48 horas en los actos de todos los partidos: una fiesta de solteros donde sobrevuelan los ex

Carteles electorales en Aranjuez.

Si Madrid es, como dice su presidenta, Isabel Díaz Ayuso, esa ciudad en la que uno es tan libre que no se cruza con su ex, las elecciones son, entonces, esa primera fiesta en la que uno reestrena soltería. Sobre todo, la campaña. A ella han llegado los candidatos como nuevos solteros con los bolsillos llenos de fantasmas, tristezas, ilusiones o reproches. La campaña es esa cita en la que se ensaya la nueva vida solo, el nuevo futuro, por primera vez, mirándose en el espejo de los demás. 

Ayuso es quien ha roto y no lo puede ocultar. Le da igual encontrarse con su ex porque lo tiene superado y llega a la fiesta, además, y descubre que la soltería no está nada mal, que regresa al mercado de los nuevos comienzos con todos los ojos clavados en ella. Es jueves, siete de la tarde, y todos los ojos son los de centenares de vecinos de Valdemoro, donde gobierna Ciudadanos en el ayuntamiento, esperándola nerviosos.

Ayuso va en moto, literalmente, porque se ha ido de paseo con una asociación motera del barrio en la que abundan los policías y guardias civiles, que la llaman presidenta y la rodean como guardaespaldas de película. “Viene en moto, muy cañera ella”, le ha anunciado una vecina a otra antes de que aparezca la presidenta. Cañera a medias, porque Ayuso no sabe pilotar una moto y llega de paquete. Tampoco sabe desmontar. La tienen que sujetar para que no se caiga y ella misma agarrarse una pierna con la mano y tirar de ella para poder descruzarla por encima de la montura. Pero no importa. A algunas personas en las fiestas se les perdona todo. Y hay que ver qué bien les sienta la soltería. Después posa aferrada al manillar como una motera de Arizona con mascarilla. “¿Pero va a hablar o no?”, pregunta la misma vecina que la veía cañera. “No, esto es sólo una visita de cortesía”, le responde su amiga. Esto es una visita fugaz, para dejarse ver y querer, porque Ayuso tiene que irse a otra fiesta en Pinto. Un mitin donde ya la esperan otros tantos centenares de votantes y curiosos.

Ayuso desborda ilusión. Irrumpe en la fiesta y atrae las miradas. Ella misma lo dice. “Nunca habíamos vivido unas elecciones con tanta ilusión”. Se ha quitado la chaqueta motera y se ha puesto una americana azul popular. A Ayuso le salen todo tipo de pretendientes. Hasta tres jubiladas que se han hecho sus propias pancartas y que la esperan ansiosas como niñas. Una de ellas ha tuneado el cuadro de la libertad guiando al pueblo y le ha puesto la cara de Ayuso. Dice la señora que el óleo es muy bonito porque es de Goya y que representa la libertad contra los franceses. Y no, no lo es. Ni de Goya ni contra los franceses. Pero no importa porque la realidad no importa. La señora dice que su versión es Ayuso contra los cañones de los comunistas.

La presidenta está pletórica porque es ese centro de la fiesta. Se ha ido creciendo, además, según avanzaba. Ya no es la joven política nerviosa del comienzo y se ha venido arriba con tantos admiradores. Todos la rodean. Tiene su relación antigua tan superada que hace bromas con ella y presume que ha sido “un ejemplo para España”. Incluso hace chistes, que todos le ríen, por supuesto, porque a la reina de la fiesta se le ríen siempre. En Madrid, dice ella, además de no encontrarse uno con su ex puede también no encontrarse con Pablo Iglesias y eso es un alivio. En los mitines del PP –aunque pocas siglas del PP se ven, sólo el nombre de Ayuso– se nota que hay presupuesto porque se reparten pulseras y caramelos y se sueltan globos azules como palomas. Cuando Ayuso se va y se quedan otros políticos dando sus discursos todos se marchan. La fiesta sin ella es menos fiesta.

Edmundo Bal es la otra cara de la pareja. A él le han dejado y no trata de superarlo sino de encontrarse con su ex para volver. Siempre es peor que lo dejen a uno, porque por mucho que quiera regresar, cambiar, arreglar lo que deba arreglarse, darse una nueva oportunidad, depende de la otra parte. Y eso sin contar el golpe a la autoestima que supone un abandono. Bal parece haber aprovechado para hacer terapia.

