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Opinión - La democracia española no nació en 1978, por Ignacio Escolar

Ha llegado la hora

  • Epílogo de ReaccionaDOS (Aguilar), libro en el que participan Federico Mayor Zaragoza, Baltasar Garzón, Juan Torres López, Àngels Martínez i Castells, Rosa María Artal, Ignacio Escolar Carlos Martínez, Javier López Facal, Javier Pérez de Albéniz, Lourdes Lucía y Javier Gallego

Entonces, todos los hombres de la tierra

le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; 

incorporóse lentamente

abrazó al primer hombre; echóse a andar...

 

César Vallejo, España, aparta de mí este cáliz

 

1. REACCIÓN: EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO. 

Primera Ley de Newton: Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar por una fuerza ejercida sobre él.

Empieza este libro recordándonos que la reacción ciudadana del 15M de 2011 vino acompañada por una victoria del PP en las municipales y autonómicas y una mayoría absoluta, aplastante, en las generales. Quedó evidenciado entonces que la indignación era un movimiento muy impactante en las calles pero con escaso o nulo impacto en las urnas. Querían los indignados cambiar el sistema pero estaban aún muy lejos de saber cómo hacerlo. O más bien, no querían cambiarlo desde dentro sino desde fuera. El 15M había nacido con la vocación clara de darle la espalda a la política institucional. “No nos representan”, gritaban los manifestantes y acampados para expresar que no había nada ni nadie dentro del orden establecido que diera respuesta a sus reivindicaciones. Querían hacer política pero sin los políticos.

No era la toma de la Bastilla, era una reunión previa, más bien, una reagrupación de fuerzas para preparar la resistencia. En consecuencia, no tuvo incidencia alguna en los resultados electorales. No la tuvo porque no la buscaba. Aún era demasiado pronto para eso. Para iniciar la contraofensiva quedaban algunos años. Por el momento la gente solo estaba saliendo del huevo, rompiendo el cascarón. No hubo tiempo para más. Mientras los indignados se manifestaban en las calles, el resto de españoles volvió a votar mas o menos como siempre: castigaron a los que gobernaban dándole su papeleta a los de la acera de enfrente.

No es que el 15M hubiera fracasado, es que el 15M era otra historia. No era un movimiento electoralista organizado para manipular los resultados como cacareaban los tertulianos, columnistas y políticos del bipartidismo, especialmente los de la derecha. Era un movimiento antielectoral que no aspiraba al Parlamento sino a resucitar el parlamento de la calle. Primero había que tomar las plazas, retomar el espacio público, recuperar la palabra y devolver la política a sus dueños, los ciudadanos. Había que empezar por el principio, volver a los orígenes, desandar el camino para rescatar la democracia en el punto en el que la habíamos cedido. Pasados los acaloramientos, inquietudes y peligros de los accidentados inicios de la Transición, habíamos dejado la política en manos de los partidos mientras nos deslizábamos plácidamente hacia el futuro empujados por la dulce melodía del bienestar.

Los pocos que intentaron conservar entre sus dedos unas briznas de poder ciudadano en los barrios y municipios, en la empresa y el trabajo, fueron destruidos, apartados y desactivados por la eficaz maquinaria de aplastamiento y anestesia que los socialistas pusieron en marcha y los populares llevaron hasta sus últimas consecuencias. La censura acallaba la crítica, la televisión nos adormecía, los medios nos dirigían y la corrupción compraba complicidad y silencio. La bonanza hizo el resto. 

Hasta que el 15 de mayo de 2011 echamos el freno de mano. En realidad, la sociedad movilizada venía ya frenando desde unos años antes. El “No a la guerra” de 2003, las manifestaciones de marzo de 2004 reclamando la verdad sobre el 11M y el “Nunca Mais” de 2006, fueron los primeros frenazos a la marcha ciega y sorda de la apisonadora del poder. Las primeras reacciones. La primera vez en mucho tiempo que se pedía masivamente responsabilidad a los políticos, transparencia al gobierno y democracia para el pueblo. Después llegó la crisis y se reactivó el espíritu de aquellas protestas con la ventaja de que ahora la ciudadanía contaba con las redes sociales y el aprendizaje de aquellas experiencias anteriores. Todos los pasos suman y cada paso es más sólido que el anterior.

Así el movimiento contra la Ley Sinde #NoLesVotes y las manifestaciones de Juventud sin Futuro y Democracia Real Ya, junto a otros menos visibles, fueron haciendo el camino que desembocó en la Puerta del Sol de Madrid y se desbordó después por las plazas de todo el Estado. Poco antes se había presentado la primera parte de este libro: Reacciona. Fue un presagio. Nadie podía imaginar el 15M pero se veía venir. La necesidad de reaccionar estaba en todos los ámbitos, en las conversaciones, en la universidad, en el mundo de la cultura, en el periodismo, entre los trabajadores, los economistas críticos, los pensadores más comprometidos, los activistas, en la calle. Había un murmullo constante en los meses previos que fue creciendo hasta convertirse en grito. La gente, por fin, había reaccionado.

