Adolfo Suárez, esculpido a navaja
Juró cargos con diferentes chaquetas y todas le sentaban bien. Blanca y falangista, acorde con su mandíbula esculpida a navaja, brioso macho español, niño de la posguerra provincial, aspirante a señorito, el yugo y las flechas a la altura del corazón, fue nombrado, diciembre de 1975, ministro secretario general del Movimiento.
Firmó documentos con traje oscuro, gris marengo o azul marino, estudiadas corbatas, seductora mirada, siendo procurador en Cortes por Ávila, gobernador civil o director general de RTVE. Juró y firmó tanto, y en tantos sitios, que los suyos le llamaron, con el correr del tiempo, traidor.
Suárez, uno de los esenciales del reformismo franquista, “quienes alcanzan el poder con demagogia terminan haciéndole pagar al país un precio muy caro”, acabó acorralado por los poderes fácticos, abandonado por el rey, fumando tabaco negro en la soledad de un despacho de cretona. Ahora, enfermedad neurológica, no recuerda nada. Casi mejor.