afganas desde que, en el año 2021, los talibanes se hicieron con el poder. Ahora ni siquiera tienen opción a quejarse por la violencia de sus maltratadores porque, según reciente normativa, los esposos solo serán castigados con meses de arresto si las palizas se saldan con huesos rotos y heridas abiertas. Y, aun para llegar a la condena, es preciso que ellas acudan acompañadas de sus maltratadores a presentar la denuncia.
Despreciada social y familiarmente por su condición de divorciada, Khadija logró estudiar periodismo e inglés hasta convertirse en reportera y presentadora de la televisión nacional de Afganistán. La echaron de la cadena cuando los talibanes entraron en Kabul y una periodista española la ayudó a huir en los primeros aviones del ejército. Solo otra mujer afgana volaba en aquel avión que aterrizó en Torrejón. Nada más llegar, gestionó los visados y 4 plazas en otro avión para el traslado de sus hijos y exmarido a España, pero él se negó a venir.
Desde ese día, esta mujer sufre violencia vicaria en toda su crudeza, a pesar de encontrarse a miles de kilómetros de su país maltratador. Su sufrimiento es permanente y cruel porque el padre de los niños afirma que la madre ha muerto y le impide una comunicación fluida con los pequeños. La legislación afgana solo reconoce la paternidad de los recién nacidos mientras que la madre que los ha parido no figura en ningún documento. No tiene legislación que la ampare, sobrevive condenada a vagar en busca de sus hijos y llorar su pérdida, ante la indiferencia del mundo desarrollado donde ahora reside y trabaja.
He elegido la historia de la refugiada que revela este documental como paradigma del sufrimiento que aún deben soportar las mujeres, simplemente, por su lugar de nacimiento. En este 8M de 2026 que celebramos, Afganistán es considerado el peor lugar del planeta para ser mujer, según la ONU, que ha declarado que los talibanes mantienen un apartheid de género. En otros países del mundo -Irán, Sudán, Jordania, Arabia Saudí…- ellas soportan una existencia sin derechos y nos interpelan a todas y todos sobre cómo podríamos cambiar tan injusta realidad. Compromiso, empatía y solidaridad es la respuesta feminista.
Lo que es más penoso y cruel es que el populismo político tan en boga en el mundo actual utilice el dolor de la población femenina de estas desalmadas autocracias para justificar su racismo, manipular a las víctimas y excusar una guerra decidida `por hombres que, como en la de EEUU e Israel en Irán, las mujeres serán la sufran, como siempre. No olvidemos que se estrenó con una matanza de niñas.
En los países occidentales, supuestamente democráticos, vivimos las privilegiadas que hemos avanzado mucho en derechos a lo largo de siglos, gracias a la lucha feminista de quienes -antaño- se levantaron contra la opresión de la mitad de la población. Sin embargo, el trayecto iniciado con la Ilustración está lejos de haber culminado cuando ya surgen síntomas de regresión. Aunque hayan cambiado las leyes para favorecer una situación social, económica, vital, justa y equitativa entre hombres y mujeres, la igualdad real está lejos de ser una realidad. Las actitudes, mentalidades y reacciones al avance en derechos de todas lastran la aplicación de las leyes y retrasan la auténtica transformación social que consiga “un mundo de hombres y mujeres más felices y más honestos consigo mismos”, como nos enseñó la nigeriana Chimamanda Ngozi.
Ese es el sueño que persigue el feminismo, por el que debemos salir todos los días como hoy, 8M, a gritar a las calles para denunciar la desigualdad y la injusticia aquí y en Irán, en España y en Afganistán, porque todas somos personas sujetas a derechos, con independencia de dónde nos haya tocado nacer. Eso es el feminismo que, por definición, ha de ser internacionalista y pacifista. Los estudios de opinión nos dicen que algunos y algunas jóvenes se sienten incómodas con las connotaciones negativas que se han asociado al término en el relato negacionista que etiqueta la lucha por la igualdad como la antítesis del machismo.
Me ha parecido curioso que, siendo España el país a la vanguardia de la legislación y sensibilidad feminista dentro del ámbito europeo, sea también donde hoy más crece el número de mujeres jóvenes que rechaza este concepto y -como los varones de la misma edad- recela de las medidas de igualdad por considerarlas discriminatorias para los hombres. No saben que ellas ya se han beneficiado del feminismo por haber nacido en un país que respeta sus derechos y crecido en un lugar que les permite la misma capacidad de acción que a los chicos del pupitre de al lado, donde pueden hablar y vestirse como quieran, reclamar cuando se sientan discriminadas, etc. Hay que hacer más pedagogía porque se demuestra que está cosechando éxitos la ola reaccionaria que se activó para frenar la explosión intergeneracional feminista que ocupó las calles en 2018.
Elijo los lemas de una de las manis de este domingo en Madrid que refuerza la idea del Feminismo Internacionalista y Pacifista en respuesta a la barbarie patriarcal y a todo tipo de violencias. “Como mujer no tengo patria. Como mujer no quiero patria. Como mujer mi patria es el mundo” (Virginia Woolf).
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