Tras ser demolido, los restos de este castillo, incluido un mítico cañón del siglo XVIII, aparecieron hace 20 años a raíz de unas obras

De unos tres metros de largo y dos mil kilogramos de peso, el mítico cañón fue fundido en los talleres sevillanos de Solano y trasladado a la isla

Alberto Gómez

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Bajo el bullicio cotidiano de la actual Plaza de España, en el centro de Santa Cruz de Tenerife, late un pasado militar que permaneció oculto durante casi ocho décadas. Fue en junio del año 2006 cuando, de forma totalmente inesperada, las obras de remodelación dirigidas por los arquitectos Herzog y de Meuron sacaron a la luz los antiguos cimientos de una fortaleza que marcó el destino de Canarias. El hallazgo de los muros perimetrales de este baluarte defensivo supuso un hito arqueológico sin precedentes para la capital tinerfeña, permitiendo recuperar un símbolo de identidad que se creía perdido para siempre. 

Hoy, esos restos de piedra se han integrado en una galería subterránea que invita a los ciudadanos a realizar un viaje en el tiempo bajo el asfalto. Este descubrimiento permitió que la historia del Castillo de San Cristóbal dejara de ser un simple recuerdo en los libros para convertirse de nuevo en una realidad tangible para el pueblo. El origen de esta emblemática edificación se remonta a la segunda mitad del siglo XVI, concretamente entre los años 1573 y 1575, bajo el mandato del gobernador Juan Álvarez de Fonseca. Su construcción respondió a la necesidad urgente de dotar a la bahía de Santa Cruz de un sistema defensivo eficaz frente a las constantes amenazas que llegaban desde el mar. Ubicado estratégicamente en la Caleta de Blas Díaz, el castillo se erigió como la fortaleza principal de la isla, financiado por el propio Cabildo y convertido en el núcleo del desarrollo urbano posterior. 

Con su planta cuadrada y sus característicos torreones en punta de diamante, el diseño militar reflejaba los avanzados criterios arquitectónicos de la época renacentista. Durante más de tres siglos, sus imponentes muros de piedra, que llegaban a medir hasta tres metros de espesor, protegieron incansablemente la costa tinerfeña. La relevancia histórica del Castillo de San Cristóbal se forjó en el fragor de la batalla, habiendo defendido el puerto y la ciudad en tres ocasiones memorables contra potentes armadas británicas. La primera de estas grandes victorias tuvo lugar en 1657, cuando los escasos habitantes del entonces pequeño puerto repelieron el ataque del almirante y corsario Robert Blake. Décadas más tarde, en 1706, la fortaleza volvió a demostrar su valía al enfrentarse a la escuadra de John Jennings, cuyos trece navíos no lograron doblegar la decidida defensa local. 

Durante más de tres siglos, sus imponentes muros de piedra, que llegaban a medir hasta tres metros de espesor, protegieron incansablemente la costa tinerfeña

Sin embargo, el episodio más trascendental y recordado por la tradición popular fue la gesta del 25 de julio de 1797. En aquella fecha, el castillo fue el epicentro de la resistencia contra el contralmirante Horatio Nelson, quien comandaba una escuadra de nueve buques de guerra. Estos triunfos militares consolidaron a Santa Cruz como una plaza inexpugnable y elevaron su estatus administrativo dentro del archipiélago canario. Aquella mítica jornada de julio de 1797 quedó grabada en la memoria colectiva gracias a la heroica defensa liderada por el teniente general Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana. Al mando de un puñado de soldados y de las Milicias Provinciales, las fuerzas locales lograron frustrar las aspiraciones británicas de tomar el control de la isla de Tenerife.

El combate fue feroz y propinó una derrota amarga para Nelson, quien no solo fracasó en su intento de invasión, sino que además resultó gravemente herido. La tradición popular, mantenida con fervor a lo largo de los siglos, vincula este acontecimiento con el impacto de un proyectil que arrebató el brazo derecho al almirante inglés. Aunque este detalle es difícil de demostrar con rigor histórico absoluto, el relato ha perdurado como una poderosa metáfora del valor del pueblo tinerfeño. La victoria transformó a la ciudad en un símbolo de resistencia y orgullo para toda la geografía de las Islas Canarias.

Una de las piezas más fascinantes que se conservan en la actualidad es el célebre cañón de bronce conocido popularmente como “El Tigre”, una joya de la artillería del siglo XVIII. Esta pieza, de unos tres metros de largo y dos mil kilogramos de peso, fue fundida en los prestigiosos talleres sevillanos de Solano y trasladada a la isla para su defensa. Según los relatos de la época, el cañón se encontraba ubicado en la batería de Santo Domingo, anexa al castillo, durante el ataque de Nelson. Se le atribuye el disparo decisivo que hirió al almirante británico, lo que lo ha convertido en un objeto de incalculable valor histórico y patriótico para Tenerife. Tras haber estado custodiado en el Museo Histórico Militar de Canarias, el cañón regresó en el año 2009 a su emplazamiento original bajo la Plaza de España.

A pesar de su glorioso pasado y de la solidez de sus sillares, el Castillo de San Cristóbal fue víctima del progreso urbanístico que experimentó la capital a principios del siglo XX. En el año 1928, las autoridades decidieron su demolición definitiva con el objetivo de despejar la entrada de la ciudad y permitir su expansión hacia el mar. La desaparición de la fortaleza principal dejó un vacío en el paisaje santacrucero, y el lugar que ocupaba fue cubierto para dar paso a la construcción de la actual Plaza de España. Durante décadas, la existencia del castillo quedó relegada al olvido, sobreviviendo únicamente en la memoria de los más ancianos y en el nombre de la céntrica calle Castillo. Los restos de sus muros permanecieron sepultados bajo toneladas de tierra y pavimento.

Descubrimiento inesperado

Sin embargo, el destino tenía reservada una sorpresa arqueológica cuando en 2006 se iniciaron las obras de remodelación de la plaza de España bajo el ambicioso proyecto de Herzog y de Meuron. Al excavar el terreno, los operarios toparon con los vestigios del muro perimetral y del baluarte nordeste, que se encontraban en un estado de conservación sorprendente. Ante la magnitud e importancia histórica de los restos hallados, el Cabildo de Tenerife decidió modificar el trazado arquitectónico original para proteger y poner en valor este recurso patrimonial. El descubrimiento generó una gran expectación entre los ciudadanos, que redescubrieron con asombro la fortaleza que una vez dominó la bahía. Estos muros, con más de siete metros de longitud, se convirtieron de inmediato en un testimonio vivo del pasado defensivo de Santa Cruz.

Para albergar y explicar estos restos, se creó el Centro de Interpretación Castillo de San Cristóbal, un espacio museístico subterráneo gestionado por el Organismo Autónomo de Museos y Centros. Este innovador museo permite a los visitantes recorrer una galería perfectamente acondicionada donde se exhiben las murallas originales integradas en la arquitectura moderna. A través de un recorrido audiovisual e histórico estructurado en cuatro bloques temáticos, el público puede conocer a fondo el sistema defensivo de toda la isla. El centro no solo se centra en San Cristóbal, sino que también ofrece información sobre otros castillos como San Juan, Paso Alto o el de San Felipe en el Puerto de la Cruz. El acceso es totalmente gratuito y el espacio cuenta con maquetas, paneles informativos y la sala especial donde descansa el legendario cañón “El Tigre”. Se trata de un enclave que ha recibido a miles de visitantes desde su inauguración oficial en el año 2008. 

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