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La paz ni se entrega ni se arrodilla

La líder opositora venezolana y Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, habla en una rueda de prensa este viernes, en Washington (Estados Unidos). EFE/ Octavio Guzmán
16 de enero de 2026 22:37 h

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Donald Trump no es, ni ha sido nunca ni será, un hombre que use su liderazgo para trabajar por la paz. Trump no solo piensa en sí mismo: en su beneficio personal, en su enriquecimiento, en devolver favores a quienes han puesto millones de dólares para que pudiera llegar al poder y a quienes ahora le sostienen bailándole el agua, riéndole las gracias, acudiendo a sus fiestas y poniendo su propio dinero para mantenerlo satisfecho. El proyecto de Trump no es la paz.

Trump no piensa en términos de convivencia, de justicia internacional o de resolución de conflictos: piensa en términos de propiedad. Gobernando Estados Unidos puede hacer el mayor negocio jamás pensado, convertirse en el dueño de todo aquello que le plazca, con independencia del lugar del mundo en el que se encuentre lo que desea o le conviene. La ambición de Trump no se detiene en fronteras ni en soberanías. Hoy es Groenlandia, después será Islandia; ayer fue Venezuela, antes Gaza, y mañana será cualquier territorio, recurso o país que encaje en su lógica extractiva. La geopolítica, para Trump, es una operación mercantil permanente. Las únicas reglas que reconoce son las suyas, y en ese marco el uso de la violencia y el desprecio absoluto por la vida humana lo validan todo.

El gesto, y las palabras, de María Corina Machado entregando a Trump su premio Nobel de la paz, enmarcado en un dorado de los que tanto le gustan al presidente de EEUU, no solo es un acto de humillación para ella, es una manera de mostrarse alineada con el proyecto de Trump de llamar “paz” a la fuerza y al chantaje. Entregar simbólicamente un Premio Nobel de la Paz a un hombre como Trump (cuando la propia Fundación Nobel ha tenido que recordar que ese premio no se transfiere, no se regala y no cambia de titularidad) es una declaración ideológica que busca engrandecer a Trump, degradando el significado mismo del premio. Algo que humilla a la propia Fundación Nobel, pero también a todas las personas que han trabajado por la paz, a quienes lo recibieron antes y a quienes podrían recibirlo después, y, muy especialmente, es una humillación para las mujeres.

María Corina Machado, además de degradar el significado del premio como concepto, hace un gesto que rompe con una genealogía feminista y pacifista que estaba inscrita en la historia del Nobel de la Paz. No solo es un premio otorgado a figuras individuales, sino también a una tradición encarnada en mujeres que representaban la intersección entre igualdad, derechos humanos y construcción de paz. Desde Bertha von Suttner, la primera mujer reconocida por defender la resolución no violenta de conflictos y cuya obra ¡Abajo las armas! fue el primer gran grito contra el militarismo industrializado, sentando las bases de una política basada en el arbitraje internacional en lugar de la fuerza bruta. Pero también mujeres como Wangari Maathai, que fue la primera en vincular oficialmente la ecología con la democracia con el movimiento Green Belt y demostró que la lucha por los recursos naturales es, en el fondo, una lucha por la paz. De ella es la frase: “cuando plantamos árboles, plantamos semillas de paz y de esperanza”. 

Muchas de esas mujeres que han recibido el Nobel de la Paz, Jane Addams, Ellen Johnson-Sirleaf, Leymah Gbowee, Tawakkul Karman, Narges Mohammadi, Rigioberta Menchu, Malala Yousafzai… no fueron premiadas con el Nobel de la Paz por someterse y arrodillarse ante un hombre violento y poderoso, sino por resistir y hacer frente a ese tipo de hombres. Cuando María Corina Machado utiliza ese lenguaje para agradar a Trump, tenemos que resistirnos a la trampa de creer que está redefiniendo la paz, aunque esté vaciando de contenido el premio Nobel. Su gesto no representa a quienes saben lo que la paz significa, ni a quienes la han defendido históricamente y ahora la defienden. Machado no representa la defensa de la paz. Solo se representa a ella y no muy bien, por cierto. La paz se está defendiendo en otros lugares, y no necesita de premios para tener un sentido, para trabajar y creer en ella, especialmente cuando más necesitamos su defensa y a quienes nos enseñan a cómo defenderla.

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