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Iñaki, Cristina y la cultura de la ruptura

La infanta Cristina e Iñaki Urdangarin, en una imagen de archivo.

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Iñaki Urdangarin y Cristina de Borbón han 'interrumpido' su relación matrimonial, y dudo que quede alguien en nuestro país que a estas alturas no esté al tanto. Sí, aparecieron unas fotos de él con una mujer de la mano, y todo lo demás es un relato creado a partir de lo que dicen otros y, sospecho, de muchas proyecciones. La historia no puede ser más tópica: un matrimonio feliz, muchos años, hijos, una 'tercera' persona, el desengaño, la ruptura.

Yo también he hecho mis propias proyecciones estos días. He pensado, por ejemplo, ¿y si había algún tipo de acuerdo entre los dos?, ¿y si ya no estaban juntos como pareja pero se querían?, ¿y si ella ha estado con otras personas?, ¿y si que él tuviera algún tipo de relación con otra persona era algo que podían haber sobrellevado o, dicho en el lenguaje amoroso más típico, perdonado? No se trata de que alguna de estas premisas tenga que ser cierta, sino de cómo el arquetipo de la ruptura se impone sobre cualquier otra posibilidad o matiz.

Tenemos un relato oficial sobre el amor, y ese relato incluye una versión oficial sobre las rupturas. El resumen lo hizo muy bien Isabel Díaz Ayuso cuando para defender su concepto de libertad dijo aquello de que en Madrid “si uno no se quiere encontrar con su ex no lo va a hacer y eso es un alivio”. La persona a la que amas es la persona a la que amas sobre todas las cosas hasta que alguien decide que la relación sentimental se acaba y entonces pasas, necesariamente, a ser el ex o la ex, una figura más bien odiosa a quien por supuesto no amas y no quieres encontrarte nunca. Casi que se sobreentiende la mala fe, el daño adrede, y, por tanto, el resentimiento.

Si estamos de acuerdo en que necesitamos un nuevo relato sobre el amor -alejado de la posesión, el sacrificio, de la centralidad de la pareja como eje de la autoestima y del mundo-, entonces necesitamos un nuevo relato sobre las rupturas. En absoluto se trata de ignorar el dolor, la tristeza o incluso la desesperación, pero quizá sí de pensar qué hacemos con todo eso e incluso en cómo podemos querernos mejor, cuidarnos más, para que una cosa sea el dolor inherente a una ruptura y a los desencuentros que la rodean, y otra el dolor del destrato, del sufrimiento, de las dinámicas tóxicas.

No ver a tu ex es una estrategia válida e incluso necesaria, durante un tiempo o para siempre. El problema es que más allá de esa estrategia para estar mejor, parezca que el daño hecho adrede, el odio, el resentimiento y la anulación de lo vivido sean inherentes a una ruptura. Y de ahí a ensalzar el no encontrarse nunca con los ex como un valor, o presuponer que la historia de Iñaki y Cristina cumple necesariamente con todos los parámetros del amor-desamor que damos por hecho. Pareja feliz, lealtad, traición, familia rota.

Hasta tal punto proyectamos ese arquetipo que las palabras de uno de los hijos de Iñaki Urdangarin y Cristina de Borbón se han tratado con sorpresa. Pablo Urdangarin hablaba con calma para expresar que son cosas que pasan, que se van a seguir queriendo igual. Como si todo el mundo esperara que o bien guardara silencio o bien se mostrara duro, despechado, hiriente. Lo contrario nos sorprende.

¿Quién puede medir la 'felicidad' de una pareja desde fuera?, ¿qué es lo que consideramos una pareja feliz?, ¿son las rupturas siempre malas?, ¿quiénes somos los demás para calificar o juzgar sin conocer ni las prioridades ni los acuerdos de dos personas?, ¿es posible que hablemos de trabajo emocional para cuidarnos incluso en las rupturas?, ¿podemos construir a partir de una ruptura?

Si estamos de acuerdo en que necesitamos un nuevo relato sobre el amor, entonces necesitamos un nuevo relato sobre las rupturas. Si queremos terminar con la idea de que la pareja feliz es la que sí o sí dura toda la vida, estaría bien que creáramos otra cultura de la ruptura.

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