Dar “caza” a los ‘rojos’: el macabro juego a tiros de la extrema derecha en la Guerra Civil
Cazarlos, uno a uno y pam, pam. La represión golpista atiza al máximo cuando las tropas rebeldes avanzan hacia Madrid. En plena Guerra Civil, y ante la necesidad de asegurar la retaguardia, surgen grupos de voluntarios liderados por “señoritos” para buscar a civiles que huyen de la violencia fascista. Un ejemplo son los conocidos como “los caballistas de Osuna” y el macabro juego al que llamaron “la caza de las liebres”, es decir, de los ‘rojos’.
La arenga resuena en el campo, como los gritos y los disparos, con ecos presentes. Hoy un diputado español de extrema derecha pide “cazar” migrantes, neonazis atacan a activistas al grito de “rojos de mierda”, ultraderechistas atentan con artefactos explosivos en un acto de memoria democrática... Los delitos de odio crecen –con la cifra más alta de la serie histórica según el informe del Ministerio del Interior del Gobierno de España– a lomos del patrón de la violencia ultra.
La imagen evoca una romería siniestra: terratenientes a caballo, con pistolas y fusiles en ristre, engalanados con trajes cortos, botas camperas y sombreros de ala ancha. El pasatiempo consiste en buscar huidos por el campo, hacerlos correr hasta la extenuación y acorralarlos, como a una presa, hasta darles un final a tiros. Los ‘pagaos’ del pueblo hacían las veces de enterradores.
“Eran grupos de voluntarios, civiles, formados principalmente por señoritos y sus personas de confianza, que se ponen al servicio de los militares para asegurar la retaguardia una vez las tropas abandonan terreno en dirección a Madrid”, explica Leandro Álvarez Rey, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla (US). “Una actuación que tiene mucho de sadismo, porque se desplegaban a campo abierto para ir cazando a gente que escapaba ante las noticias de los crímenes que –los golpistas– hacían tras ocupar estos pueblos”, prosigue.
La “actualidad” de cazar ‘rojos’
Tras “cazarlos, pescarlos, uno a uno” y luego “pam, pam” –parafraseando al parlamentario de Vox José María Figaredo–, “a unos los entregaban a las autoridades y a otros los llevaban al cementerio y allí decidían el futuro de esa persona entre risas y casi como un momento distendido”, cuenta. Después de la montería humana, algunas de aquellas “liebres” serían arrojadas a la fosa mejor documentada de Sevilla con el proyecto Osuna Recuerda que coordina la catedrática de la US Oliva Rodríguez.
El caso ocurre además en una zona sin guerra. “Sorprende esa crueldad, de ir cazando a gente que escapa de sus pueblos por temor a represalias, conducidas como liebres hasta el cementerio… y en localidades donde no hubo represión contra gente de derechas”, sintetiza Álvarez Rey. Los protagonistas de los crímenes, sin embargo, tienen rostro en “los terratenientes y la oligarquía local” que, apunta el historiador, “posiblemente se sentían afectados por las medidas de carácter social y laboral que habían adoptado la República en los años anteriores”.
Si alguien pone contexto a la represión fascista es Paul Preston en su obra El holocausto español. “Me parece perfecto al proyectar la actualidad del libro”, comenta el hispanista, en conversación con elDiario.es Andalucía, sobre el vínculo con el presente. Como la unión entre los avances de la democracia republicana, la indignación de los terratenientes “ante la evidencia de que el servilismo campesino tocaba a su fin” y cómo “la derecha dirigía la violencia contra aquellos de quien esperaba sumisión”.
El “amargo conflicto” tiene el escenario más caliente “en la Andalucía y la Extremadura rurales”. Con el golpe de Estado “los caciques locales se encargaban de seleccionar a las víctimas entre los republicanos, los sindicalistas o aquellos que simplemente les habían faltado al respeto”. Solo en suelo andaluz hay un tercio de las desapariciones forzadas de España con 50.000 asesinados y 900 fosas comunes.
El genocidio en Andalucía
La masacre genocida en Andalucía la lidera el militar golpista Queipo de Llano. Y la cacería humana de los adinerados jinetes de Osuna “no fue un hecho aislado”, tercia José María García Márquez. El historiador cita otras cuadrillas de extrema derecha como “la Policía Montada que dirigió el comandante Alfredo Erquicia” en Sevilla, conocidos como Los Paja, con “dos escuadrones de 80 caballos cada uno”. O en Córdoba “el grupo del rejoneador Antonio Cañero” y la columna de “fusileros montados” en Huelva, “la mayoría de ellos eran rocieros”, subraya, que dirigió el teniente de la Guardia Civil Antonio Morillo.
“Todos hicieron lo mismo, buscar huidos y detenerlos o matarlos directamente”, ratifica. “El sur, como otras zonas del país, Canarias, Aragón, Galicia, fue especialmente represaliada porque durante más tiempo fue retaguardia de los golpistas y siempre se aseguraron de que no tendrían contestación interna”, continúa. “Es una táctica y lógica militar tan vieja como los ejércitos y si además le sumas un psicópata como Queipo de Llano, el resultado es demoledor”, remata.
La violencia institucionalizada estalla en la zona rebelde sureña porque “la población andaluza simpatizaba mayoritariamente con los republicanos, los socialistas y los anarcosindicalistas”, resume Paul Preston. “Había por tanto que incrementar la represión para evitar revueltas cuando las columnas avanzasen hacia el norte”, enlaza, “había que matar a los prisioneros”.
“Los caciques y el Ejército podían contar con la ayuda de un numeroso grupo social” para las “actividades represivas”. “Los ricos proporcionaban dinero y armas, y no faltaban voluntarios para hacer el trabajo sucio”, en palabras del hispanista. El plan conformaba “un conjunto heterogéneo, entre los que denunciaban a sus vecinos y los que salían en busca de izquierdistas para asesinar, violar, torturar e interrogar”. Es decir, a señalar y cazar ‘rojos’, uno a uno y pam, pam.
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