Dormíamos y despertamos. Ese lema, entre tantos de aquellos días, resume mejor que ninguno lo que pasó. No habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, como nos decían nuestros dirigentes para culpabilizarnos por la crisis, habíamos vivido por debajo de ellas, por debajo de nuestras posibilidades como ciudadanos, por debajo de nuestra capacidad para intervenir en la realidad y cambiar el rumbo de los acontecimientos. Si alguna responsabilidad tenemos que asumir como ciudadanos, no es la de causar la crisis sino la de dejar que nos colaran la estafa, la de permitirles despilfarrar nuestros ahorros, robar el dinero de todos, tomar decisiones en nuestra contra y a favor de los causantes de la crisis: los bancos, los fondos de inversión, el Mercado, los corruptos.

En todo caso, nuestro pecado fue vivir por debajo de nuestra responsabilidad hacia la sociedad de la que formamos parte, por debajo de nuestra obligación de respetar lo que es de todos y por debajo del nivel de atención y vigilancia que debemos tener hacia quienes gobiernan la nave. La reacción provocó que muchos dejaran de vivir por debajo y sacaran la cabeza a la superficie para respirar y otear el horizonte. Ahí empezaron a darse cuenta de que no bastaba con darles o quitarles el timón en las elecciones y desentenderse durante cuatro años. Ahí muchos nos acordamos de que ellos mueven el timón pero nosotros damos las órdenes. Tomamos conciencia de que la política la hacemos entre todos, cada día.

Pero aún estábamos muy lejos de abordar el barco para arrebatárselo a los piratas. La indignación era una reacción para detener la acción que nos llevaba hacia el abismo. Fue el golpe de timón para dar la vuelta la navío como explicaba José Luis Sampedro en Reacciona: “Mi mensaje a los jóvenes es que es llegado el momento de cambiar el rumbo de la nave. Aunque sus líderes sigan en el puesto de mando y al timón, aunque desde allí sigan dando órdenes anacrónicas, los jóvenes puestos al remo pueden dirigir la nave”.  En efecto, los líderes siguieron en el puesto de mando, pero los remos empezaron a virar el barco. Muy lentamente, claro. Al principio no fue apreciable. No fueron pocos, de hecho, los que decían que el 15M había sido un fracaso, otra burbuja, un espejismo que había quedado en agua de borrajas. Era agua, sí, pero lluvia fina que iba calando.

Los temas que se pusieron entonces sobre la mesa -la necesidad de control del poder, la transparencia, la regeneración, el cambio de modelo económico o la participación ciudadana-, han terminado colonizando el debate tanto en el Congreso como en los medios de comunicación. Desde 2011, la agenda política e informativa sigue rigurosamente las líneas que trazó la ciudadanía en la calle y en las redes. Por eso es ridículo decir que el movimiento se diluyó. Al contrario, fue una piedra que cayó al agua, generando primero una onda pequeña que dio lugar después a otras muchas, cada vez mayores. Fue el epicentro de un maremoto que provocó mareas de reacción. 

A los negacionistas, la ola les pasó por encima. La indignación fue una reacción en cadena. Si el “quincemayismo” era una respuesta global contra el sistema, después llegaron las réplicas particulares del seísmo en los distintos frentes en los que la estafa pretendía robarnos derechos, casas, trabajo, justicia, educación, igualdad, pan. Estas réplicas fueron una consecuencia y una evolución mejorada, remasterizada y afinada del terremoto original. Pese a sus muchos logros como experiencia organizativa, el 15M había sido una causa general contra casi todo demasiado ambiciosa, inabarcable y desordenada fruto de su espontaneidad, urgencia y magnitud.

Pero sirvió no solo de chispa que encendió la pólvora sino también de laboratorio de prácticas políticas que luego se fueron aplicando en las Mareas ciudadanas blanca, verde, granate, roja, naranja... y en otros movimientos previos al 2011 como la imprescindible Plataforma de Afectados por la Hipoteca que creció, se fortaleció y se expandió también gracias al aliento de los indignados. Lo que se había aprendido en las asambleas, en las acampadas y en las manifestaciones, guió a muchos y muchas en la lucha posterior contra los desahucios, la privatización de hospitales, contra los recortes en educación, en ciencia, en sanidad, en dependencia... Contra todos los ataques. Eran reacciones. Habíamos permanecido en reposo durante años como cuerpos sociales inertes hasta que una fuerza ejercida sobre nosotros nos había obligado a cambiar de dirección, como explicaba Newton en su primera ley. Pero las Mareas eran también un paso más allá. El siguiente. De la reacción se pasó a la acción.