Es viernes, mediodía y acude a Tres Cantos, al auditorio municipal, para hablar de educación. Le recibe una treintena de simpatizantes. Es un acto reducido y sobrio. No hay globos ni pancartas. Sólo uno de sus seguidores se ha traído el jersey naranja. Bal se ha vestido con unos vaqueros arremangados hacia fuera, una americana azul y unas zapatillas negras. La terapia le va bien porque tiene buena cara para estar acabando la campaña. Incluso la gente de su equipo lo dice, que parece mentira, que qué fuerza y qué ganas, para lo que lleva encima. Pero se nota la terapia en que está aprendiendo a quererse. Es la única forma de restaurar la autoestima. “Sí, soy un entusiasta, disfruto de la vida. Cada día que me levanto lo hago riéndome”, dice nada más empezar. “Soy un servidor público, que es lo que quiero ser el resto de mi vida y es lo que hace que todos los días me levante con una sonrisa en la boca”, afirma después. “Todos los días aprendo cosas nuevas y maravillosas”, añade.

Bal ensalza sus virtudes. La lección está en todos los manuales de autoayuda. Bal dice también que él “no es un político, sino Edmundo” y que “no vende cosas”. Nunca ha ocultado, y tampoco esta mañana, que quiere volver con Ayuso. Quiere ser su vicepresidente. Como si estuviera cambiando para que la relación ahora funcione. A pesar de las encuestas, sonríe mientras suena el ‘Agradecido’ de Rosendo de fondo. “Déjame tenerte junto a mí, prometo estarte agradecido. […] Te tengo tantas cosas que decir. Y tú como si no fuera contigo. La historia se repite y aún así prometo estarte agradecido”.

Si la campaña es una fiesta, a Pablo Iglesias no se le ve disfrutar. Se le nota en el rostro. Ni una sonrisa. Tiene el ceño crónicamente fruncido. Y si la campaña es su primera fiesta como soltero, todavía está en la anterior relación. En esa fase del duelo entre la negación y la ira. Con el resentimiento aflorando. Y no es por la falta de entusiasmo alrededor. Jueves, mediodía, y al candidato de Podemos le han montado una fiesta a medida en Leganés. Incluso han contratado una furgoneta para anunciar el acto por las calles con hilo musical de carrito de helados. Hay que levantarle ese ánimo, que se va Iglesias para abajo, pobre, que no termina de aceptar lo que ha pasado, y han llamado a todos los colegas para darle impulso. 

En el teatro José Monleón de Leganés hay más resentimiento que ilusión. Se ha llenado el patio de butacas de simpatizantes que llegan, como a la Nochevieja se va con algo rojo, con algo morado. Sobre el escenario una treintena de sillas blancas de plástico. En Podemos, parece, no llevan los bares a los discursos, sino sus terrazas al teatro. Hablan una docena de miembros del partido y da la impresión de concurso de la televisión de oradores. El público es el jurado. Pablo Fernández, que ha venido desde Castilla y León, clava el “¡sí se puede!” y el “a galopar hasta enterrarlos en el mar” porque pone al público en pie. A Julio Rodríguez, que fue general antes que político, el “sí se puede” le sale tímido, como si lo hubiera ensayado muchas veces pero le costase alzar la voz y acentuarlo con ímpetu. Pablo Echenique, al que le chillan “qué grande eres” mientras su silla de ruedas se eleva automáticamente por encima de sus compañeros, dice que ha pensado en abandonar muchas veces y regresar a la ciencia para “tranquilidad de mi familia”, pero que después ha pensado que si Pablo Iglesias no abandona él tampoco puede hacerlo. 

Pablo Iglesias ha venido con vaqueros y jersey negro conjuntado con la mascarilla y es el centro de todas las sillas blancas, colocadas en dos semicírculos a su alrededor. Antes de que comience a hablar, para mostrarle que hay futuro más allá del pasado, sus compañeros le dicen que es el “futuro presidente de la comunidad”. Todos lo dicen en todos los partidos aunque las encuestas como mucho dan dos opciones. Es como el falso Goya de la vecina de Pinto del PP. Una cosa es la realidad y otra la política. 

Iglesias dice que esto últimos meses “han caído las caretas en el país”. La relación pasó del enamoramiento, la ilusión y la idealización a tocar tierra. Para Iglesias, la libertad que proclama Ayuso es “que te ponga un piso Sarasola, comprar diputados en Murcia o en Madrid o ir al palco del Real Madrid a hacer negocios sucios”. Los suyos, en cambio, dice también, han mostrado valentía y firmeza. “Adelante, sí se puede”, remata al final. Por mucho que se lo digan los amigos, no parece creérselo. Aunque quiera.

