Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Un pacto entre Podemos y el Frente Amplio duplicaría sus opciones
Relatos desde las barricadas estudiantiles en Francia
Opinión - Elecciones con el enemigo en casa, por Rosa María Artal

Hipócrita homenaje a la virtud

Carteles de protesta en la primera manifestación por el desahucio de Maricarmen
9 de octubre de 2026 22:40 h

2

La Rochefoucauld dejó escrito que la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud. La frase tiene algo de consuelo. Un hipócrita miente, pero al mentir admite que hay algo que debe ocultarse y, con eso, reconoce, aunque sea a su pesar, que existe un consenso moral por el que debe pasar. Mientras alguien se siga tomando la molestia de disimular, por ejemplo, su crueldad, la crueldad seguirá siendo algo de lo que avergonzarse. La derecha española nunca ha sido precisamente discreta. En el año 2012, mientras Rajoy anunciaba el recorte de las prestaciones por desempleo, una diputada del PP, Andrea Fabra, gritó “¡que se jodan!” desde su escaño. Aquello causó un gran revuelo, y la hija de Carlos Fabra —acaba de ocurrírseme que este es un insulto muy ingenioso— tuvo que disculparse y e inventarse que lo había dicho mirando a la bancada socialista. Esa excusa de Fabra era lo que La Rochefoucauld llamó siglos antes el homenaje a la virtud. 

Catorce años después, aquel “que se jodan” no necesitaría ninguna disculpa. En 2012, el daño a los parados era el efecto colateral de un recorte mayor, con un sentido y una dirección, y celebrarlo en voz alta fue un desliz; un desliz de desalmado, pero un desliz. Hoy la crueldad se ejerce por sí misma, porque sirve para reconocerse a sus iguales. El periodista estadounidense Adam Serwer lo formuló a propósito del trumpismo con una frase que circuló mucho: la crueldad es el objetivo. Para explicarlo, recordaba las fotografías de linchamientos en el sur de Estados Unidos, en las que lo que más perturba no es el cuerpo colgado; lo peligroso son las sonrisas complacientes de quienes posaban a su alrededor.

Para que la crueldad pueda celebrarse en público, antes hay que hacer desaparecer a la víctima. No se trata de esconder el cadáver, es darle una coartada al buitre que lo sobrevuela: quien se burla de una víctima queda como un miserable, pero quien desenmascara a una farsante queda como un valiente. Así que primero hay que convertirla en otra cosa, en una actriz o en una aprovechada. O en una vieja mala que va al bingo por las tardes.

Ese “valiente” es el personaje que encarna el zeitgeist. La derecha que ha dado este giro lo vive como una liberación y lo llama rebeldía. El conservador ha descubierto el placer de saltarse las normas y lo presenta como su arma para ofender a una sociedad de ofendidos, de wokes y de sojas que se escandalizan por darle a una abuela una patada en el culo. La ofensa es la prueba de que sus golpes funcionan: si el otro se indigna, es que has dado en el clavo. Pero toda rebeldía necesita un poder contra el que rebelarse, y, al no encontrarla arriba, la fabrica mirando hacia abajo, e inventa una dictadura de lo políticamente correcto, una policía del pensamiento que nadie ha visto patrullar, pero que justifica cualquier exceso contra los que sufren. Gracias a ella, el requeté de un periódico monárquico o el mamporrero de la pequeña burguesía que veta leyes en el Congreso puede presentarse como un disidente perseguido. Es una rebeldía muy cómoda, porque nunca se enfrenta a nadie más fuerte que ella. Se atreve con la inquilina y deja en paz al casero, se burla del parado y no molesta al empresario, y cuando alguien se lo reprocha, lo toma como la confirmación de que tenía razón.

Pasa que, esta forma de identidad, tiene una debilidad estructural. Quien se define llevando la contraria al adversario acaba dependiendo por completo de él, porque necesita saber qué piensa el otro para saber qué debe pensar él. Esa dependencia anula la posibilidad de rectificarse. Cuando la realidad tumba su relato, detenerse equivaldría a conceder, y reconocer que se está equivocado es lo único que esa identidad no se puede permitir, de modo que su única opción es subir la apuesta. La muerte, que en la tradición política que esa misma derecha decía encarnar obligaba a una pausa, ha dejado de obligar, y lo que en otro tiempo habría sido un silencio incómodo se convierte en una nueva vuelta de tuerca.

Esa mecánica, además, tiene quien la pague. En 2021, tres investigadores de Cambridge y Nueva York analizaron cerca de tres millones de publicaciones en redes sociales y llegaron a una conclusión poco consoladora: lo que más se difunde no es la indignación en abstracto, sino la hostilidad hacia el grupo contrario. Cada palabra dedicada al adversario aumenta de forma notable las posibilidades de que un mensaje circule. Las plataformas no inventaron la crueldad, pero le pusieron precio, y ese precio se cobra en atención, que es la moneda con la que hoy se compra casi todo lo demás. Sería cómodo concluir que la máquina los arrastra, pero no es así; no son víctimas de nada. El mismo algoritmo está a disposición de todos, y lo que distingue a unos de otros es el entusiasmo con que han aceptado el precio a pagar. 

Lo más extraño de todo es que nadie tiene que hacer nada para que ocurra. Llorar a alguien no es una estrategia; llorar a Maricarmen, tampoco; es lo que haría cualquiera que no haya convertido la crueldad en un carné de afiliado a cualquier club de tarados. Pero basta con que alguien haga lo normal para que quien vive de llevar la contraria quede obligado a situarse en el lado opuesto, y a veces el lado opuesto es el borde de un precipicio. No hace falta empujarlos. Basta con no seguirlos, y saltarán solos, convencidos de que la gravedad también es una forma de rebeldía a la física más elemental.

Etiquetas
stats