2. ACCIÓN: EL FIN DEL MUNDO QUE CONOCEMOS.

Segunda Ley de Newton: La aceleración de un cuerpo es directamente proporcional a la fuerza que se aplica sobre él.

Las Mareas sociales actúan inicialmente como resistencia frente al golpe de las olas destructoras de la crisis,  como muros de contención que han amortiguado los efectos devastadores del tsunami y han puesto freno a algunas medidas “austericidas” y liberalizadoras. La Marea Blanca detuvo la privatización de hospitales en la comunidad de Madrid y junto a la presión vecinal impidió el cierre de servicios de urgencias en zonas rurales de Castilla-La Mancha y Castilla León; la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) sigue parando desahucios y dando amparo, apoyo y consuelo a las familias desalojadas o en riesgo de serlo; la Corrala Utopía en Sevilla realojó a decenas de desahuciados en pisos okupados y ha conseguido finalmente para ellos alquileres sociales y casas de acogida; las protestas del barrio de Gamonal en Burgos pararon unas obras millonarias con las que el alcalde había premiado al principal constructor y empresario mediático de la ciudad; las manifestaciones contra el desalojo y demolición del Centro Social Autogestionado de Can Vies en el barrio barcelonés de Sants lograron la reconstrucción y reapertura del centro; las movilizaciones contra la estafa de las preferentes han provocado la devolución del dinero a cientos de víctimas y la apertura de juicios contra las entidades estafadoras; la querella presentada por la plataforma ciudadana 15MPaRato en la Audiencia Nacional contra el ex presidente de Bankia, Rodrigo Rato, fue la primera acción para poner contra las cuerdas a los estafadores de la crisis; la marea violeta ha echado atrás la reforma de la ley del aborto más retrógrada de la democracia y ha forzado la dimisión del ministro de Justicia que la defendía, Alberto Ruiz Gallardón; la marea granate ha creado una red de apoyo mutuo para los emigrantes forzosos que se han tenido que ir por culpa de la crisis; bancos de alimentos y organizaciones vecinales se han multiplicado para dar de comer a las víctimas de la crisis; asociaciones de parados actúan como orientadores laborales y bolsas de trabajo para ayudar en la búsqueda de empleo... Las Mareas están evitando una hemorragia colectiva mucho mayor que podría haber derivado en borbotones de violencia de no haber sido por ellas.

Nuestros dirigentes deberían agradecer que hayan aplacado la conflictividad en las calles, que hayan mantenido la cohesión social en circunstancias tan adversas y, sobre todo, que hayan ejercido el papel protector de los más vulnerables que corresponde a las instituciones del Estado. En lugar de eso, las han criminalizado y reprimido policialmente como si fueran “el enemigo” como dijo en 2012 el Jefe Superior de la Policía de Valencia, Antonio Moreno, para justificar las brutales cargas de los antidisturbios contra profesores, padres y alumnos. El Estado ha actuado, con frecuencia en estos años, como enemigo de la población, mientras las Mareas ejercían de escudo protector. Por tanto, no solo han sustituido a la Administración, también nos han defendido de los derechazos que nos propinaba en nombre de los mercados.

Pero siempre se describe a estos movimientos ciudadanos como reacción a la contra y se minusvalora cómo han evolucionado hacia la acción para generar un nuevo escenario. Aunque han encajado muchos golpes y han devuelto algunos, no han sido solo un espigón que absorbe el azote furioso de los recortes. También han iniciado la transformación. De hecho, tan importante como su resistencia al retroceso, es su papel como motor de cambio. Han pasado de la defensa al ataque. De la protesta a la propuesta. Y en ese campo estamos viendo más éxitos que en el combate defensivo. Frente a los ataques a la ciudadanía, los movimientos sociales han obtenido algunas victorias significativas pero pírricas en el cómputo global de la guerra contra los recortes. Son más las reformas laborales, amputación de derechos y ajustes de cuentas que nos han impuesto, que los que hemos logrado evitar. Sin embargo, las contraofensivas sí están haciendo retroceder al oponente. Ahí estará la clave en el inminente futuro, en el paso que los movimientos sociales han dado de la reacción a la acción. De la resistencia a la revolución. Es mucho lo que las Mareas han logrado parar, pero es más lo que están consiguiendo reparar.

