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Cobrar 1.500 euros y no poder alquilar un piso en Madrid: la frustración de querer vivir sola en la capital

Un cartel de 'se alquila' en un balcón

Carlota E. Ramírez

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Ahora mismo, encontrar un piso en Madrid para vivir solo es casi misión imposible si tu sueldo no pasa de los 2.000 euros mensuales. Habitáculos que en 20 metros cuadrados tienen la cocina, el salón y la habitación, camas a dos palmos del techo, apartamentos con ausencia casi total de luz natural, requisitos inabarcables por parte de las agencias, lista de espera para los pocos pisos decentes que hay… 

Son algunas de las situaciones que Julia (nombre ficticio) lleva viendo más de un mes. Cada día repite el mismo ritual: llega agotada de trabajar, deja sus cosas, se desmaquilla y se sienta delante del ordenador para ver si algún portal de alquiler de viviendas ha subido ofertas nuevas que le interesen. Pero la mayoría de las veces sabe que no se llevará ninguna sorpresa, ya que utiliza los trayectos en metro de casa al trabajo y del trabajo a casa para hacer lo mismo a través de sus apps del móvil, en las que tiene activada la opción de que le salte una notificación si se añade algún piso acorde a sus circunstancias.

A sus 32 años y después de cinco compartiendo piso, ha decidido que necesita su propio espacio, en el que poder teletrabajar algún día, al que invitar a sus amigos a cenar un sábado o en el que tumbarse en el sofá durante sus días libres a leer tranquilamente. Había escuchado que alquilar algo decente era difícil en Madrid, pero confiaba en que su contrato fijo por el que recibe 1.500 euros netos al mes y su permanencia de seis años en el mismo centro de trabajo la ayudarían. 

Julia aún tiene la idea de vivir en un lugar donde la habitación esté separada del resto de estancias. Para eso se va de su piso compartido

Se sabe de memoria casi todos los pisos que hay en alquiler por menos de 700 euros en la capital. Ha puesto esa cifra de límite porque ha leído que lo normal –lo que recomiendan los expertos– sería gastarse un 30% de su salario. En su caso serían unos 500 euros, pero ha comprobado que es imposible independizarse sola por ese dinero y 700 le pareció bien, teniendo en cuenta que la suma de las facturas de agua, electricidad o internet elevarían la cifra a 800, por lo menos. Le quedarían otros 700 euros para pagarse su curso de inglés, el teléfono móvil, el abono de transportes y la compra mensual. Lo que sobre, para planes culturales, de ocio con amigos o de ahorro para escaparse a algún sitio barato en verano. Aunque teniendo en cuenta los niveles de inflación, Julia sabe que igual este verano lo pasa entero en Madrid. 

Algo a menos de media hora en transporte público

Las últimas tardes de febrero Julia hace lo propio de cada día. Llega a casa, abre el ordenador y empieza a buscar. Quizá ahora, que empieza un nuevo mes, haya nuevos pisos. Su búsqueda comienza por el centro de Madrid, a ver si encuentra algo a menos de media hora en transporte público de su trabajo, aunque no es optimista. Y hace bien: aplicando el filtro de 700 euros al mes, en el mapa aparecen apenas 12 anuncios en la zona centro de Madrid, en un espacio delimitado desde la Plaza de Santo Domingo hasta la Puerta de Toledo pasando por La Latina, la Puerta del Sol o incluso Lavapiés, donde semanas antes Julia había puesto muchas de sus esperanzas porque le habían dicho que había ofertas, aunque fuesen para pisos pequeños. 

Lo primero que llama la atención es el piso más barato: un estudio de 30 metros cuadrados por 600 euros al mes cerca del metro de Puerta de Toledo. Julia ya lo conoce. Lo lleva viendo varios días. Pero lo vuelve a abrir para darle otra oportunidad. La estancia se compone de dos habitaciones separadas por un arco sin puerta. En una, el sofá, la cama, la mesa y la mesilla. En la otra, una cocina bastante modesta, sin campana extractora (esto se repetirá en la mayoría de pisos pequeños que visite). Dentro de la cocina, separado por una puerta, un pequeño baño. Es un primero sin ascensor. Julia ha visto cosas peores por mucho más dinero. Pero aún tiene la idea de vivir en un lugar donde la habitación esté separada del resto de estancias. Para eso se va de su piso compartido. 

Los pisos que miden más de 30 metros cuadrados son interiores, sin apenas luz natural. Uno de ellos solo tiene una ventana

El resto de apartamentos disponibles en la zona son parecidos, pero más caros: estudios de menos de 30 metros cuadrados con una sola estancia donde se concentran el dormitorio, la cocina y el salón. En algunos, la cama está elevada en una especie de altillo para dejar espacio debajo para un sofá o una pequeña mesa de estudio. “El salón comedor es en concepto abierto con la zona dormitorio”, anuncian algunas publicaciones. Los pisos que miden más de 30 metros cuadrados son interiores, sin apenas luz natural. Uno de ellos solo tiene una ventana. Julia cierra esos anuncios: la luz natural le resulta imprescindible para su salud mental. Aunque sea unos rayitos un par de horas al día que entren por alguna ventana.

