Los grandes mamíferos del pasado no cayeron por el clima: la caza humana inclinó la balanza hasta hacerlos desaparecer

La revisión de centenares de estudios concluyó que la caza sostenida durante milenios eliminó más de un centenar de grandes mamíferos

Héctor Farrés

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Los grandes mamíferos del pasado habitaron casi todos los continentes. En las llanuras heladas del norte se movían mamuts cubiertos de un espeso pelaje, mientras los rinocerontes lanudos pastaban en extensas estepas que hoy permanecen bajo hielo. En América y Eurasia también vivían perezosos gigantes, tigres con colmillos de sable y aves incapaces de volar que alcanzaban alturas comparables a las de un hombre adulto. Estas especies formaban parte de un entramado ecológico que mantenía el equilibrio de los paisajes abiertos, ya que su alimentación y desplazamientos influían en la vegetación y en la fertilidad de los suelos.

Su desaparición, ocurrida hace entre 50.000 y 10.000 años, transformó de forma irreversible esos entornos. Las causas de aquella pérdida se han discutido durante generaciones, aunque las pruebas recientes apuntan a que no fue el clima quien las condenó, sino la expansión de los humanos hacia sus hábitats. Con ello se abrió uno de los episodios más amplios de extinción de fauna terrestre registrado en la historia del planeta.

Un análisis académico atribuyó las extinciones a la presión humana prolongada

El trabajo realizado por investigadores de la Universidad de Aarhus y publicado en Cambridge Prisms: Extinction analizó más de 300 estudios previos y concluyó que la actividad humana fue el factor decisivo en la desaparición de la megafauna del Cuaternario tardío. La revisión muestra que la caza sostenida a lo largo de miles de años eliminó al menos 161 especies de grandes mamíferos que superaban, en muchos casos, la tonelada de peso.

Las técnicas de caza aceleraron el colapso de la megafauna

El proceso comenzó incluso antes de la expansión del Homo sapiens y continuó después en todos los continentes. Los autores descartan que el clima tuviera una influencia significativa y consideran que la presión humana alteró de manera permanente la estructura de los ecosistemas terrestres.

Los cambios de temperatura del Pleistoceno no bastan para explicar el patrón de desapariciones. El estudio subraya que en periodos anteriores, con transformaciones climáticas más intensas, las especies grandes sobrevivieron sin colapsos comparables. Además, las extinciones afectaron también a regiones donde el clima permaneció estable, lo que descarta una causa ambiental. La hipótesis climática, de esta manera, no logra explicar por qué las pérdidas fueron tan selectivas ni por qué se concentraron en los animales de mayor tamaño.

África conservó más especies por una convivencia antigua con cazadores

Hace unos 50.000 años, la Tierra albergaba una fauna dominada por gigantes: mamuts, mastodontes, rinocerontes lanudos, perezosos terrestres de varias toneladas y grandes felinos carnívoros. De los 57 herbívoros de más de una tonelada que existían entonces, solo 11 han sobrevivido hasta la actualidad. África fue el único continente que mantuvo parte de esa diversidad, probablemente porque las especies de gran tamaño ya convivían desde antiguo con homínidos cazadores y habían desarrollado estrategias de defensa frente a ellos.

El debate sobre las causas de su desaparición se mantuvo abierto durante más de dos siglos. Desde mediados del siglo XX, los científicos confrontaron dos hipótesis: la climática y la humana. La acumulación de datos arqueológicos, biológicos y geológicos terminó decantando la balanza hacia la segunda, al demostrar una correlación precisa entre la llegada de los humanos modernos y el inicio de las extinciones en cada continente.

Las poblaciones de gran tamaño del continente africano resistieron mejor

Las pruebas arqueológicas revelan un método de caza planificado. Los humanos usaban trampas, lanzas reforzadas con materiales líticos y técnicas que requerían conocimiento detallado del comportamiento de sus presas. Las especies más grandes, con ritmos reproductivos lentos y pocas crías, no pudieron resistir esa presión prolongada. Allí donde el Homo sapiens se estableció de forma permanente, las poblaciones de megafauna colapsaron en apenas unas generaciones.

La desaparición de esos animales provocó una alteración importante en los ecosistemas. Los grandes herbívoros y carnívoros regulaban la vegetación, dispersaban semillas y fertilizaban los suelos. Su ausencia cambió el aspecto y el funcionamiento de los paisajes, generando zonas aparentemente intactas pero empobrecidas en diversidad.

El estudio no plantea la recuperación de especies extinguidas, sino el uso de animales actuales con funciones similares para restaurar parte de esos procesos. Programas de reintroducción trófica con grandes herbívoros y depredadores vivos podrían ayudar a recuperar equilibrios perdidos y mejorar la resiliencia de los ecosistemas actuales.

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