Mientras las élites desmontaban minuciosamente el Estado social con la intención de sacar provecho de la crisis, ampliar la brecha con los más pobres y aumentar así su hegemonía, los movimientos sociales han ido construyendo en paralelo los cimientos de una democracia por venir más justa, transparente, solidaria y participativa. No son pocos los logros que se han alcanzado ya. Para empezar, se ha reactivado el atrofiado tejido asociativo, se ha fortalecido la musculatura del activismo y se han creado palpitantes redes de colaboración y comunicación afectivas y efectivas tanto en la lucha social como en la construcción de alternativas a la economía de mercado, a la sociedad mercantilizada y a la política convencional. Se ha creado un mundo aparte que está afectando a la realidad que ocupa el centro, incluso aunque la periferia tenga vocación de mantenerse fuera. Están tomando cuerpo las palabras del profesor de Ciencia Política, Carlos Taibo, en su reciente ensayo Repensar la anarquía: “Defiendo la idea de que la construcción de espacios de autonomía en los que procedamos a aplicar reglas del juego diferentes de las que se nos imponen, debe ser la tarea prioritaria para cualquier movimiento que se pongas manos a la obra a la tarea de contestar al capitalismo (...) lejos, claro, de cualquier designio de competir con el sistema”.

Por otro lado, se ha colocado en el centro del tablero y en la agenda de los partidos el debate sobre la regeneración del sistema, la reforma constitucional e incluso un proceso constituyente que ayude a construir un nuevo modelo de país y de sociedad. No es un cambio menor, es una transformación radical del pensamiento hegemónico. Recordemos que en 2011 la invitación a “reiniciar el sistema” que hizo el 15M fue tan ignorada como el resto de sus reivindicaciones. Parecía una enmienda a la totalidad tan exagerada como inviable. Hoy, sin embargo, se ha convertido en el meollo de la madeja que los políticos tratan de desentrañar para recuperar el favor perdido del público. Sin ir más lejos, este libro es un manual de sugerentes ideas económicas, sociales, legales y jurídicas para dar forma a esa metamorfosis.

Hoy la transformación de un sistema de cucarachas en una democracia humanista se ve al alcance de la mano y es de urgente necesidad. Pero hace tan solo cuatro años, la mera idea de tocar la Constitución era un tabú, un anatema innombrable, salvo si lo ordenaba la Europa de los mercados, claro, en cuyo caso se hacía una excepción como ocurrió en agosto de 2010 cuando PSOE y PP reformaron el artículo 135 para limitar el gasto social. Hoy, sin embargo, el nuevo líder de los socialistas, Pedro Sánchez, pide perdón por aquella reforma que tuvo efectos desastrosos en nuestros servicios sociales y para recuperar votantes se ha visto obligado a prometer que dará marcha atrás a la decisión que tomaron sus antecesores Zapatero y Rubalcaba con el apoyo de Rajoy. Hoy ni el PP más inmovilista y conservador consigue escapar del debate sobre la necesidad de hacerle la cirugía a nuestro sistema constitucional. No tiene intención de hacerle más que unos retoques banales y cosméticos, no nos engañemos, pero es una muestra de cómo van cediendo a las demandas ciudadanas. El trabajo de todos estos años está dando sus frutos. Se han reformulado las reglas del juego y están cambiando las posiciones de las fichas en el tablero. Están retrocediendo quienes tienen las cartas marcadas y lo tienen más difícil los que intentan amañar la partida.

En toda la democracia, no se habían sentido nuestros dirigentes tan observados, juzgados, analizados y cuestionados. La transparencia, la lucha contra la corrupción y el control de las instituciones han pasado al primer plano de la escena y quienes actúan por detrás de las cámaras acaban siendo atrapados por el ojo público. Gracias a las redes, el buen periodismo y la constante presión social, gracias a iniciativas ciudadanas y organizaciones de transparencia como Quehacenlosdiputados.net, Tuderechoasaber.es, Grabatupleno.com, Fundación Ciudadana Civio o Access Info Europe, entre otras, se ha conseguido colocar al poder bajo el foco y hacerle una auditoría cada vez más completa, una radiografía de las entrañas mucho más nítida, una disección entomológica del comportamiento de nuestros representantes. Ha habido un cambio sustancial de roles, un nuevo reparto de cartas. Los vigilantes se sienten más vigilados. Ahora saben que cualquier equivocación puede pasarles factura, desgastar su imagen, minar su credibilidad, obligarles a pedir perdón, incluso provocar su dimisión. Lo nunca visto. Como dice 15MPaRato, #laciudadaníalohizo.

