Idiota bueno, idiota malo
De la supuesta superioridad moral de la izquierda, un mito que la realidad se empeña en refutar, pende otro mito igualmente indefendible: el del obrero (o precario, o pobre, o vulnerable por cualquier razón) que vota a la derecha y que, según el mentado mito, sólo lo hace por dos motivos: por idiotez o por maldad.
Los millonarios o profesionales bien retribuidos que votan a la izquierda suelen proclamarlo con orgullo. “Voto contra mis intereses”, vienen a decir. Lo hacen, claro, porque creen en un determinado modelo de sociedad, porque consideran básica la función retributiva de los impuestos y porque, en fin, cualquier carga fiscal que recaiga sobre ellos les parece justa.
Y porque no son xenófobos, ni detestan al inmigrante (esa figura con la que nunca tendrán que competir, más bien al contrario), ni desean volver a tiempos rancios. Creen en la libertad y la justicia social. Y, por todos estos motivos, están dispuestos a sacrificarse ante Hacienda y ante quien haga falta.
Aunque las propuestas económicas de la derecha les convendrían, hinchan el pecho y las rechazan en nombre de los principios más elevados. Asumen incluso que lo que hacen pueda parecer un poco idiota. Pero cuánta nobleza en esa idiotez.
Del otro lado está esa gente de la que hablábamos al principio: los desamparados que votan a la derecha. Aquellos que la izquierda percibe como idiotas sin atenuantes y agentes del mal.
¿Por qué esa gente vota a la derecha? Es posible que a la vendedora ambulante de comida o al propietario de un abrevadero de mala muerte les convengan unas políticas desregulatorias: sería una forma de librarse, por ejemplo, de los controles sanitarios. Ahí tendríamos un interés espurio.
Abundan las justificaciones (siempre criticables) para ese error en el voto. Que si rechazan a los inmigrantes (con quienes conviven en su barrio y en su ámbito laboral), que si se aferran a un nacionalismo trasnochado, que si son homófobos o islamófobos, que si exageran con la inseguridad ciudadana (importa poco que sea más acentuada en las calles pobres que en las calles ricas), que si los bulos en las redes les han comido el coco, que si son simples nostálgicos del poder autoritario.
Sea por intereses espurios o porque vive engañado, al pobre que vota a la derecha no se le atribuye nobleza alguna. Todo lo contrario: además de ser idiota, por votar contra sus supuestos intereses, ese pobre es fundamentalmente egoísta.
El pobre desgraciado del que hablamos demuestra ser incapaz de percibir lo bien que funcionan la sanidad y la educación públicas bajo un gobierno progresista como el actual. Escandaloso, ¿no? Ni siquiera es capaz de apreciar cuánto ha cambiado su vida con los aumentos del salario mínimo. Como solía decirse de los franceses, vive en el paraíso y cree vivir en el infierno.
Por supuesto, al pobre que vota a la derecha se le niega la opción ideológica. Vive engañado, y ya está. No es posible que crea sinceramente en que una sociedad más liberal y desregulada le ofrecería más posibilidades de progresar. Tampoco es posible que los servicios privatizados le parezcan más eficientes.
No, lo suyo es pura idiotez. Innoble, además. Cuánta diferencia con el millonario que vota a la izquierda y nunca lo hace por egoísmo o por intereses espurios, sino porque rebosa generosidad, tolerancia y sentido de la justicia.
Qué suerte tenemos los de izquierdas, siempre con la razón de nuestra parte.
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