El barrio de este pequeño pueblo castellano se llenó de fuentes y casas de ladrillo
Las calles estrechas y laberínticas del barrio del Albaicín, en la ciudad de Granada, son conocidas en el mundo entero tanto por su propia belleza como por las vistas espectaculares a La Alhambra que uno puede encontrarse en varias ocasiones. Se podría decir que nadie que visite Granada se va sin recorrerlas.
Sin embargo, a casi 500 kilómetros de la ciudad andaluza, hay otro barrio que lleva el mismo nombre y no por casualidad. Está en la localidad de Pastrana, al sur de la provincia de Guadalajara y el origen de su nombre, Albaicín, se remonta al año 1570, según las afirmaciones de algunos historiadores.
En torno a ese año, y a raíz del levantamiento de los moriscos y su dispersión por toda España, Ruy Gómez de Silva, Príncipe de Éboli, llevó hasta la localidad manchega a más de 1000 moriscos para trabajar en la reciente creada industria sedera y tapicera. Y la mayoría se instalaron en un barrio “nuevo” que, como en tantas otras ocasiones, adoptaría las costumbres y el estilo de vida de sus habitantes. E incluso el nombre respondía a esta llegada de ciudadanos, ya que la mayor parte de ellos procedían del granadino barrio del Albaicín.
Fuentes y calles empinadas
A raíz de la llegada morisca, el barrio también empezó a construirse con elementos que podrían recordar al barrio granadino, como las innumerables fuentes, las calles empinadas o las casas de ladrillo que se fueron levantando.
El barrio se instaló junto al único paso posible de entrada y salida de mercancías de la localidad, para que fuera fácil acceder al mercado. El Albaicín manchego era un barrio diseñado con un trazado cuadriculado y una calle principal, que adoptó en numerosas ocasiones un elemento vinculado a la cultura morisca como eran las fuentes.
A raíz de la fuerte producción de textil y tapices, se convirtió en todo un ejemplo de ensanche industrial urbanizado en el siglo XVI, combinando una función comercial y de vivienda, con casas levantadas por los propios moriscos, algunas de las cuales todavía se conservan.
Bajo la dirección del maestro tapicero Francisco Tons, el barrio se convirtió en un referente de la manufactura textil, produciendo algunos tapices que hoy se exhiben en museos europeos de renombre. Una parte de todo ese pasado se puede intuir al visitar esa pequeña localidad de apenas mil habitantes.
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