Hay que remarcarlo. El desafecto hacia los políticos no es desafección hacia la política, al contrario, es una preocupación mucho mayor por los asuntos de Estado. El rechazo hacia las élites no es solo el resultado de su mal comportamiento, es también consecuencia del buen hacer de los movimientos sociales y su influencia sobre jueces, periodistas y ciudadanos. Y los efectos son notables e inéditos. Parafraseando el memorable parlamento final de Blade Runner de Ridley Scott, hemos visto cosas que no creeríamos. Hemos visto entrar en prisión a personajes hasta ahora intocables como los caciques del PP, Jaume Matas y Carlos Fabra. Al primero, el gobierno le sacó por la puerta de atrás y de nuevo la movilización social y la acción de un juez independiente, le volvieron a encerrar. Al segundo sus peticiones de indulto no le valieron de nada frente al clamor popular. También hemos visto en el banquillo de los acusados a los gestores que provocaron el hundimiento de Bankia, Rodrigo Rato y Miguel Blesa. Cuando se escriben estas líneas, el ex ministro de economía de Aznar sigue libre pero un informe del Banco de España ha certificado su responsabilidad en delitos que podrían llevarle a la cárcel. Por su parte, Blesa fue excarcelado y en un proceso vergonzante en el que se presentó como víctima, consiguió inhabilitar al juez que se había atrevido a encerrarle, Elpidio José Silva. Es cierto que la presión social aún no logra evitar la acción de las manos negras que conspiran en las sombras para apartar o eliminar a jueces incómodos como Ruz o el coautor de este libro Baltasar Garzón, pero ahora estas maniobras orquestales en la oscuridad terminan saliendo a la luz pública gracias a la demanda ciudadana de información y acabará cobrándose su deuda electoral como ya presagian las encuestas.

Hemos visto, además, cómo se rompía en pedazos la cúpula de silencio que blindaba a la Casa Real. Hemos visto al yerno y a la hija del rey Juan Carlos camino de los juzgados por presuntos delitos de corrupción. Vemos también, es cierto, cómo el gobierno y Zarzuela mueven los hilos de sus marionetas dentro de la Justicia para trata de exculpar a la infanta Cristina y cargarle toda la responsabilidad a su esposo, pero es público y notorio, no pasa desapercibido, no pueden esconderlo. Hemos visto incluso al antiguo monarca pedir perdón al pueblo por sus tropiezos y cacerías y abdicar porque sus negocios, amistades entrañables y escasa ejemplaridad hacían insostenible la Corona sobre sus hombros. Hemos visto cómo su sucesor ha tenido que empezar su reinado limpiando el palacio de sospechas, reduciendo sueldos de la familia, prometiendo transparencia y renunciado a privilegios. Aunque el bipartidismo facilitó su entronización por la vía rápida y sin muchos sobresaltos (convenientemente censurados por los medios del régimen y reprimidos por la policía), Felipe VI sabe que la monarquía está en tela de juicio y que ha de ser intachable si la quiere conservar. Una consecuencia más del cambio en las reglas del juego.

Se ha invertido el ciclo. Ahora es el poder el que tiene que reaccionar en respuesta a la acción ciudadana. Hemos visto a los partidos asumir responsabilidades que nunca habían asumido. Muy a su pesar y con enorme resistencia en muchos casos, pero por primera vez hemos visto a presidentes de gobierno, de comunidad, de partido, pidiendo perdón por sus errores, por sus malas decisiones, por nombrar a corruptos para puestos de responsabilidad y dejarles robar sin hacer nada. Por primera vez hemos visto expulsiones masivas de miembros implicados en casos de corrupción. Por primera vez hemos visto dimisiones. Ha dimitido incluso una ministra, la ministra de Sanidad, Ana Mato, por haberse beneficiado del dinero ilegal de la Gürtel. Podrían hacer mucho más. Podrían dimitir muchos más. Podrían asumir sus responsabilidades por los papeles de Bárcenas o los ERES. En otros países habrían caído gobiernos por casos como estos. En España aún no. Pero también es verdad que cada día estamos más cerca de que esto se produzca. Cada día les resulta más complicado y trabajoso escurrir el bulto ante el público y los jueces. España ya no es ese país en el que nunca pasa nada, en el que a los corruptos nunca les pasa nada. Pasan cosas todos los días, a todas horas, en todas partes. Y van a pasar muchas más. 

No hay más que mirar alrededor para darse cuenta de que el cambio es inminente e inevitable. Las demandas sociales de estos años han contaminado hasta el discurso de los partidos. Ahora todos se apresuran a incluir en sus agendas medidas contra la corrupción, reformas fiscales, normas de transparencia, obstáculos a las puertas giratorias. Se debaten incluso ideas que ya propuso el 15M como la auditoría de la deuda, la renta básica o la reducción de la jornada laboral para repartir mejor el trabajo. El Estado de las autonomías se resquebraja por Cataluña donde se ha desatado un proceso soberanista que es también un movimiento de refundación democrática. El municipalismo ha recobrado la vida con opciones como Guanyem o Ganemos. Les ha costado pero IU y PSOE han iniciado el relevo generacional que la coyuntura reformista precisa, aunque los nuevos líderes aún tendrán que demostrar si son algo más que una cara joven y son capaces de limpiar las malas hierbas del pasado y propiciar la transformación del país. También en partidos llamémosles centristas (pues no es muy clara su adscripción) como UPyD y Ciutadans buscan alianzas renovadoras. Y por supuesto, ha habido un ciclón llamado Podemos que ha canalizado el torrente de la movilización social, ha forzado al resto de partidos a reaccionar y se ha llevado todas las certezas por delante. Son señales inequívocas de fin de ciclo y nueva era. Se han abierto tantos frentes y tantas grietas en la pared, que el edificio de la Transición se tambalea y no queda más remedio que rehabilitarlo o construir uno nuevo. He ahí el dilema, he ahí la cuestión. Pero, en cualquier caso, hay que evitar que limpien solo la fachada y nos vendan una operación meramente cosmética como si fuera una casa nueva. 

