Cuando el abuso se viste de terapia
A veces el agresor no viene solo. A veces viene con el respaldo de alguien que, desde una consulta, en lugar de ayudar a sanar, perpetúa el daño.
Él ya acudía a su psicóloga cuando me conoció. A lo largo de nuestra relación, me hizo creer que su terapia era culpa mía, que él iba porque yo lo desestabilizaba. Esa idea se fue convirtiendo en una herramienta más para manipularme emocionalmente. Me repetía que estaba mal porque yo no lo entendía, que necesitaba ayuda por mi forma de ser, por cómo reaccionaba, por lo que yo supuestamente le generaba. Y cuando la violencia se volvió insostenible — tanto que en algunas ocasiones llegó a intervenir la policía —, la psicóloga me pidió que acudiera a una sesión con él. Yo acepté, creyendo que me ayudaría. Que me protegería. Que sería imparcial. Que alguien desde fuera, con formación y herramientas, pondría palabras a lo que yo no sabía cómo explicar. Que me daría un poco de luz en medio del caos.
No fue así.
Durante aquella consulta, la profesional no solo justificó los comportamientos de él, sino que me hizo sentir culpable. Culpable por cómo hablaba, por cómo reaccionaba, por cómo intentaba defenderme. Me observaba con distancia, con ese tono sereno que no calma, sino que desautoriza. Su propuesta fue que, cada vez que ocurriera algo conflictivo, no lo hablara con él, sino que la contactara a ella y siguiera sus indicaciones. ¿Y cuáles eran esas indicaciones? Básicamente, que lo comprendiera. Que me adaptara a su diagnóstico. Que cediera. Que aceptara sus estallidos como parte de su patología, como algo que yo debería entender, contener y perdonar.
Durante un tiempo, lo intenté, me lo creí. Quise ser “comprensiva”. Pero ese esfuerzo por adaptarme no me acercaba a él, sino que me alejaba de mí. Me desdibujaba. Porque el mensaje no era que él debía mejorar, sino que yo debía soportar. Él tenía un diagnóstico. Yo, una exigencia tácita de ser su cuidadora emocional.
No hubo acompañamiento, ni escucha, ni protección. Solo un intento constante de encajarme en un molde pasivo, mientras se defendía activamente a quien ejercía el maltrato. Aquella consulta, lejos de ayudarme, me desarmó por completo. Perdí confianza en mí misma. En mi criterio. En mi voz. Porque una parte de mí, crítica y segura, fue anulada cuando alguien con autoridad me hizo creer que, efectivamente, todo lo hacía mal. Lo más doloroso fue ver cómo el daño se legitimaba desde una silla que debería haber sido un espacio seguro.
Con el tiempo entendí que no era yo. Que hay profesionales que, por conservar un cliente, por mantener una consulta, o por fidelidad ciega a un diagnóstico, pueden convertirse en cómplices de la violencia. Ella no escuchaba los hechos, sólo las etiquetas. No importaba si había gritos, empujones, insultos: todo se justificaba con un trastorno. Como si eso borrara el daño. Como si yo no tuviera derecho a decir “basta”. Como si el diagnóstico fuera un salvoconducto para el abuso. Como si, por tener estudios en psicopedagogía, tuviera que ser también la que aguanta.
Y no. Ningún diagnóstico justifica el maltrato. Ningún papel clínico borra las consecuencias que deja la violencia, aunque sea sutil, aunque no deje marcas visibles. Las heridas emocionales también sangran, aunque nadie las vea.
No pretendo generalizar ni poner en duda la profesionalidad de quienes ejercen la psicología con ética y compromiso. Pero sí quiero lanzar una advertencia: no todos los títulos garantizan humanidad. No todas las consultas en el centro de una ciudad aseguran integridad. No todas las reseñas online — y menos aún si están filtradas o manipuladas — reflejan la verdad. Y, sobre todo, no todas las personas que ocupan un sillón terapéutico saben mirar con honestidad y valentía lo que sucede frente a ellas.
Porque hay formas de violencia que no ocurren solo en las casas. A veces, también se perpetúan desde espacios donde deberíamos sentirnos protegidas. Y cuando eso ocurre, el dolor se duplica, porque no solo sufres por quien te agrede, sino por quien debería ayudarte y no lo hace.
La salud mental es fundamental. Y por eso mismo, quienes ejercen deben entender que su papel no es encubrir, justificar ni mirar hacia otro lado. Porque a veces, el daño más invisible no lo causa quien grita, sino quien calla donde debería hablar.
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