Otro estudio que llama la atención está junto a Palos de la Frontera. 660 euros al mes, una primera planta interior con ascensor. 25 metros cuadrados. Julia lleva viendo el anuncio varios días, pero la primera vez no daba crédito: lo que se anunciaba como vivienda era una sala de masajes. Una estancia oscura, con dos ventanas a un patio interior y un armario. En el centro, la camilla y, después, un baño. Sin cocina, claro. 

La luz natural, un bien escaso en las viviendas ofertadas

La joven sigue moviendo el cursor del ratón por el mapa interactivo de Madrid. Se olvida de las zonas de Cuatro Caminos, el Viso, Goya o el Retiro, donde no aparece ningún anuncio por ese dinero. Encuentra uno por 700 euros en la Avenida Ciudad de Barcelona, cerca del metro de Pacífico. Se trata de un piso interior de 40 metros cuadrados. Pero es una cuarta planta, así que puede que tenga algo de luz. Tiene un salón y un dormitorio separados, además de la pequeña cocina y el baño. Piden lo de siempre: la documentación, un contrato indefinido y pruebas de las tres últimas nóminas. La casa no tiene certificado energético (como otras tantas, que indican en internet que se encuentran “en trámite”) y la calefacción es eléctrica, lo cual aumenta aún más el precio de la factura. Además no solo piden un mes de fianza y el mes en curso, también otro mes para la agencia, lo que pone el primer pago en 2.100 euros que Julia no puede pagar de golpe. 

Hay otra casa en el barrio Guindalera, junto a Ventas. Una buena zona. Pero vuelve a ser un estudio, esta vez sin amueblar. 700 euros. Por tener, no tiene ni una ventana, ya que es un bajo interior sin aperturas al exterior. No es la primera vez que la joven ve algo así y se pregunta si es legal o qué pasaría en caso de incendio. Los otros tres pisos que hay por esa zona son parecidos, aunque al menos con alguna ventana. 

Sabe que dentro de la M30 lo único que le queda por mirar es la zona de Tetuán. Allí encuentra 11 pisos por 700 euros o menos. Hay uno de obra casi nueva que, de primeras, llama la atención. Una vez se van pasando las fotos, más de lo mismo: la cama se encuentra en un segundo nivel sobre la cocina, en la que tampoco hay campana extractora, pero está vez parece que al menos se puede andar por la zona del dormitorio sin chocarse con el techo. Julia vuelve a buscar alguna ventana en las fotos. Nada, la única luz natural que entra es al abrir la puerta principal del bajo. Además, el anuncio indica que el piso estará disponible en agosto. ¿Lo habrán colgado por si algún turista está planeando ya pasar durante sus vacaciones de verano por Madrid? De aquí a seis meses la verdad es que espera haber encontrado algo. 

Son los propietarios quienes eligen entre varios posibles inquilinos y no los inquilinos quienes eligen entre dos o más pisos

El resto de apartamentos en Tetuán cumplen características parecidas: o bajos sin ventanas, o tan abuhardillados que a Julia le cuesta imaginarse andando a gachas por la mitad de la casa, o  incluso uno de 19 metros cuadrados con la cocina a los pies de la cama. 

De repente da con un anuncio nuevo. Un ático junto al metro de Estrecho. 45 metros cuadrados y, por lo que parece, con estancias separadas, aunque la cocina es muy pequeña y antigua, también sin extractor. Pero hay una cosa que a Julia le llama mucho la atención: una terracita donde caben dos sillas y una mesita que mira al este. Un lujo que igual compensa la cocina. Son las 20:42 horas y la agencia cerraba a las 20:00, así que se pone una alarma a las 10:00, hora a la que abre de nuevo, para llamar. Sabe que si el piso está bien, volará en un par de días como mucho y quiere visitarlo antes de que los propietarios tengan 15 inquilinos entre los que elegir. Porque esa es otra consecuencia del problema de la vivienda en Madrid: ahora son los propietarios quienes eligen entre varios posibles inquilinos y no los inquilinos quienes eligen entre dos o más pisos. A las 10:30 de la mañana del día siguiente, el anuncio del piso ha desaparecido. Alguien ha sido más rápido. 

Vallecas o Pueblo Nuevo, opciones más baratas

Hasta este momento Julia ha visto casi un centenar de anuncios en unas horas y ha descartado todos menos uno, que ya no existe. A veces se pregunta si es que se pone demasiado exquisita, pero se niega a malvivir sin poder cocinar, incorporarse en la cama, dormir sin que todo huela a frito después de hacer la cena o andar erguida. 

