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La vida más allá de las noticias

Olea, momentos después de nacer en el hospital Clínico San Carlos de Madrid. Fabiola, su madre, espera que el equipo médico termine de limpiarla para ponerla de nuevo sobre su pecho.

Olmo Calvo

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La cuarta y última fotografía que he seleccionado no es una imagen que haya publicado. Tampoco la hice por encargo. Es un recuerdo familiar, el nacimiento de Olea, nuestra segunda hija. Un reconocimiento de lo cotidiano. De la vida más allá de las noticias. Creo que no hay nada más común y a la vez extraordinario que un parto. Es algo que nos iguala a todos. Como la muerte. Todos nacemos y morimos. Probablemente sea la foto más importante que he hecho durante los primeros seis meses del año. Y no sólo porque sea mi hija, sino porque representa la vida. Fabiola, mi compañera, dando a luz a Olea mientras dos matronas y una auxiliar de enfermería la asisten. Cinco mujeres en una habitación. Meses de esfuerzo de Fabiola que culminan con un pequeño llanto que inunda la sala y nos dibuja una amplia sonrisa empapada de lágrimas. 

Las primeras fotos que hice durante un parto fueron en 2013. En 2012 me dieron el Premio Internacional Luis Valtueña de Fotografía Humanitaria que, entre otras cosas, implicaba hacer un reportaje de alguno de los proyectos de la ONG Médicos del Mundo, organizadora del concurso. El que más me llamó la atención era el que estaban desarrollando en Bolivia para disminuir la alta mortalidad materno infantil que había en el país. Para ello ayudaban a construir salas con adecuación cultural en el Hospital Boliviano Español de Patacamaya, y fomentaban el trabajo conjunto de médicos y parteras. Allí, gracias al equipo de la ONG, de los trabajadores y, por supuesto, de las mujeres embarazadas que me permitieron documentar sus vidas, hice fotos en muchos partos. Algunos fueron en las salas con adecuación cultural, otros en paritorios y uno, que fue por cesárea, en un quirófano.

Después de aquel trabajo no volví a fotografiar un parto hasta el año 2020, cuando nació Iria, nuestra primera hija. Estábamos en plena pandemia de la COVID-19 y, junto a Fabiola, estuvimos haciendo un reportaje sobre su embarazo durante el confinamiento. Se llamó 'Esperando a Iria' y lo hicimos dentro del proyecto Covid Photo Diaries. Desde el 17 de marzo hasta el 27 de mayo estuvimos publicando en Instagram una foto diaria. La última fue del parto, aunque días después lo completamos con un autorretrato de los tres juntos. Ese 27 de mayo intenté fotografiar el nacimiento de mi hija lo mejor posible, pero no fue fácil. Primero por la pandemia y después porque se trataba de una situación en la que debía estar, quería estar. Mientras estrechaba la mano de Fabiola con cada contracción, mientras le daba ánimos y veía como poco a poco asomaba la pequeña cabeza de Iria, tenía que pensar dónde colocarme para molestar lo menos posible y poder hacer las fotos.

Tres años después volvimos al Hospital Clínico San Carlos, quizá a la misma sala de dilatación que en 2020, para el nacimiento de Olea. Allí hice la foto que os presento hoy.

El 10 de junio hacía ya siete días que Fabiola había salido de cuentas y en cualquier momento podía ponerse de parto. Yo, entre otras cosas, trataba de llevar la cámara siempre conmigo. No quería perder la oportunidad de hacer unas buenas fotos del nacimiento de mi segunda hija. Ese día lucía el sol y, al atardecer, decidimos ir a pasear por el centro de Madrid. Estábamos esperando el autobús cuando Fabiola sintió un líquido bajando por su pierna. En ese momento ella se fue directamente al hospital y yo regresé a casa con Iria. Poco después Fabiola me llamó: se había roto la bolsa y se quedaba ingresada. Preparé todo y llevé a nuestra hija con mi suegra. Después, de nuevo en casa, cogí la mochila que teníamos preparada y seleccioné el material fotográfico que me iba a llevar: un cuerpo de cámara con un único objetivo, un 35 mm f1.8, varias baterías con su cargador y tres tarjetas de memoria.

Una vez en el hospital, junto a Fabiola, y sabiendo que todo iba bien, me puse a caminar por la habitación. Lo que más me llamó la atención fue un gran cartel donde se prohibía grabar audios, vídeos o hacer fotografías sin permiso. Aún no sabría si podría hacer fotos, pero, obviamente, no era lo más importante.

Durante las primeras horas estuvimos despiertos, las contracciones provocadas por la oxitocina eran constantes. De madrugada Fabiola pidió que le administraran anestesia epidural y poco después pudimos dormir algunas horas. Ya por la mañana las trabajadoras de ese turno nos despertaron. Fue entonces cuando les comenté mi deseo de hacer fotos durante el nacimiento de mi hija. Me dijeron que sí, estaban todas de acuerdo.

Fabiola aún tenía que dilatar varios centímetros, por lo que salí del hospital a tomar un café. No me dio tiempo casi a terminarlo cuando me llamó. Todo había ido más rápido de lo esperado. En breve comenzaría a empujar. Regresé inmediatamente. Me coloqué junto a ella y le cogí la mano. Fueron alrededor de 45 minutos. Cuando Olea empezó a asomar la cabeza yo fui a coger mi cámara intentando no estorbar. Me coloqué en el que creía que era el mejor lugar. Fabiola se había puesto de lado y agarraba la estructura de la cama y una de sus piernas para hacer más fuerza. Después de hacer un par de fotos me di cuenta de que me había equivocado de sitio. Tenía una gran ventana de fondo, y cuando nuestra hija saliese, la pondrían inmediatamente sobre Fabiola. Desde donde estaba no podría fotografiarlo.

La habitación era lo suficientemente espaciosa para atender un parto, pero no para que un fotógrafo estuviese moviéndose por ella buscando el mejor encuadre. Esperé y, en un instante, me cambié de ubicación con el permiso del equipo médico. Ahora sí. Ajusté el ISO, el diafragma y la velocidad y disparé en ráfaga. Momentos después Olea nació y una de las matronas la colocó inmediatamente sobre el pecho de Fabiola. Madre e hija se fundieron en un mismo llanto. Yo también lloraba mientras seguía haciendo fotos.

En un momento la enfermera y la otra matrona levantaron a Olea para limpiarla. Yo di un par de pasos rápidos hacia el cabecero de la cama, encuadré y CLIC… hice la foto que podéis ver hoy. Después dejé la cámara para besar a Fabiola y ver de cerca a mi hija. Pero no penséis que ya no hice más fotos. Un poco más tarde fotografié a Olea comiendo por primera vez de los pechos de su madre y, al rato, cómo la pesaban y medían. Como decía al principio, imágenes comunes, pero a la vez extraordinarias. Que se repiten día y noche a lo largo de todo el mundo y que permiten que la vida siga. 

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