Las tetas del cáncer

María Blasco, directora del CNIO, y la artista Marina Vargas con su escultura Intra-Venus

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Marina Vargas tiene la piel tan blanca como el mármol de Carrara y una voluntad dura como esa piedra. Tal vez en la identificación con tan paradójica transparencia, la artista eligió ese material para crear Intra-Venus. También quizás por las vetas que en el mármol parecen las cicatrices de una mastectomía. Intra-Venus es la escultura a tamaño natural que representa a Marina Vargas al terminar la fase más dura del tratamiento contra un cáncer de mama que le diagnosticaron en 2019. Hubo quimioterapia, mastectomía radical, radioterapia, extirpación de ganglios, rehabilitación del brazo, medicación a largo plazo. Cuando salía de la fase más severa del proceso, encargó un molde en 3D de su cuerpo. Estaba agotado, hinchado, dolorido, sin pelo. Hay una seriedad en los labios que contrasta con la característica sonrisa de la artista y un frunce en el ceño que delata preocupación y sufrimiento. Pero hay algo más: un puño en alto con el brazo extendido. El brazo de los ganglios, el brazo de la rehabilitación, sostiene ese puño activo, reivindicativo, en el que se concentra toda la fuerza que le falta a su cuerpo.

Marina Vargas decidió inmortalizar así su proceso para visibilizar tres estigmas: el de ser mujer, el de ser artista y el de ser enferma. Lo llamó Intra-Venus como referencia al alimento y la medicación intravenosa, y como ruptura con el canon de belleza y simetría que representa Venus, la diosa clásica del amor. En mármol de Carrara, a tamaño natural, ha dejado esculpida su belleza asimétrica de mujer, de artista, de enferma. Y a través de esa dura transparencia, la experiencia de Vargas se convirtió en un activismo feminista que condujo a la creación de la plataforma ‘Arte y Cáncer’, génesis de la asociación Intra-Venus que ahora preside y que, coincidiendo con el Día Mundial contra el Cáncer, ha presentado en el CNIO (Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas), en cuya sede se expondrá su escultura durante un año. La asociación nace para dar apoyo y visibilidad a la mujeres creadoras en procesos de cáncer. Porque estas mujeres (que, como tales, ya lo tenían difícil en el mundo del arte y la cultura) sufren también lo que Vargas denomina “una enfermedad social”: muchas creadoras y artistas no tienen posibilidad de reincorporarse profesionalmente tras un proceso de cáncer. La asociación Intra-Venus nace para apoyar a esas mujeres, visibilizarlas, acompañarlas, encontrar recursos, impulsar sus proyectos creativos y ayudar a su reinserción.

En la presentación de Intra-Venus, la directora del CNIO, María Blasco, hizo referencia el célebre ensayo de Susan Sontag La enfermedad y sus metáforas, publicado en 1978. En el prólogo, Sontag insiste en que la enfermedad no es una metáfora, en que las metáforas sobre la enfermedad (el lenguaje bélico que se le aplica, la culpabilidad que acarrea) son fruto de un desconocimiento y unos estereotipos que alejan del entendimiento científico. A través de su escultura, señaló Blasco, Marina Vargas elimina las metáforas perniciosas y muestra la realidad de una mujer enferma de cáncer de mama. Sin ocultación ni estereotipos, Vargas puede mostrar los problemas y necesidades asociados a la enfermedad de una mujer artista. Son quince mujeres las que han impulsado con ella la asociación: un puño gigantesco.

Hay mujeres que prefieren reconstruir su cuerpo tras la mastectomía. Otras, prefieren no hacerlo. Por supuesto, ambas decisiones son respetables y corresponden solo a cada mujer. Pero interesa detenerse en la decisión de aquellas que deciden no reconstruir su pecho. Porque ser una mujer asimétrica (como decía Marina Vargas) no está aún suficientemente aceptado, tener una sola teta se ve aún como una fallo. De una mujer mastectomizada se dice que le falta un pecho. No que su pecho se ha transformado, ha cambiado, es distinto, sino que le falta. Pero donde se ve esa falta podemos ver otra morfología, una evolución, el interesante lugar de una huella y de un comienzo. Que el pecho de una mujer ha de ser protuberante y tener un pezón y una areola es otro estereotipo. El pecho de una mujer puede ser (muchos lo son, como muestra la escultura de Marina Vargas) oquedad, pliegue, surco, cicatriz. Una oquedad dulce, un pliegue singular, un surco excitante, una cicatriz atractiva. Hay también una enfermedad en el canon, en la mirada del prejuicio. Este verano, en la playa, una amiga mastectomizada hizo un gesto que nos maravilló: al salir del agua se tapó el abundante pecho no operado. Pudo más, de manera inconsciente, el pudor sobre nuestros pechos que nos han inculcado que la vergüenza o el miramiento sobre su pecho mastectomizado. No había que tapar ninguno de los dos, por supuesto, pero su elección resultó liberadora.

En las últimas semanas, media España ha coreado con Rigoberta Bandini, no sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas (media España, o tres cuartos, o cuarto de kilo, porque con RTVE ya sabemos para siempre que nunca se sabe, que si quiere bolsa, señora). Las tetas de Bandini son las tetas de las madres, las tetas de las abuelas, las tetas de las hermanas, las tetas de las primas, las tetas de las amigas, las tetas de las novias. Todas nuestras tetas. Tetas grandes y tetas pequeñas, tetas blancas y tetas negras, tetas jóvenes, tetas maduras y tetas viejas. También, las tetas mastectomizadas.

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