Por eso ha asumido que tiene que ampliar el radar a barrios más lejos del centro, como Vallecas o Pueblo Nuevo, que son los que más cerca le pillan del trabajo una vez fuera del cinturón de la M30. Si no encuentra piso allí, tendrá que plantearse la zona de Orcasitas, Abrantes y Vistalegre, que le viene bastante peor. Salir del mapa del metro e irse a las afueras como Rivas o Barajas es algo que descarta por completo. Al menos de momento. 

Así que amplía el mapa por la zona sureste de Madrid no sin antes comentar algo que le ha llamado la atención durante las últimas semanas: a pesar de que Moratalaz era una de sus primeras opciones porque hace años vio varias habitaciones allí y está fuera de la M-30 pero relativamente cerca del centro, ahora mismo no se alquila ninguna casa por la zona por menos de 700 euros. El mapa no muestra ninguna opción desde Estrella hasta Vicálvaro. 

En la zona de Pueblo Nuevo y Quintana se ven, por primera vez, ofertas por menos de 600 euros. Pero son muy parecidas a las que Julia ha descartado: bajos o estudios, aunque esta vez muchos de obra nueva, con la cocina a los pies de la cama y una sola habitación además del baño. En uno la cama está plegada en la pared para que durante el día quepa la mesa de estudio. “Ideal para estudiantes”, señalan muchos anuncios que ciertamente se asemejan a una habitación de una residencia universitaria, pero con cocina dentro. 

Puede pagar un mes de fianza, pero dos le supondrían un agujero importante. Y, si pasa esos filtros, tiene que cruzar los dedos por que la agencia o los propietarios la elijan a ella como inquilina

Y en Vallecas más de lo mismo. Más oferta y algunas más baratas (ninguna por menos de 650 euros, eso sí) pero características y condiciones de las viviendas parecidas. De la docena de pisos que hay alrededor de toda la Avenida de la Albufera, sólo uno es exterior y no es bajo, pero está sin amueblar. Julia baja la pantalla del portátil dando por finalizada su búsqueda de esta semana. No pasa nada, en Vallecas aparecen pisos nuevos cada poco tiempo, así que volverá a mirar en unos días.

De alrededor de 150 pisos vistos por todo Madrid, no ha encontrado ninguno para ella. El cuento de cada semana. Y aunque dé con alguno que le llame la atención los próximos días, tiene que ver qué condiciones le ponen desde la agencia. Tiene contrato y nóminas, que los piden siempre. Puede pagar un mes de fianza, pero dos le supondrían un agujero importante. Y, si pasa esos filtros, tiene que cruzar los dedos por que la agencia o los propietarios la elijan a ella como inquilina. 

La joven se da hasta finales de marzo. Si entonces sigue sin encontrar nada, quizá tire la toalla y vuelva a intentarlo en unos meses. La situación le está costando su salud mental y en todos sus cálculos no ha contado con el precio de una terapia. ¿Para qué se mata a trabajar desde que salió de la universidad si ni siquiera puede permitirse un techo bajo el que caer muerta?

32 años y trabajo, pero sin casa

Tras cerrar el ordenador frustrada por no sabe qué día consecutivo, la joven reflexiona sobre lo que es buscar piso en Madrid. Los que ha visto por menos de 650 euros los puede contar con una mano. Si cobrase 300 euros menos (1200), como alguna de sus amigas, y siguiese su norma de no gastar más de la mitad del sueldo en alquiler, no podría ni plantearse vivir sola. Con 32 años. Trabajo fijo. Y un sueldo 400 euros más alto que el salario mínimo de este país. 

La vida cada vez es más cara. A los 800 euros que pretende dejarse en el alquiler y las facturas hay que sumarle la compra de cada mes, lo que haga falta para imprevistos… Si se va a vivir sola tendrá que plantearse muy bien de qué tipo de ocio quiere disfrutar y cuándo, cuánto quiere ahorrar… 

No sabe qué va a hacer. Cree que uno de los pasos más importantes hacia la adultez es poder salir de casa de sus padres o dejar de compartir piso después de cinco años y, con un sueldo por encima del salario mínimo y un trabajo fijo –lo cual hace que se considere una privilegiada en su entorno– le resulta casi imposible. El año pasado, Julia leyó Una habitación propia, donde ya en 1929 Virginia Wolf reclamaba un espacio propio para escribir y tener independencia económica y personal. Casi un siglo después, parece una reivindicación a la orden del día.

¿Pasa lo mismo en el resto de ciudades españolas? ¿Cuál es la solución? ¿Esperar a heredar algo? ¿Echarse pareja para alquilar a medias? ¿Irse de Madrid? De momento, la vivienda ha pasado a segundo plano en la actualidad política nacional con el debate sobre la reforma de la ley del 'solo sí es sí', el caso Mediador o la moción de censura de Vox y Julia no tiene mucha esperanza de que vaya a haber soluciones pronto. Ni siquiera en año electoral.

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