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Campo electrificado

Pablo Baena

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Estamos en plena campaña electoral en mi comunidad autónoma, con todo lo que eso implica: carteles de candidatos de distinto color inundan nuestras calles, con promesas variopintas, queriendo interpelar al lector, prometiendo solucionar sus inquietudes, sus preocupaciones más personales. En la calle de mi barrio, sin ir más lejos, uno de los candidatos, del que no diré nombres, me saluda cada vez que entro y salgo a trabajar, ofreciendo una Andalucía mejor, pareciese utópica a raíz de las noticias de los últimos años. La situación de su cartel está bien escogida, ya que, al situarse en una de las esquinas, debes acercarte a él obligatoriamente, y mientras te aproximas pareciese que va hablándote, susurrándote y asegurándote que todo va a cambiar, que todo irá mejor, que a cambio de esta Andalucía futurista deberás entregar un mísero papelito repleto de nombres desconocidos, y por qué quieres conocerlos, si es solo a él a quién estás votando.

Hace unos días, el retrato del adusto líder fue mancillado, ultrajado. Sobre su rostro luminoso, bondadoso, un ácrata malnacido, contrario a su pensamiento y a su idílica Andalucía, ha levantado el cartel con el instrumento con el que ejerce su soberanía: las llaves de su coche.

No pretendo contaros estas prácticas con la que estamos tan acostumbrados. Todos los días, los carteles se ponen, otros los levantan, ya sea por estar en contra, ya sea por simple vandalismo juvenil. Unos carteles se ponen, otros se quitan, y uno tras otros se van sedimentando las distintas Españas que pasaron por nuestras calles y que dejaron su impronta en la esquina de un barrio sevillano.

No es eso de lo que me gustaría hablar, sino del lugar en el que ocurrieron. Sobre esta pugna ideológica, sobre esta lucha de egos, de pasiones, de pensamientos, de ideas, de Españas enfrentadas, reza un cartel “Alta tensión. Peligro de muerte”.

El shock es inmediato y la impresión paraliza al más pintado. Que esta batalla ideológica y cultural tan banal haya ocurrido sobre terreno hostil me pone los pelos de punta. No es que descubra América cuando digo que esta verde tierra nuestra políticamente es un polvorín de identidades, una amalgama de pensamientos contrarios y cainitas que de vez en cuando lima sus asperezas, con las tragedias que eso supone, pero uno quisiera pensar que en estos años hemos alivianado el rostro, hemos relajado posturas, hemos dejado de jugarnos la vida para poner un cartel sobre una chapa que reza peligro de electrocución o para quitarlo con un objeto punzante metalizado.

Quizá esté exagerando, pensaréis. Quizá simplemente sea que los niveles de comprensión lectora están bajo mínimos. Pero si es así, ¿cómo es que las promesas vanas de este líder permearon bajo el paraguas de la comprensión lectora del opositor?

Me gustaría que nos detuviéramos un instante a reflexionar si unas elecciones autonómicas merecen nuestras vidas, si hemos dejado de ser personas con espíritu crítico a ser títeres manejados por líderes a los que no les importamos, que nos instan a colocar cárteles o que nos susurran que los despeguemos de la pared sobre la que se apoyan. Esto requiere un ejercicio de meditación, una larga jornada de reflexión, que comprendiese toda una vida.

Pero qué sabré yo. No tengo llaves del coche para ejercer mi soberanía. Ni coche, ya puestos.