La transformación social iniciada en 2011 está empezando a cristalizar en resultados palpables, innegables. Han hecho falta muchas pruebas y errores, experimentos fallidos, frustraciones y fracasos, obstáculos en el camino y callejones sin salida que había recorrer, para llegar a la conclusión de que la única manera de recuperar el poder para el pueblo es ir a tomarlo donde se encuentra el poder. Ha sido un cambio de mentalidad paulatino. Aquel 15M que surgió de espaldas al Parlamento, se ha ido acercando a lo largo de estos años. Primero rodeó el Congreso, después propuso su asalto simbólico ante la sordera de sus inquilinos y finalmente ha encontrado la vía de entrada que ya no pueden deslegitimar: las urnas. El éxito de Podemos fue hacer el diagnóstico de la situación en el momento justo y crear el tratamiento para dar respuesta a esta mutación del virus. El proceso nacido en los márgenes y en las grietas del sistema ha acabado filtrándose hasta el corazón de las instituciones y ahora aspira incluso a tomarlas. Lo resume magistral, poéticamente, Belén Gopegui en su inspiradora última novela El comité de la noche: “La solución era pues mutar, dijo, mutar, que es una forma de irse habiéndose quedado. ¿Y cómo hacerlo? De nuevo imaginamos cómo sería no derribar los cimientos sino empezar a construir otro mundo aquí, a la vista de todos aunque, obviamente, con prudencia y astucia cuando hiciera falta. Una especie de escondite inglés en el que vas moviéndote aunque parece que no te mueves y, por fin, cuando el adversario se da la vuelta, resulta que tú has llegado”. Estamos mutando y estamos llegando. Cada vez más rápido, cada vez más cerca de la meta.

Los acontecimientos se suceden en cascada, con ansiedad, con vértigo. Dice la Segunda Ley de Newton que la aceleración de un cuerpo es directamente proporcional a la fuerza que se ejerce sobre él. Pues bien, sobre nosotros se ha aplicado tanta fuerza que ahora el cambio social avanza como un meteorito que se dirige veloz e imparable hacia el núcleo del sistema para reventarlo. Es el fin del mundo tal como lo conocemos, como cantaba REM. Es una oportunidad única de crear uno nuevo a nuestra medida.

3. CREACIÓN: UN HORIZONTE A LA MEDIDA DE LAS PERSONAS.

Tercera Ley de Newton: Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria.

Empecé diciendo que el 15M no tuvo efecto en las urnas porque no estaba España preparada para un cambio tan radical como el que proponían los indignados. Tampoco la indignación aspiraba entonces a gobernar. Antes había que recuperar la calle, la plaza pública y la palabra, teníamos que retomar la política, restaurar los lazos y los abrazos, recomponer la comunidad y recomponernos como sociedad. Teníamos que recuperarnos a nosotros mismos para ir a por ellos. Todo proceso lleva su tiempo, toda conquista, su preparación, todo asalto, su entrenamiento. Por eso era necesario que primero hubiera una reacción indignada y después una acción ciudadana para llegar a donde estamos hoy. Ha sido necesario pasar por este, a menudo exasperante, calvario para llegar a un territorio en el que, al menos, hay expectativa. No habríamos llegado hasta aquí sin pasar por allí. En aquel entonces, las ideas que latían en Reacciona palpitaban también en la calle pero el flujo sanguíneo no llegaba al cerebro del organismo. Pero hoy las propuestas que hacen los autores de Reaccionados tienen una oportunidad de ponerse en práctica. Como decía José Luis Sampedro en su prólogo al primer libro, citado por Lourdes Lucía en estas páginas, podemos transformar el ocaso en ocasión.