Rocío Monasterio está en la fase del duelo de la ira. El rencor, lo saben todos quienes han tenido ex, es una gran fuerza motora para el olvido. Los mítines de Vox huelen a domingo de fútbol. En Aranjuez, antes de que comience, a las siete y media de la tarde, ya han llegado muchos simpatizantes con sus banderas del partido y de España y toman cañas en el bar de enfrente. Se celebra en la placita José Luis Sampedro. Sampedro murió en la primavera de 2013, mientras se gestaba Vox. Fue siempre un intelectual de izquierdas que votaba a la izquierda; se convirtió, sin pretenderlo, en gurú del 15-M; y fue en los últimos años de su vida un hombre que decía que los partidos políticos eran “zarandajas”.

Hoy su plaza arbolada se ha plagado de simpatizantes de Vox. Jubilados vestidos de verde con pelo engominado y caras de malas pulgas a los que Juan Diego clavaría en una película; padres e hijos envueltos en la bandera de España y familias al completo. Media hora antes de que arranque el acto han llegado los vendedores de merchandising. “¡La de Vos, oiga, la de Vos!”, grita uno de ellos. Las pulseras de España están una tres euros y dos por cinco y las mascarillas de la Guardia Civil, a cinco, pero los asistes apenas compran. Antes de que empiece el mitin una mujer de la organización reparte banderas gratis porque falta color en la plaza para la foto y entonces la gente sí se agolpa a por ellas. Total, si no hay pandemia. Por la plaza pasea Bertrand Ndongo, camerunés, que se llama a sí mismo “el negro de Vox”. El mitin es un plató para él porque, además de de Vox, es youtuber y se graba retransmitiendo el acto y criticando unas pintadas que dicen “fuera fascistas”. Mirando a su teléfono móvil asegura que “la gente no sabe qué es el fascismo” y luego sigue paseando con sus zapatillas rojas, como Dorothy en Oz, muy lejos de casa. 

La de Rocío Monasterio es una fiesta en la que todos los amigos le dicen lo terrible que era su ex. Justo antes de que aparezca suena Bebe de banda sonora  “-Mi piel en silencio grita sácame de aquí”- y luego una rumba - “No me vale con mis buenas intenciones, no me vale con mis buenas acciones”-  de C. Tangana. “Basta ya de agachar la cabeza y no poder hablar de lo que creemos. Hay que mirar a los ojos a esta gente y decirles que les queremos fuera”, clama frente al micrófono. Monasterio se desahoga porque habla del chalé de Pablo Iglesias y del Falcon de Pedro Sánchez y de las restricciones de todos los gobiernos y de las “manadas de menas” que hay por las calles españolas. También dice que los mayores tienen miedo de ir al súper porque si lo hacen les ocupan la casa. Habla de todo lo que quiere y todos le corean entusiastas. “¡Ahí, ahí!”, le chillan. “Son basura”, le apoyan, como amigas vilipendiando al ex para que no pueda pensar en que no todo sería tan malo. Monasterio ha ido a la fiesta con Santiago Abascal. Es ese hermano mayor que cuida de su hermana y que si se cruzara con su ex le iba a dar una buena. “Detestamos a los políticos progres, comunistas y mentirosos”, proclama. Ahí incluye a Pablo Iglesias, que es “un macho alfa” y contra el que van dos tercios del rencor, y a Pedro Sánchez, cuyo final está, dice Abascal, en las elecciones de Madrid, que se lleva el otro tercio. El del PSOE es “el gobierno de la muerte y de la ruina”. “¡Qué bueno, qué bueno”, le corean desde el público agitando las banderas.

Mónica García, la candidata de Más Madrid, está en el otro extremo, y no sólo por política. Ella, como Ayuso, es la que parece llevar mejor la ruptura. Da la impresión de tenerla superada y de estar en ese punto en el que uno no piensa lo que hubo atrás ni lo que vendrá por delante. Tan zen que esta mañana de miércoles se ha ido a pasear por el Manzanares, porque el Manzanares es un ejemplo, como cuenta, de las políticas verdes que quiere aplicar su partido en la comunidad. El Manzanares más que un río era un canal de agua marrón en Madrid y desde que se hizo Madrid Río, primero, no da vergüenza como río y desde que el ayuntamiento lo naturalizó, después, parece un trozo de campo en la ciudad. Al Manzanares han llegado hasta gansos del Nilo, los que García mira con unos prismáticos, mientras pregunta si se los ha traído. Pero no, han venido solos, y mejor que no lo hubieran hecho porque son una especie invasora, tan agresiva y tan fecunda que expulsa a otras y daña el ecosistema. La naturaleza a veces es más elocuente que los escritores de discursos.

