Los niños tienen que salir ya
En la vida el riesgo cero no existe. Es algo que ya debería habernos enseñado la experiencia, aunque la ingenua mentalidad que predomina en nuestra sociedad actual nos haya hecho olvidarlo. Si aceptamos esta premisa, tendremos que acatar decisiones como que, recientemente, se haya permitido el retorno a ciertas actividades no esenciales. Es lícito cuestionarlo, con tantos argumentos a favor como en contra, pero cuando ponemos la situación en una balanza, queda claro que debemos exponernos a un incremento en el riesgo de contagio para impedir que la economía española colapse de un modo casi irreversible. Y ahora ocurre lo mismo con los niños.
Cuando llevamos ya un mes de encierro –y tenemos por delante la perspectiva de un plazo, cuanto menos, igual–, los contras de mantener el confinamiento estricto y sin concesiones de los niños empiezan a pesar en la balanza mucho más que los pros. Seguro que habrá quien piense que los niños, como no son del todo conscientes de la situación, no la padecen igual que los adultos. Como los toros en los ruedos, ¿verdad? Pero es evidente que, a su manera, y con diferentes niveles en función de su edad, todos están sometidos al mismo estrés, preocupación e incertidumbre que nosotros. Les estamos privando, además, de algo tan necesario como un paseo, una carrera, una oportunidad para evadirse –aunque sea brevemente– de las cuatros paredes de nuestras casas. Algo que, reitero, no es un capricho ni una pataleta, sino una necesidad.
¿Que salgan los niños a la calle implica un aumento del riesgo de contagio? Por supuesto. Como también lo implica volver al trabajo, salir a comprar, pasear al perro, etc. Lo que ocurre es que eso lo consideramos indispensable, de modo que estamos dispuestos a asumir ese riesgo. ¿Por qué con los niños no? ¿Con qué derecho dejamos su bienestar en un segundo plano? Las salidas habrán de regirse por el sentido común, eso es evidente, y por una serie de directrices y recomendaciones explicadas claramente por el Ministerio de Sanidad. ¿Habrá quien se las salte? Sin duda, como el que se tira media hora diaria paseando al perro sin correa o como la persona mayor que sale a la calle con la simple excusa de comprar una mísera barra de pan. Pero la imprudencia de unos pocos no puede condicionar el bienestar de la mayoría. Porque estoy convencido de que, cuando llegue el momento, la gran mayoría de los padres respetaremos esas directrices. Hagámonos a la idea de que no podemos extinguir el riesgo por completo, pero sí al menos minimizarlo tanto como esté en nuestra mano.
Los niños han sido los olvidados de esta pandemia desde el primer momento y, hasta ahora, han respondido con entereza a la situación, aunque seguro que muchos estarán empezando a generar secuelas que no se manifestarán hasta dentro de un tiempo. Por eso, seamos responsables, seamos justos con ellos, y permitamos que salgan a dar esos cortos paseos que les darán fuerzas para seguir resistiendo todo lo que nos queda por delante.
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