La Luna guarda agua en lugares muy concretos y un estudio señala los cráteres donde buscar

La investigación explicó dónde buscar recursos para futuras bases lunares

Héctor Farrés

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El problema no es llegar a la Luna, es quedarse allí varios días sin depender de la Tierra. Si alguien intenta vivir en la Luna, el agua deja de ser un recurso secundario y pasa a ser una condición básica para todo lo demás.

Beber es solo una parte, porque ese mismo agua también se usa para generar oxígeno respirable y para producir combustible mediante la separación de hidrógeno y oxígeno. Sin esa fuente, cada misión tendría que transportar todo desde la Tierra, lo que limita el tiempo de estancia y el número de personas.

Por eso encontrar agua en la Luna no responde a una cuestión únicamente científica, responde a una necesidad operativa que define si una base puede mantenerse o no.

Un estudio identificó zonas con hielo acumulado durante miles de millones

Un estudio publicado en Nature Astronomy identifica zonas donde el hielo lunar se ha acumulado durante miles de millones de años y señala dónde conviene buscarlo, según recogen los investigadores.

El trabajo, liderado por Oded Aharonson, del Instituto Weizmann de Ciencia en Israel, y con la participación de Paul Hayne, del Laboratorio de Física Atmosférica y Espacial de la Universidad de Colorado en Boulder, explica que ese hielo no aparece de forma uniforme. La investigación describe cómo el agua se ha ido concentrando en lugares muy específicos y cómo esa distribución responde a la historia de la propia superficie lunar.

El agua se acumuló lentamente en zonas concretas durante miles de millones

El problema de partida estaba en los datos del instrumento LAMP, a bordo del orbitador Lunar Reconnaissance Orbiter, que ya había detectado señales de hielo en varios cráteres. Sin embargo, esas señales no seguían un patrón simple. Hayne explica que “el hielo tiene una distribución irregular” y añade que “no está concentrado en las mismas cantidades en todos los cráteres”.

Esa diferencia obliga a explicar por qué unos puntos acumulan más hielo que otros y qué condiciones han permitido que se conserve en ciertos lugares durante tanto tiempo.

Varios procesos explicaron cómo se formó el agua lunar

El origen del agua tampoco responde a una única causa. El estudio descarta que todo proceda de un gran impacto puntual, como el de un cometa de gran tamaño. En su lugar, describe un proceso prolongado en el que intervienen varios mecanismos.

Parte del agua habría llegado a través de impactos de cometas y asteroides. Otra parte se habría liberado desde el interior de la Luna durante episodios volcánicos antiguos. Además, el viento solar también participa en ese proceso, ya que transporta hidrógeno que puede reaccionar en la superficie lunar y formar moléculas de agua. Hayne explica que “una corriente constante de hidrógeno bombardea la Luna” y añade que parte de ese hidrógeno “puede convertirse en agua en la superficie lunar”.

Para entender por qué algunos lugares retienen ese hielo durante tanto tiempo, los investigadores reconstruyeron la evolución de la Luna mediante simulaciones. Utilizaron datos del instrumento Diviner para analizar cómo han cambiado las condiciones térmicas a lo largo de miles de millones de años.

La clave está en la inclinación del satélite, que no ha sido siempre la misma. Ese cambio ha hecho que algunos cráteres pasaran de recibir luz solar a quedar en oscuridad permanente, mientras otros siguieron el proceso inverso.

El cráter Haworth acumuló grandes reservas tras pasar milenios sin luz

Esa diferencia temporal tiene consecuencias directas. Los cráteres que han permanecido más tiempo en sombra han tenido más oportunidades de acumular hielo. Entre ellos destaca el cráter Haworth, situado cerca del polo sur, que podría haber permanecido en oscuridad durante más de 3.000 millones de años. Ese dato lo convierte en uno de los lugares con mayor probabilidad de albergar reservas importantes.

El trabajo que describe estos resultados se publica en Nature Astronomy y reúne a un equipo internacional que ha intentado responder a una pregunta que llevaba años sin resolverse. Aharonson subraya que localizar agua utilizable fuera de la Tierra es uno de los retos principales de la astronomía actual. Esa búsqueda no se limita a detectar su presencia, también implica entender cómo se ha formado y por qué se mantiene estable en ciertos lugares.

Las llamadas trampas frías explican esa estabilidad. Se trata de zonas situadas en el interior de cráteres polares donde la luz del Sol no entra nunca. En esos puntos, la temperatura se mantiene extremadamente baja durante largos periodos, lo que permite que el hielo permanezca intacto durante escalas de tiempo geológicas. Cráteres como Shackleton o Haworth concentran este tipo de regiones, que se convierten en objetivos prioritarios para futuras misiones.

La misión Artemis II rodeó la Luna y recopiló buenas imágenes

Mientras se afinan estos mapas, la exploración humana ha retomado el entorno lunar con la misión Artemis II. Lanzada el 1 de abril de 2026 con el cohete SLS, llevó a cuatro astronautas en la nave Orion durante un vuelo de unos diez días alrededor de la Luna.

La tripulación, formada por Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, pudo acercarse a pocos miles de kilómetros de la superficie y cruzó la cara oculta, lo que provocó un corte de comunicaciones de unos 40 minutos. En ese recorrido alcanzaron una distancia de 406.771 kilómetros respecto a la Tierra, la mayor lograda por humanos.

Durante este viaje de reconocimiento han podido sacar fotografías de muy buena calidad de la superficie lunar, una información que servirá en el futuro para averiguar todo tipo de detalles sobre la composición del terreno, la localización de recursos y las condiciones reales que encontrarán las próximas misiones que intenten permanecer más tiempo allí.

Todos estos datos encajan en una misma idea. El agua no apareció en un solo momento, se fue acumulando poco a poco en lugares muy concretos durante miles de millones de años. Ese proceso explica por qué hoy existen zonas con mayor concentración de hielo y otras donde apenas se detecta, y define con bastante precisión dónde conviene buscar si el objetivo ya no es solo llegar, sino permanecer.

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