Trump necesita que el derecho internacional no exista
Los Estados mienten, los ejércitos matan, los gobiernos cambian y los líderes se corrompen. Y cuando esto sucede es porque el poder se ejerce de manera absoluta, sin contrapesos ni controles efectivos, siguiendo únicamente el dictado de la voluntad de un líder sátrapa y cruel cuyas creencias, ideología o moral mandan despóticamente. Por eso existe el derecho internacional, para poner normas y límites comunes a quienes quieren el poder ilimitado y absoluto. Por eso cuando Donald Trump proclama que no necesita el derecho internacional y dice que su único límite es su “propia moralidad”, no está hablando ni de moral ni de leyes, está hablando de sí mismo y anunciando su impunidad frente a todo lo que viene haciendo, y está dispuesto a hacer.
El derecho internacional no impide automática y mágicamente todas las atrocidades; el derecho internacional no es la virgen de Lourdes. Su función no es la de obrar milagros, sino más bien otra muy distinta, más ambiciosa, incómoda, compleja y humana: evitar que las opresiones, los abusos y la violencia ejercidos por los Estados -y por sus agentes estatales y no estatales- se normalicen como legales o legítimos. Nadie niega que el derecho internacional es lento, imperfecto y frustrante, pero sus defectos no pueden ser utilizados (especialmente por quienes tienen intereses personales y económicos en juego) como excusa para desecharlo. Sus carencias más bien deberían servir como desafío para reforzarlo y mejorarlo. Sin derecho internacional, la guerra preventiva sería un derecho, el exterminio una “decisión soberana”, la tortura una técnica y el desplazamiento forzado una política interna. Sí, efectivamente, a la luz de esto, Israel, Rusia y Estados Unidos (entre otros) estarían quebrantando el derecho internacional.
El derecho internacional no fracasa porque estos, y otros Estados, violen las leyes y tratados que lo componen. Precisamente la función del derecho internacional es señalar estas infracciones y perseguirlas. Por supuesto que no ayuda a confiar en el derecho internacional su transgresión continuada por parte de los Estados más poderosos, pero el fracaso del derecho internacional no está en la distancia que hay entre su retórica jurídica y los actos políticos que lo tensionan y retan. El fracaso sería dejar de creer que es necesario un marco normativo que ponga nombre a las violaciones de derechos humanos y haga un señalamiento jurídico y legal a sus autores; un marco de relaciones entre los Estados en el que la prohibición del uso de la fuerza, el principio de no intervención y el respeto a la soberanía no sean fórmulas retóricas sino reglas elementales para preservar la paz y la democracia.
El problema más profundo no es solo la violación reiterada del derecho internacional, sino la erosión de la propia idea de legalidad internacional y el desencanto con unas instituciones multilaterales a las que debemos exigir respuestas eficaces frente a crisis como las de Gaza, Ucrania, Venezuela o Yemen. Ese desencanto alimenta la tentación de desechar el derecho en lugar de reforzarlo. Pero quizá el error sea otro, confundir la vigencia del derecho con su eficacia real, y omitir deliberadamente un elemento clave de esa ineficacia. El derecho internacional no falla por sí mismo; falla cuando quienes tienen la obligación política de aplicarlo, hacerlo cumplir y defenderlo optan por normalizar, consentir o instrumentalizar las atrocidades. Como ocurre con las leyes justas mal aplicadas, el problema no es el marco normativo, sino la responsabilidad -o la falta de ella- de quienes deciden.
La moral por la que se dice regir Trump -y que muchos avalan al adherirse al mantra de que el derecho internacional no sirve de nada-, no es una alternativa al derecho, sino su negación frontal. No estamos ante un debate jurídico, sino ante una concepción del poder profundamente autoritaria, narcisista y machista, que rechaza cualquier límite externo. Cuando Trump desecha el derecho internacional en nombre de esa moral, lo que se abandona no es una norma ineficaz, lo que busca no es más que sino dinamitar el último dique frente al poder absoluto que desea ejercer.
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