Este barco del siglo XVII hundido en la costa gaditana fue hallado en 2011 y ahora se han analizado 400 de sus piezas

El buque original pudo alcanzar los 50 metros de eslora, a juzgar por el tamaño y la apretada disposición de sus piezas de roble

Alberto Gómez

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Descubierto accidentalmente en 2011 durante las obras de ampliación de la terminal de contenedores del puerto de Cádiz, el pecio Delta I se ha convertido en una ventana privilegiada al pasado marítimo del siglo XVII. Este galeón militar español, que permaneció oculto bajo el lodo marino durante más de tres siglos, representa uno de los hallazgos arqueológicos subacuáticos más relevantes de la última década en la costa gaditana. Tras años de protección in situ, los restos fueron finalmente extraídos en 2024 para someterse a un estudio científico sin precedentes en España por su enorme complejidad técnica.

La Consejería de Cultura y Deporte, a través del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, ha liderado este ambicioso proyecto de recuperación y análisis exhaustivo de sus piezas. De hecho, las recientes investigaciones desarrolladas por el Centro de Arqueología Subacuática (CAS) han confirmado de manera fehaciente que el Delta I era un imponente navío de navegación oceánica. Su estructura robusta, diseñada para soportar las exigentes condiciones del Atlántico y transportar grandes cargamentos desde ultramar, revela una ingeniería naval avanzada para su época. Se estima que el buque original pudo alcanzar los 50 metros de eslora, a juzgar por el tamaño y la apretada disposición de sus piezas de roble. 

Este gran descubrimiento para los amantes de la arqueología permite categorizar con mayor precisión las etapas constructivas de las embarcaciones atlánticas que conectaban Europa con el Nuevo Mundo. La solidez del casco evidencia que fue concebido para largas travesías y para resistir embates de mares bravíos en rutas internacionales. Durante diez meses, una carpa instalada en el muelle 5 de Navantia sirvió como laboratorio para el desmontaje y la documentación de 400 piezas de madera del navío. Este proceso de alta precisión incluyó el uso de metodologías científicas de vanguardia, tales como el escaneado en 3D, la fotogrametría y la fotografía de alta resolución. Cada elemento estructural, algunos con un peso superior a los 1.800 kilogramos, fue analizado de forma individual para desentrañar sus secretos más íntimos. 

En el barco se hallaron objetos de navegación esenciales como un astrolabio, compases y una campana de bronce con una inscripción religiosa datada en 1671

Los investigadores del CAS han logrado así realizar un registro visual pormenorizado de la arquitectura interna del navío antes de que fuera devuelto al mar. Este trabajo permite no solo conservar digitalmente el barco, sino también entender cómo cada viga y tabla encajaba en un puzzle náutico monumental. El análisis técnico ha revelado que el Delta I seguía un sistema de construcción atlántica mixta, un proceso secuencial sumamente organizado en los astilleros del siglo XVII. La fabricación comenzaba con la quilla, la espina dorsal sobre la que se erigía toda la estructura, seguida por la colocación de las cuadernas maestras. Posteriormente se añadían las varengas, el forro exterior diseñado para facilitar el desagüe y los genoles flotantes, terminando con el revestimiento interior. Para garantizar la estanqueidad absoluta del buque, se empleó una mezcla de estopa de origen animal y vegetal, sellada con brea en las juntas de madera. El uso combinado de clavos de hierro y cabillas de madera demuestra una técnica de ensamblaje depurada que buscaba la máxima resistencia.

Uno de los hallazgos más fascinantes en la superficie de la madera ha sido la localización de numerosas marcas dejadas por maestros carpinteros de ribera. Estas señales, interpretadas como un sistema de control técnico para organizar la fabricación, humanizan la construcción del barco al mostrar la mano de obra especializada. Las marcas indican que el galeón fue producto de un trabajo altamente cualificado en un contexto de astillero industrializado y eficiente. La presencia de estas incisiones permite a los arqueólogos reconstruir la dimensión práctica de un saber tradicional que se transmitía de generación en generación. Estos artesanos no solo daban forma a la madera, sino que dejaban un rastro indeleble de su pericia técnica en cada pieza del armazón.

Pero el pecio no solo ofrece datos sobre arquitectura naval, sino que también abre una ventana a la vida cotidiana que se desarrollaba a bordo hace siglos. El descubrimiento de semillas de frutas perecederas como melón, sandía y uva ha resultado ser una pieza clave para entender la dieta de la tripulación. Estos restos orgánicos sugieren que el barco permaneció fondeado en el puerto de Cádiz un tiempo antes de su hundimiento, abasteciéndose de productos frescos. Además, se han hallado evidencias de entretenimiento, como marcas talladas para jugar al tres en raya o incisiones para el juego del cuchillo. Estos detalles revelan los momentos de ocio y espera de los marineros, aportando una perspectiva humana e integral de la historia.

El cargamento recuperado en campañas previas ya adelantaba la importancia militar y económica de este navío que transportaba abundantes riquezas americanas. Entre los restos se localizaron 27 cañones de hierro procedentes de Suecia y 22 lingotes de plata con marcas de las minas de Potosí y México. También se hallaron objetos de navegación esenciales como un astrolabio, compases y una campana de bronce con una inscripción religiosa datada en 1671. Otros elementos más personales, como suelas de zapatos de cuero y cerámica variada, completan el retrato de lo que una vez fue un galeón en plena actividad. Incluso se encontró madera de guayacán, muy apreciada por su resistencia y utilizada en la época para fines médicos.

Devuelto al mar

El enigma sobre el hundimiento del Delta I ha generado diversas hipótesis científicas, centradas principalmente en causas meteorológicas extremas de la época. Una de las teorías más plausibles vincula la pérdida del buque con el devastador tornado que asoló la ciudad de Cádiz el 15 de marzo de 1671. Este fenómeno, de una intensidad inusual para la península, destruyó un tercio de la ciudad y hundió cerca de 17 embarcaciones fondeadas en la bahía. La campana hallada en el pecio, que reza precisamente el año 1671, refuerza considerablemente esta línea de investigación histórica. No obstante, no se descarta que una borrasca tropical en 1672 pudiera ser también la responsable de su fatal destino. 

Concluido el análisis de sus piezas, el Delta I ha sido devuelto a las profundidades marinas en una operación técnica de éxito gracias a la colaboración institucional. Los restos descansan ahora en un depósito reversible y georreferenciado cerca de la Punta de San Felipe, protegido por estructuras de acero y geotextil. Esta medida garantiza su conservación a largo plazo en su medio natural, permitiendo que futuras generaciones de investigadores puedan volver a consultarlo. El conocimiento generado sienta las bases para entender mejor la construcción naval y la historia marítima global. 

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