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Opinión - 'El faro del mundo libre', por Rosa M. Artal

Los 'hombres buenos' también agreden a las mujeres

Gisèle Pelicot en un momento del juicio.
13 de febrero de 2026 22:00 h

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La apariencia también engaña y, a pesar de saberlo, es en la apariencia donde seguimos depositando nuestra confianza para otorgar credibilidad a las mujeres, especialmente cuando los hombres son señalados por comportamientos machistas, sexistas e incluso ya violentos contra la integridad física, sexual y emocional de las mujeres. Desde los clichés más habituales, -cuando está en cuestión la credibilidad de esas mujeres víctimas de violencias machistas, también las sexuales- hay hombres con aspecto de “chicos buenos”, de gente maja, educada, “limpia”, presentable, de buena familia, respetados... y los hay cuya apariencia resulta sospechosa por su origen, el color de su piel, por ser de clase baja, por su condición socioeconómica, por el tipo de trabajo que tienen e incluso por un físico que se percibe como desagradable e inquietante. La tranquilidad que proporcionan los primeros no nace del conocimiento, sino de un prejuicio profundamente cultural y patriarcal, el de que “la normalidad” (entendida como hombre blanco, cishetero, masculino y buena posición social) protege.

Tener “cara de agresor sexual” no deja de ser una mirada clasista y colonial sobre quiénes son los perpetradores de la violencia machista. No es más que una falacia de control tranquilizadora que está atravesada por sesgos automáticos y prejuicios que vienen apuntalar un supremacismo que señala cuáles son las jerarquías de hombres que deben ser protegidas y quedar impunes en el orden patriarcal. Pensar que quien agrede física, emocional o sexualmente a una mujer debe parecerlo es absurdo, porque ni la violencia ni quienes la ejercen, no solo contra las mujeres, sino también contra niñas, niños y adolescentes, emiten señales inequívocas que alerten del peligro. Ojalá fuera así de fácil.

La historia está llena de hombres respetables, calificados como buenos, como majos, cuya reputación y apariencia han funcionado como una pantalla opaca que ha impedido ver sus crímenes y/o juzgarlos convenientemente. En no pocas ocasiones, esa respetabilidad ha actuado, precisamente, como plataforma para acceder a sus víctimas. Muchos agresores se muestran inicialmente encantadores, seductores e inteligentes, lo que facilita el engaño y dificulta la detección de la violencia, pero no por ello son menos agresores cuando cometen sus crímenes. 

Basta pensar en Jeffrey Epstein y en la constelación de hombres influyentes implicados en su red de tráfico de niñas, niños y mujeres muy jóvenes, que fueron captadas, explotadas y sometidas a tortura sexual. Durante años, todos ellos han actuado con una impunidad total, sostenida en el tiempo por un corporativismo de hombres buenos agresores que desde su posición social se han protegido unos a otros sin que en sus entornos cotidianos pareciera posible sospechar de quiénes eran realmente. La lista de Epstein, al igual que la lista de agresores de Gisèle Pelicot, está llena de buenos hombres, buenos padres, buenos políticos, buenos empresarios… buenos, buenos, buenos. 

En la batalla de la credibilidad seguimos aferradas y aferrados a mitos y estereotipos que atenúan y relativizan los actos de esos chicos majos cuando no directamente los excusan, como si su posición social, su apariencia, el color de su piel, su origen familiar o su dinero fueran incompatibles con la crueldad privada. Cuando salieron a la luz denuncias contra Julio Iglesias, abundaron los comentarios que restaban credibilidad a las mujeres que lo señalaban bajo un argumento recurrente: un hombre con tanto poder y dinero no necesita hacer esas cosas y eran ellas las que querían algo de él. Como si la violencia sexual, la explotación laboral, “estas cosas”, solo las hicieran los pobres, los feos o los fracasados. Como si la violencia sexual respondiera a un perfil físico, material o social.

Vivimos un tiempo en el que numerosas figuras públicas, ajustadas al arquetipo del “hombre de bien”, están siendo señaladas por protagonizar episodios de violencia sexual. Las mujeres cada vez son más conscientes de las violencias que sufren, y denuncian, también a los poderosos y a los hombres majos. Sin embargo, como sociedad nos cuesta aceptar que el peligro también puede tener buenos modales, cara de “niño bueno”, aspecto pulcro o una posición económica solvente. Preferimos pensar que la amenaza viene de fuera, que pertenece a un hombre vulgar, fácilmente identificable, a alguien racializado, de origen magrebí. De esas creencias erróneas se sirve la extrema derecha para manipular nuestro sistema de creencias sobre las violencias machistas y sus autores. En esos casos resulta más sencillo atribuir culpa porque el prejuicio nos ahorra la incomodidad de revisar nuestras creencias erróneas.

En las violencias machistas, también en las sexuales, no existe un perfil físico o social único. Los agresores pueden ser jóvenes o mayores, tener un alto nivel educativo, ocupar cargos públicos, dirigir empresas o ser vecinos ejemplares. Negarnos a admitirlo contribuye a un efecto devastado, convertir a la víctima en sospechosa, en mentirosa a ojos de los demás cuando intenta denunciar. Aceptar que la violencia a menudo se oculta bajo la apariencia de la normalidad es un paso incómodo, pero necesario en un momento como el actual. Porque mientras sigamos necesitando como sociedad que el agresor tenga “cara de malo” para reconocerlo, seguiremos siendo la mejor coartada de aquellos que con el disfraz de “hombres buenos” y “gente de bien” (de orden) agreden a mujeres, niñas, niños y adolescentes. La única cultura que entiende la violencia machista es la cultura de violación que normaliza, minimiza o excusa la violencia sexual, especialmente cuando esta la protagonizan esos “hombres buenos” de los que nunca lo pudimos imaginar.

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