El acto de García no estaba anunciado públicamente y camina ella, 800 metros de paseo, al lado de la presidenta del Partido Verde europeo, Evelyne Huytebroeck, que ha viajado desde Bruselas para respaldarla. Apoyadas en uno de los puentes, hablando en inglés, García ve un pato nadar contra corriente y le anima “come on, come on. Is trying to arrive to the government” (vamos, vamos. Está intentando llegar al gobierno). Al final del paseo media docena de cámaras de televisión esperan a la candidata. No todo iba a resultar tan bucólico. Y entonces la nueva soltera pierde la calma de su paseo matutino, de ese estar consigo misma, y frotándose mucho las manos dice que ella, ellos, lo que quieren es “hablar de lo que de verdad importa”, como el río, y dice también que “Vox es el partido del odio” y que “Ayuso va dopada de extrema derecha” y que sueña “con que haya un gobierno decente en la comunidad”. García parece de esos que asegura no temer encontrarse con su ex pero tampoco saber cómo le podría sacudir por dentro si sucediera.

Lo de los ex, parece saberlo Ángel Gabilondo, según en qué momento de la vida se esté no es tan malo. A ciertas edades los ex no son fantasmas, sino nostalgia de juventud; recuerdo plácido porque es recuerdo; prueba de vida. Para él, da la impresión, esta fiesta le coge por sorpresa. No tenía ya previsto iniciar ninguna nueva relación, no sabía que se podían tener nuevas relaciones y de pronto le han convencido para que lo intente. También hay amor, y mucho más, a partir de los 70. Y ahí anda el hombre, convencido pero convenciéndose de darle una nueva oportunidad a todo porque tiene las relaciones pasadas superadas. Gabilondo ha realizado una campaña electoral con muchos actos sin público, telemáticos. En este, mañana de miércoles, poco después de que García paseara por la ribera del Manzanares, habla de cultura desde la sede del PSOE en Ferraz. Lo retransmite el partido por Facebook y Youtube. Suena el himno socialista como una sintonía de concurso de televisión. En Youtube no llega en su punto álgido al centenar de espectadores. 

Gabilondo vuelve al mercado como un divorciado que no sabe bien cómo funciona ese mercado y se ha descargado una aplicación para ligar. Se ha vestido con su traje oscuro, su camisa blanca y su corbata gris marengo. Serio, soso y formal. Ya lo dice él mismo en uno de sus vídeos de campaña. Gabilondo se exhibe a sus pretendientes como un hombre que quiere “favorecer una cultura democrática de la no confrontación”. Un madurito culto que cita a Marco Aurelio: “¿Alguien me va  despreciar? El verá. Yo por mi parte veré que no me halle haciendo o diciendo nada de desprecio”. Un señor educado que se queja porque “falta que los políticos de esta región no dejemos nunca de ser educados porque los madrileños no se merecen ser testigos de espectáculos de mala educación”. Y un nuevo soltero dispuesto a “aprender de nuevo a mirar para no quedarnos en la confusión”. Gabilondo dice que si es presidente, que es como que aparezca esa pareja imprevista, como encontrar el amor cuando no se buscaba, llegará “a grandes acuerdos y transformaré Madrid con toda mi pasión”.  Gabilondo no es de los que se cruzan con su ex, sino de los quedan con ella.

Madrid, decía Ayuso, es la libertad de no cruzarse con quien uno no quiere. Pero en Madrid, también, uno se cruza a veces con su ex sin hacerlo. A todo el mundo le ha pasado. Se intuye a un ex en la espalda de otra persona, en el olor del mismo perfume o en unas piernas que suben la escalera del metro y de pronto se queda uno clavado como si hubiera visto un fantasma. Porque lo ha visto. No te lo has cruzado pero lo has hecho. La realidad va más allá de la realidad. O no importa. Como el cuadro de Delacroix de Goya. Como en las campañas. 

Etiquetas
Publicado el
1 de mayo de 2021 - 22:24 h

Descubre nuestras apps

stats