Podemos sentarnos en la ventana a ver cómo el ocaso se transforma en noche una vez más o podemos abrir la ventana, saltar fuera y adelantarnos a buscar un nuevo día. La buena noticia es que ahora sí tenemos las dos posibilidades. Antes solo veíamos una. El éxito del sistema se basa en convencernos de que no hay más universo que el sistema. Por supuesto, nos vende, de forma muy convincente y atractiva, la maravillosa sensación de que disfrutamos de un abanico ilimitado de posibilidades, pero no son más que ofertas en las que nosotros somos el producto en venta. Así actúa la hegemonía, consigue que creamos que no hay más salida que la que nos ofrece, que no hay más realidad que la suya, que no hay forma más correcta de pensar que el pensamiento único, que no hay más universo que el que ves. Reduce nuestra capacidad de imaginar otros mundos posibles. Acaba con nuestra capacidad para imaginar.

El sistema bipartidista en España, convenientemente sustentado por la oligarquía,  consiguió convencernos de que no había más opciones políticas que las dos mayoritarias. Durante casi 40 años hemos asistido impasibles, inertes y aburridos a un partido de tenis en el que la pelota iba de un lado a otro cada cita electoral. El gran cambio que se ha producido en estos años es que ahora podemos imaginar otros escenarios. Podemos imaginar, hemos vuelto a hacerlo. Volvemos a ser capaces de visualizar otras opciones, otra forma de vida, una sociedad distinta, en circunstancias mejores. Ahora somos capaces de pensar otro país. Ya lo repetía Sampedro, de nuevo esencial: “otro mundo no solo es posible, es inevitable”. De nosotros depende intentar hacerlo mejor, a nuestra medida, no a la medida inabarcable, incomprensible, abrumadora de los abstractos e intangibles mercados. Seamos también realistas. El horizonte aplastante del capital va a seguir ahí pero las sociedades pueden darse la vuelta en dirección al horizonte opuesto. Ya hay gente que lo ha hecho. Sí se puede. Se puede intuir, ver incluso, aunque tenga aún los contornos borrosos, un horizonte a la medida de las personas. Se está difuminando la palabra “imposible”. ¿No notas que empieza a diluirse esa imposibilidad absoluta?, se pregunta Rosa María Artal en su capítulo. Lo notamos. Ahora hemos abierto la ventana y hemos visto que ahí fuera hay un horizonte de posibilidades.

Y ha sucedido gracias al soplo incansable de quienes no han perdido el aliento. En estos cuatro años de periodo electoral, el torbellino que nos arrastró el 15M y que después se convirtió en brisa que se colaba por las rendijas del sistema, se ha ido acumulando dentro hasta generar una bolsa de aire tan incontenible que ha abierto la ventana de golpe. Tuvo que venir Podemos, justo es reconocerlo, para desatrancar los postigos y dejar que el viento salga como un huracán por esa “ventana de oportunidad”. La ventana está ahora abierta. Lo estará durante 2015, año electoral en todos los ámbitos: municipal, autonómico y estatal. Lo dicen las encuestas y se palpa en la calle y en el miedo de las élites: ahora sí hay una posibilidad muy real y cercana de que la transformación social se convierta en transformación política, de que esta larga marcha ciudadana a la que se ha ido sumando caminantes, llegue finalmente a las instituciones, a los centros de poder, al gobierno. Toda acción experimenta una reacción igual y contrario, dice el principio newtoniano. Creían que no iba a suceder pero la fuerza que aplicaron contra nosotros se les ha vuelto en contra. Los que nos echaron fuera, ahora nos tienen encima.

La gente se ha cansado de perder siempre y ha decidido que puede ganar alguna vez. Se lo ha imaginado. Incluso lo ha nombrado. Y recordemos que la política no se toma por las armas, se toma por la palabra. Así que no es asunto menor que el nombre elegido por las plataformas ciudadanas a las alcaldías sea precisamente Ganemos. Es un imperativo, una emergencia social. Hay que ganar. Lo decía Ada Colau, cabeza de lista de esa iniciativa en Cataluña, Guanyem, en un artículo en  Público de título muy significativo,  Concretar la revolución democrática: “Si queremos transformar la realidad y democratizar nuestras instituciones, tenemos que ganar elecciones”. El lenguaje construye la realidad y la realidad es que los movimientos sociales han perdido el miedo a pronunciar la palabra “ganar”. Es verbo competitivo y la lucha social, cooperativa, pero para construir una sociedad que colabore en lugar de competir, hay que jugar con sus reglas para cambiarlas una vez que se haya conseguido derrotarles.

Aunque no basta. Como me decía el profesor de políticas Víctor Rocafort: “no se trata de ganar sino de ganar bien”. Ganar no es el fin sino solo el medio. Parafraseando a Unamuno cuando se enfrentó al ¡viva la muerte! de los fascistas, no basta con vencer, hay que convencer. Vencer para repartir, para redistribuir, para depurar, para construir, para cuidar, para generar una sociedad más igualitaria, justa, libre y formada. Ganar para devolverle el poder a la gente. “Es difícil imaginar que ninguna persona demócrata, solidaria y consecuente, pueda conformarse con menos”, escribe Angels Martínez i Castells en estas páginas. No nos conformamos con menos y aspiramos a más. Aunque sepamos que esa música suena tan bien que parece imposible que podamos tocarla. Pero tampoco el horizonte se alcanza nunca. Simplemente, nos marca el camino, que no es poco. 

