¿Por qué la guerra del Golfo dejó lluvia negra a 600 km y temperaturas 10 grados más bajas?
La guerra no solo derriba edificios ni corta vidas, también ensucia el aire y empapa el suelo con lo que cae de los ataques. En medio de ese caos, casi nadie se para a mirar qué pasa con el entorno, y en Irak, al retirarse de Kuwait en la guerra del Golfo, se prendieron fuego a pozos de petróleo y se dejaron escapar grandes cantidades de crudo sobre la propia tierra.
Aquello no fue un episodio aislado que duró unos días. Los incendios siguieron activos durante semanas y el petróleo se extendió por el terreno, mientras columnas de humo negro cubrían el cielo a diario. El paisaje cambió de golpe, con llamas abiertas en los pozos y una capa oscura que se depositaba sobre todo lo que quedaba alrededor.
La combustión alteró el clima y llevó lluvia contaminada
Los incendios de pozos petrolíferos y los vertidos masivos durante la guerra de 1991 provocaron una catástrofe ambiental con lluvia negra a gran distancia y un descenso notable de las temperaturas. Los efectos no se quedaron en el lugar donde ardían los pozos, sino que se extendieron durante meses a regiones situadas a gran distancia.
Según Conflict and Environment Observatory, la quema de cientos de pozos liberó enormes cantidades de contaminantes que alteraron la atmósfera. Esa alteración fue suficiente para cambiar condiciones climáticas locales y generar efectos visibles incluso a cientos de kilómetros.
La lluvia negra cayó porque el humo de los pozos en llamas subía cargado de partículas y, al mezclarse con la humedad, regresaba al suelo en forma de gotas oscuras. Ese mismo humo se quedaba en el aire durante días y tapaba la luz, de modo que la temperatura bajó con claridad en varias zonas, hasta unos 10 grados menos en algunos puntos.
El fenómeno no se quedó en Kuwait. Las corrientes de aire arrastraron esas nubes a cientos de kilómetros y las llevaron hasta lugares lejanos, donde también llovía con restos de ese humo. Se registraron precipitaciones contaminadas a unos 960 kilómetros del origen, lo que da una idea de hasta dónde llegó el efecto.
Las emisiones diarias llenaron el aire de sustancias dañinas
El contenido de ese humo explica por qué se extendió tanto. Las llamas soltaban dióxido de azufre, dióxido de carbono y una gran cantidad de hollín que quedaba flotando en el aire durante días. Cada jornada se liberaban unas 50.000 toneladas de dióxido de azufre y 100.000 toneladas de partículas sólidas.
Ese volumen hacía que el aire se volviera difícil de respirar y muchas personas, tanto civiles como soldados, empezaran a tener problemas respiratorios, además de aumentar el riesgo de daños en la salud con el paso del tiempo.
Todo arrancó con una retirada organizada que buscaba dejar el territorio inutilizable. Las fuerzas iraquíes prendieron fuego a más de 600 pozos de petróleo y dañaron muchos más, mientras dejaban salir millones de barriles de crudo hacia el desierto y el Golfo Pérsico.
Algunos cálculos sitúan ese vertido en unos 11 millones de barriles, uno de los mayores derrames de la historia. El petróleo no solo ardía en los pozos, también se extendía por el suelo y se acumulaba en grandes áreas sin ningún control.
El vertido masivo alcanzó el mar y dañó la costa durante años
Ese crudo alcanzó el mar y cambió la situación de la costa durante años. Las manchas de petróleo se desplazaron a lo largo de unos 800 kilómetros de litoral y dañaron ecosistemas enteros. Una década después del conflicto todavía quedaban unos 280 millones de pies cúbicos de sedimentos impregnados de petróleo en la costa de Arabia Saudí. Esos depósitos seguían contaminando marismas y afectando a la vida marina, lo que muestra la duración del impacto.
La respuesta internacional intentó dar una salida a ese daño mediante mecanismos de compensación. La Comisión de Compensación de Naciones Unidas se creó para procesar reclamaciones y financiar la recuperación. Gestionó 2,69 millones de solicitudes y evaluó 170 relacionadas con daño ambiental, de las cuales concedió unos 5.261 millones de dólares a varios países. Aun así, muchas reclamaciones quedaron fuera por falta de pruebas suficientes o dificultades para medir el impacto real.
Los incendios actuales recuerdan un patrón que se repite
Mientras se discutían cifras y responsabilidades, el terreno ya había cambiado. El petróleo no quemado formó unas 300 lagunas que cubrían amplias áreas del desierto. Parte del crudo penetró en la arena y otra parte se evaporó, dejando capas sólidas conocidas como tarcrete que aún permanecen. Esas capas alteraron el suelo de forma permanente y dificultaron cualquier intento de restauración.
Las imágenes recientes de incendios petrolíferos en otros conflictos como el de Irán recuerdan que este tipo de daño no pertenece solo al pasado. La experiencia de 1991 muestra hasta qué punto una decisión militar puede transformar el entorno durante décadas. El humo que oscurece el cielo y la lluvia contaminada que cae lejos del frente forman parte de un patrón que vuelve a repetirse cuando el petróleo se usa como arma.
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