La política rural europea: No es eficiencia administrativa sino ceguera urbana
Hace unos días hemos asistido a la conmemoración del Día de Europa. Revisar la hemeroteca sobre esa fecha, es una manera de comprobar que es un acto que suele suele llenarse de discursos sobre la cohesión, la solidaridad y esa “unión de intereses” que soñó Robert Schuman. Sin embargo, tras los muros de cristal de Bruselas, se está gestando una traición a la Europa de los ciudadanos. El nuevo Marco Financiero Plurianual (MFP) 2028-2034 no es solo un documento presupuestario; es el certificado de defunción de la inteligencia territorial especialmente de los territorios rurales si nadie lo detiene.
Bajo el atractivo paraguas de la “simplificación”, la Comisión Europea pretende centralizar la gestión de los fondos a través de los llamados NRP Plans (Planes de Asociación Nacionales). La intención declarada es la eficiencia, emulando el modelo de los fondos NextGenerationEU, pero no nos engañemos: lo que para un burócrata en una capital es un “hito de cumplimiento”, para un habitante de la España vaciada esto acaba siendo una barrera infranqueable.
Durante más de treinta años, el método LEADER ha sido el único pulmón de democracia participativa en el medio rural. Ha permitido que los Grupos de Desarrollo Rural (GDR) españoles decidan su propio destino de abajo hacia arriba. En regiones como Castilla La Mancha esto se ha traducido en miles de empleos y en el sostenimiento de proyectos que van desde la biotecnología aplicada al campo hasta la internacionalización de la artesanía local.
Pero detrás de ese éxito de LEADER no está solo el frío ingreso de una subvención, sino unos equipos técnicos que han sabido acercar la administración a los ciudadanos de los territorios rurales. Esos profesionales no han actuado solo como simples administrativos, sino que han sido verdaderos dinamizadores, facilitadores o traductores para interpretar los complicados reglamentos y han acompañado a los emprendedores para enfrentarse a la brecha digital. Al centralizar la gestión en Madrid o Bruselas, la Comisión está diciendo que este capital humano ya lo consideran prescindible, lo que viene a sumarse a la ya asunción por las CCAA de la mayoría de las funciones y gestión de esos fondos. Consciente o inconscientemente se están despidiendo a los únicos embajadores reales que tiene la Unión Europea sobre el terreno.
El nuevo modelo que se pretende implantar es el de “pago por desempeño”, algo que seguro que funciona bien para digitalizar una Consejería o construir una carretera, pero no solo carece de validez para el desarrollo rural, sino que es letal para esta política. La resiliencia comunitaria y el fortalecimiento del tejido social no se pueden medir con los mismos indicadores y criterios que se hace con la ejecución de una obra civil.
Hay un riesgo real de agrarizar absolutamente todos estos fondos, al haberse fusionan los de cohesión y los de agricultura en un “megafondo” centralizado. El desarrollo rural dejará de ser una política territorial para convertirse en un micro apéndice de la ayuda a la renta agraria. Haciendo esto se está ignorando que un pueblo para permanecer vivo necesita mucho más que agricultura: necesita servicios, turismo, cultura y, sobre todo, algo que hasta los alcaldes deberían salir a reclamar: autonomía.
Llegados a este punto, hace falta que empecemos a llamar las cosas por su nombre. Esto es un proceso de centralización, una deriva recentralizadora, que se disfraza como un intento de optimizar los recursos públicos. Pero no se engañen, si quisieran eficiencia, reforzarían los costes simplificados y eliminarían la asfixia burocrática que ya sufren los Grupos de Desarrollo Rural, pero manteniendo su autonomía.
La realidad es mucho más cruel y decepcionante: en Bruselas simplemente no tienen ni idea de cómo funciona la vida en los territorios rurales. Confunden la cercanía con ineficiencia y la participación ciudadana con ruido administrativo. Creen que el medio rural se puede gestionar mediante hojas de cálculo y reformas macroeconómicas pactadas en despachos donde nunca se ha pisado el barro de las zonas rurales.
La Unión Europea está alejando el poder de decisión de los pueblos, y con ello no solo está perdiendo su eficiencia; está perdiendo su alma. La defensa de los territorios rurales no se negocia porque, porque no se han dado cuenta en los despachos de la capital europea, que si el futuro de Europa no es rural, sencillamente no es futuro.