Eso es la revolución, ni más ni tampoco menos, como explica el gurú de la desobediencia civil, Howard Zinn, en su autobiografía You Can’t Be Neutral on a Moving Train: “El cambio revolucionario no llega como un cataclismo (¡cuidado con tales momentos!), sino como una sucesión interminable de sorpresas, caminando de manera zigzagueante hacia una sociedad más decente. Si la gente se diese cuenta de que el cambio se produce por la suma de millones de pequeñas acciones aparentemente insignificantes, estoy seguro de que no dudarían en llevarlas a cabo”. En nuestro país, aún hay muchos que lo dudan, que no quieren giros drásticos, que tienen miedo o franco rechazo. Pero parece que son cada vez menos los que no quieren giro ninguno y cada vez más los que quieren protagonizar la transformación. De esa incertidumbre habla Juan Torres en su capítulo: “Solo el futuro nos dirá si las turbulencias que presagian las encuestas, los resultados electorales recientes y la indignación que se percibe claramente en el semblante de las gentes normales y corrientes se siguen traduciendo en silencios legitimadores o en una respuesta diferente que les haga frente”. En efecto, el futuro no está escrito. Podemos dejar que otros cojan la pluma para que escriban nuestras vidas o tratar de ser de una vez por todas nuestros propios autores. Es hora de crear nuestro relato común.

De la indignación se pasó a la reacción, de la reacción a la acción, ahora la acción debe dar paso a la creación. Ya no se trata solo de cambiar lo que hay sino de crear lo que no hay. Generar una nueva realidad, nuevos paradigmas, otras formas de ver y entender. Una nueva forma de mirar genera la posibilidad de cambiar lo que miramos. Si somos capaces de imaginar otra trama, empezaremos a escribirla. Nos arrancarán páginas, nos racionarán la tinta y tratarán de que se tuerzan nuestros renglones pero no nos hurtemos también nosotros la posibilidad de imaginar otros horizontes mejores. Ya nos han tapado demasiados paisajes con sus moles y sus grúas. No lo hagamos nosotros. Como escribe Michel Onfray en Política del rebelde: “El hombre muere menos en un campo de concentración que dedicando su tiempo a ahogar las perspectivas innovadoras”. Tampoco podemos seguir escudándonos en quienes ahogan esas perspectivas o en quienes no se suman. La resignación no puede ser el camino, dice la protagonista de la novela de Gopegui de la que les hablaba. No es tiempo de lamentaciones sino de acciones y lo que ahora toca es aprovechar esa ventana de oportunidad que se ha abierto.

La intentarán cerrar a toda costa y dejar al viento fuera. Por eso no hay tiempo que perder sino alianzas que forjar y fuerzas que agregar. Hay que dejar a un lado los egoísmos personales, las ambiciones partidistas, los orgullos, rencillas, rencores y resquemores privados, para pensar en lo común, para saltar dentro con el mayor número de gente, porque si no entramos ahora, a lo mejor no podemos volver a hacerlo hasta que se vuelvan a reventar los cristales. Y a quienes dicen que no se puede, les recordaré la frase de la anarquista Emma Goldman: “Solo se muere una vez pero una es capaz de vivir muchas vidas en una sola”. Solo tenemos una vida, es hora de tomarla entre las manos. Es la hora.

Todos los autores de este libro coinciden en señalar que ha llegado el momento. “No es fácil, nunca lo ha sido, pero hay momentos en la historia en los que por razones muy diversas el cambio es posible”, escribe Lourdes Lucía. “Las últimas consecuencias de aquella reacción aún están por llegar”, añade Ignacio Escolar. Y les responde Federico Mayor Zaragoza con unos alentadores versos de Ángel Valente: “Os escribo desde un naufragio… / por lo que hemos destruido/ ante todo en nosotros... / … pero os escribo también desde la vida,/ os escribo de un mundo venidero”. Decía otro Ángel poeta, González de apellido, que al porvenir lo llaman así porque nunca llega. No esperemos a que venga. Vayamos a por él. Vayamos hacia el horizonte con ojos que miran como por primera vez. Es lo que nos pedía César Vallejo en los versos que cierran el agónico poemario sobre la guerra civil española con el que he abierto este epílogo: “Si España cae –digo, es un decir- / salid niños del mundo; id a buscarla”. 

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21 de marzo de 2015 - 19:46 h

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