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El futuro ya está aquí

Fernando Vilaboa

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A veces en la vida de una persona, y esto vale igualmente para el tránsito vital de los pueblos, es necesario pararse y reflexionar, o en palabras de mi ad­mirado Pepe Mugica, “hablar con uno mismo”, en estos momentos en el que nos encon­tramos todos. Aunque no todos en la misma situación, ya que, si solo va­mos hacia adelante, sin pararnos, para mirar hacia atrás o incluso hacia los la­dos, es fácil, y probable, que acabemos estrellándonos contra un muro. Dicen algu­nos, aunque yo tengo mis dudas, que de todo esto vamos a aprender, y que cuando esta hecatombe pase el mundo ya no será el que es, y todos seremos más sa­bios y mejores. Yo no sé.

Es, aunque no solo, en circunstancias excepcionales como estas que estamos a vivir, cuando se hacen visibles y se ponen de manifiesto las carencias de las sociedades en las que habitamos. También su origen. Uno no va a pedir perdón nunca si no tiene conciencia de que hizo un mal a alguien o a muchos. Igual­mente, para resolver un problema es necesario ir a la raíz del mismo, ya que, si nos quedamos en los efectos y no vamos a las causas, con el ánimo de incidir en ellas, el problema o el conflicto volverá a aparecer, mostrándose -si cabe-, más cruel y terrible.

En este sentido, considero muy positivo que algunos medios de comunicación como este, hablen de los recortes en sanidad de los últimos diez años, o incluso más atrás, cuando empezó la privatización de lo que nunca debió de dejar de ser un servicio público, pues, en mi opinión, este es el origen del problema. Es la carencia de medios, técnicos y humanos, y no la propia leta­lidad en sí del virus lo que está matando a la gente. No debemos olvidar que estamos en España, que según dicen, es un país desarrollado y democrático.

Es -creo-, pedagógico y útil infor­mar. No solo sobre esto, y podía citar otros ejem­plos, como el que está ocu­rriendo con las residencias para nues­tros mayores, o con las funerarias o con las donaciones de esclavistas. Unos, van a hacer sonar las sirenas de las ambulancias en las que traba­jan ante ellos, y a algunos, la actitud de unos y de otros nos indignan y nos dan ver­güenza ajena. Hay que hablar de lo positivo, que duda cabe: hay gente extraor­dinaria, no solo aquí, en cualquier parte del mundo, pero más de lo negativo, ya que -en mi opinión-, si queremos curar una herida, hay que echar el pus fuera; sino se echa, el asunto empieza en infección y acaba en gangrena.

Viene esto a cuento, porque acabo de leer que la señora Díaz Ayuso, Presi­denta de la Comunidad Autónoma de Madrid, va a crear una página web para que particulares y empresas y todo aquel que quiera haga sus donativos a la sanidad pública madrileña. Pero, no solo esto, sino que además le ofrece tres posibilidades a elegir: “para material de protección de los profesionales sanita­rios, para material de protección de pacientes o, es Sanidad quien determina la prio­ridad”. Y, como no, cada donativo tendrá su correspondiente deducción fiscal.

Es esta misma señora la que ayer, o antes de ayer, pedía al Estado 1200 millo­nes de euros para su Consejería de Sanidad, o la que agradecía en voz alta el donativo que para este fin hizo una de las dos dueñas del Corte Inglés. Los olmos no dan peras, como dice el refrán, y cuando menos podían callarse… pero no, ahí están: sin pudor, sin vergüenza alguna. Nunca van a reconocer que se equi­vocaron cuando privatizaron la sanidad pública, en sus dos vertientes: con la gestión pri­vada y con los conciertos con ese tipo de Sanidad. Y esto vale para las residen­cias de mayores, para la educación y la investigación científica. No van a pedir perdón porque, como decía antes, ellos no tienen conciencia de que hicieran algún mal. Es su ideología. Ellos están en política, no para atender el bien co­mún, sino, para repartir negocio, riqueza entre los que mandan verdade­ramente.

Efectivamente, esta es una oportunidad magnífica para aprender, para ser algo más sabios, para corregir los errores y para hacer, incluso en esta sociedad capitalista en la que muchos malvivimos, que lo público se conserve y se proteja como el tesoro más preciado que tenemos. Porque eso será un beneficio para todos; también para ellos. Sin embargo, esta no solo es una ocasión para los políticos, que con las leyes pueden cambiar el orden de las cosas, sino también para no­sotros, individualmente, así, en palabras de José Agustín Goytisolo, “to­mados de uno en uno”. Nosotros también tenemos responsabilidad, porque el Partido Popular no gobierna donde gobierna por la fuerza de las armas: el golpe de Es­tado lo dieron en 1936, ahora están ahí porque los votó un mayor número de ciudadanos. Y nadie podrá alegar en su descargo que no sabía. Nadie.

Dicen algunos que de esta vivencia, única, “inexperimentada” (palabra de la invención de Emilio Lledó), aprenderemos muchas cosas y que el mundo, incluso nosotros, cada uno de nosotros, ya no será el que ahora es. Yo no sé. Tengo mis dudas, pero es una oportunidad que la vida nos brinda para pararnos, para reflexionar en lo que tenemos y lo que deberíamos tener en lo que respecta a los servicios públicos; también en aquello que se refiere al ejercicio de los dere­chos civiles. Ahora en suspenso: el derecho a la libre circulación y el derecho de reunión, porque en nuestro país, lamentablemente, las cosas buenas tienen una existencia efímera, pero las malas, vienen para quedarse.

Es cierto, es una oportunidad para pensar y “hablar con nosotros mismos”; de todo, porque eso es lo que puede hacer cambiar el orden de las cosas. Lo que puede cambiarnos. Las clases sociales existen, y los seres humanos tenemos intereses, que no son los mismos para unos que para otros. Pueden prevalecer unos u otros, y eso depende de cada uno, porque como dice el poema, “yo soy el capitán de mi navío”. Podemos defender el bien común, y obligar a aquellos que nos representan a hacerlo también, y si no, podemos mandarlos al carajo; incluida la Monarquía. Podemos pensar y hacer, porque sino hay esa catarsis individual, esos que solo piensan en acumular dinero triunfarán sobre nosotros: sobre mi, sobre ti, sobre todos; sobre aquellos que solo tratamos de vivir y ser felices.

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