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Opinión - Vivir sobre un polvorín. Por Rosa María Artal

Cuando ganan los malos, cuando nacen flores

Mónica Oltra, al anunciar su dimisión en 2022.

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Dice el juez, sobre la causa contra Mónica Oltra y su equipo, ahora archivada, que no hay indicios de la comisión de delito alguno. Lo dice el juez después de que, en junio de 2022, Oltra dimitiera con tal de “no ser la coartada para que el PSPV expulse a Compromís del Gobierno”; después de que, mediáticamente, tomara vuelo otra vez la idea de que todos, también los que se alzaban como figuras de justicia, eran iguales en política, igual de corruptibles, igual de oscuros; después de que esa investigación estirada y la cacería sobrevenida acabaran, en buena parte, con lo que fue el ejemplo y faro del Botànic; después de que retorcieran las palabras de la propia Oltra en su contra y la llamaran incoherente cuando, si de algo había sido ejemplo, era precisamente de coherencia. Amb la cara ben alta i les dents ben apretades, rezaban sus palabras en la rueda de prensa y rezan los carteles que vuelven a difundirse ahora.

Nos habíamos cruzado ya en varias ocasiones, pero cuando conocí a Mónica de verdad fue en una comida tras las últimas elecciones generales; yo venía de haber ejercido de portavoz en la campaña de Sumar y, tras esas semanas de vértigo y vorágine, me fui a València a descansar durante agosto. Lo que hablamos en esa larga conversación lo atesoro para mí, y ojalá pueda cuanto antes corresponderle la invitación, vernos más; tardamos mucho en hablar de política, porque había muchas curiosidades mutuas que cobraban prioridad, y nos despedimos ya al atardecer. Recuerdo perfectamente la impresión que me causó: creo que no he visto en nadie la inteligencia política que vi ese día en Mónica, su capacidad por igual para la acción y el análisis pausado. La política valenciana la cambió ella: en 2015 estuvo a cuatro escaños de superar al PSPV; de hecho, la suma de Compromís y Podem era superior en escaños a la de los socialistas. Sin Oltra, no se habría acabado con años y años de poder del Partido Popular. Por eso, claro, la destrozaron: su crimen fue ser extraordinaria, como lo fue tener ambición. Pero ni toda la manipulación judicial ni toda la manipulación mediática habrán conseguido, años después, que Mónica deje de ser la Oltra.

Más allá de la dimensión personal e indignante, del futuro de Oltra –que estará bien donde ella desee, con la única condición de que se cuide y la cuiden–, lo preocupante y doloroso es lo que cuenta, de fondo, en esta historia. Que la manipulación judicial y mediática de los pueblos funciona y cambia el curso de sus historias, que la política puede ser un juego de fusibles quemados, un girar la cara doloroso. “Que nadie se pregunte, de aquí a veinte meses, qué cojones pasó en este país; porque este país tiene un problema cuando absuelve corruptos, cuando M. Rajoy no es un indicio, y se encausan inocentes, y pasan Vicky Rosells, y Albertos Rodríguez, y las niñeras, y este país es un problema cuando no nos defendemos de la extrema derecha”, dijo Oltra al dimitir. ¿Qué pasa cuando ganan los malos y los mismos sacrificios que hacen los proyectos políticos para defenderse de la infamia son los que certifican sus fracasos? ¿Cómo asumir el futuro de la política si quien entre con la voluntad de transformación, y alcance algún poder, que no el poder, y tenga alguna ambición, sabe que podrán construirse en su contra, allá desde donde sea, la expulsión y la cacería?

No hay respuesta clara, porque al final no siempre se abre camino la luz, ni acaban ganando “los buenos”: al final, el daño y el ostracismo ya están hechos, las consecuencias solidificadas; la verdad puede ser un consuelo, pero alcanza, sobre todo, a ser la constatación de un fracaso. ¿A qué restitución comprometerse ahora? ¿Y cómo pedirle a la gente que se comprometa con la política cuando el precio puede ser su vida, la infamia y la aniquilación lenta, estirada en el tiempo, hasta de la propia humanidad? ¿Cómo hacemos de la política un campo en el que haya infierno, sí, pero en el que también haya oasis? Como escribía Italo Calvino, ¿cómo reconocemos, en medio del infierno, aquello que no lo es, y cómo lo pondremos todo a disposición para otorgarle espacio? Recuerdo unos versos que Oltra tuvo un tiempo Mónica en su perfil: [cal que] neixen flors a cada instant. ¿Y cómo cuidaremos de esas flores?

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