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Es la tecnología, estúpidos

Una persona se manifiesta por el lanzamiento a la bolsa de SpaceX frente a un muñeco inflable gigante con la cara de Elon Musk en Times Square de Nueva York.
18 de julio de 2026 22:22 h

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De entrada, pido disculpas por un título tan sobado. No he sabido encontrar otro que refleje mejor la profunda y creciente desazón que me produce constatar el ninguneo del factor tecnológico en los análisis de las grandes disrupciones que estamos viviendo.

No es que no hablemos de la digitalización, al contrario, tenemos análisis de la llamada tramposamente Inteligencia Artificial hasta en la sopa y en verano el gazpacho. Con todo tipo de predicciones deterministas que, en no pocas ocasiones, son desmentidas por la realidad. Pero estas reflexiones parten de una mirada en la que las innovaciones tecnológicas se presentan desligadas de la crisis de la democracia y de su más genuina expresión, la crisis de las estructuras de mediación social.

Me explico. Cada vez somos más conscientes de lo que significa el control monopolístico de los datos por las grandes tecnológicas, como fuente de un gran negocio global. Y el impacto que eso tiene en términos de concentración de poder económico, mediático y político en pocas manos. Para destacar su trascendencia utilizamos calificativos con fuerte carga simbólica “tecnofeudalismo” “tecnooligarcas”, por supuesto en masculino.

Pero luego no relacionamos estos procesos tecnológicos con la crisis de mediación de la política, de las organizaciones sociales, de los sindicatos. Al analizar la crisis de la intermediación se suelen cometer siempre los mismos errores. Se buscan causas locales a un fenómeno que es global. Se encuentran explicaciones moralistas en las que el comportamiento de los actores sociales y políticos aparece como causa principal.

Por supuesto que en la política hay torpeza, incompetencia, miserias, corrupción, como en todo comportamiento humano. Pero no tengo claro que lo sea en proporciones mayores al conjunto de la sociedad, aunque creerlo así nos tranquiliza y nos exculpa. Es evidente que tienen más repercusión, no solo por lo que supone de erosión de la confianza y la legitimidad de las instituciones, también por la atracción fatal que generan en la ciudadanía las miserias humanas y el impacto económico -negocio- que ello genera para los medios de comunicación y sobre todo para las plataformas tecnológicas.

Pero estos análisis, construidos -si se me permite decirlo- sobre la atractiva culpa judeocristiana conducen a que se minusvalore o incluso se ignore el papel que están jugando esas innovaciones tecnológicas en la crisis de todas las estructuras creadas en el marco del estado nación y la sociedad industrialista.

Guardando todas las distancias históricas, es como si al analizar el declive del papel y el peso de los monasterios, no solo en términos culturales, también de poder, no tuviéramos en cuenta el factor desencadenante de este proceso que tuvo la invención de la imprenta. O, en un ejemplo más reciente, es como si al referirse a la progresiva desaparición de los gremios, que canalizaron la intermediación económica durante siglos, lo desligáramos de la invención de la máquina de vapor, la lanzadera o el telar mecánico, que dieron origen a la primera industrialización.

Llegados a este punto necesito matizar. No es del todo cierto que no existan análisis del gran impacto que están teniendo las innovaciones tecnológicas en la crisis de la democracia y las estructuras de mediación social. Así, a bote pronto, me vienen a la cabeza desde “La era del capitalismo de vigilancia” de Shoshana Zuboff“ hasta ”Poder y Progreso“ de Acemoglu y Johnson. Pero son análisis que se quedan recluidos a círculos muy reducidos y no llegan al común de los mortales. A los que se les bombardea, interesadamente, con miradas y análisis construidos sobre la culpa de los actores políticos.

Son muchos los intereses que confluyen en ello. Desde el inmenso negocio que en términos de publicidad genera para las grandes plataformas tecnológicas, hasta el interés de los llamados tecno libertarios -en realidad son tecno autoritarios liberticidas- en socavar y debilitar el papel de la política y las organizaciones colectivas. Sin olvidar la cantidad de personas que viven de ello o alimentan su narcisismo extremo. Lo explica de maravilla, Jordi Gracia en su panfleto, nada panfletario “La izquierda ante el tecno fascismo. Y con otro encuadre distinto, pero complementario, Antonio Villarreal en ”Tertulianos, un viaje a la industria de la opinión en España“.

Ese desenfoque en la mirada tiene consecuencias. Al situar el foco en el comportamiento de los actores políticos y sociales, las respuestas que se ofrecen se sitúan en el terreno de reformas legislativas que comporten cambios institucionales o en soluciones punitivistas, que tanto atractivo generan. No hay semana sin propuesta de reforma del Código Penal. Y, por el contrario, nos olvidamos de la batalla crucial, la de embridar la gobernanza de la digitalización y sus consecuencias.

Civilizar el nuevo orden socioeconómico, cuyo detonante han sido las innovaciones tecnológicas que propician la digitalización, no será fácil ni a corto plazo, no lo ha sido nunca. Si analizamos la historia de la humanidad comprobaremos que toda innovación tecnológica provoca la obsolescencia de todas las estructuras existentes, genera una concentración de poder en quienes controlan los procesos de cambio y comporta la ruptura de los equilibrios pasados.

También, que a la sociedad de esos momentos de cambio de época siempre le ha costado tiempo, esfuerzos y luchas encontrar los mecanismos para embridar la concentración de poder y los abusos que generan. Basta recordar lo que sucedió con la industrialización y lo complejo y costoso que fue civilizar -aunque solo fuera en parte, el capitalismo industrial.

Por eso deberíamos hacer un esfuerzo para situar el control social de la digitalización, en todas sus facetas, como la prioridad de la acción social y política. No hacerlo y continuar concentrando la mirada y los diagnósticos en las culpas de los agentes políticos y sociales solo hace que fortalecer a los grandes poderes tecnológicos y retardar el proceso de necesaria civilización de la digitalización.

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