El origen del chicle -uno de los 'alimentos' más antiguos del mundo-

Mascar chicle

Adrián Roque

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Pocos productos hay tan cotidianos y, al mismo tiempo, tan antiguos como el chicle. Lo mascamos casi sin pensar, como un gesto automático, pero su historia se remonta mucho más atrás de lo que uno imaginaría. Muchísimo más.

Porque antes de que existieran los sabores de fresa, menta o cola, ya había humanos masticando resinas naturales como si en ello les fuera algo más que el gusto. Y, en cierto modo, así era.

Un “alimento” que nace en la prehistoria

Mucho antes de que el chicle se convirtiera en un producto industrial, los primeros humanos ya masticaban sustancias naturales. No lo hacían por ocio, sino por motivos prácticos: aliviar dolores, limpiar la boca o simplemente calmar el hambre en momentos de escasez.

Resinas de árboles, cortezas o savias eran parte de ese ritual primitivo. Una costumbre que, lejos de desaparecer, fue evolucionando con distintas culturas a lo largo del tiempo.

En el Antiguo Egipto y en la Grecia clásica, por ejemplo, se popularizó el uso de la resina del lentisco, un arbusto que al ser cortado libera una sustancia aromática y pegajosa. Aquello ya tenía algo que empieza a sonar familiar: una textura masticable y un cierto frescor en la boca.

Los mayas y el verdadero origen del chicle

Sin embargo, el paso clave llega con las civilizaciones mesoamericanas. Los mayas, asentados en zonas de lo que hoy es México, utilizaban la savia de un árbol tropical llamado chicozapote.

De esa savia, una vez seca, obtenían una sustancia conocida como tzictli, cuyo significado hace referencia a algo pegajoso. Y aquí ya estamos mucho más cerca del chicle moderno. El tzictli no solo se mascaba por placer. También se utilizaba como una forma de higiene bucal y como recurso para engañar al hambre. Era, en cierto modo, una herramienta multifuncional que combinaba necesidad y costumbre.

El salto al chicle moderno

Durante siglos, esta práctica se mantuvo en distintas partes del mundo, pero no fue hasta el siglo XIX cuando el chicle dio el salto definitivo hacia lo que conocemos hoy.

Aquí entra en escena una historia bastante curiosa que conecta política, exilio e industria. El general mexicano Antonio López de Santa Anna llevó consigo esa resina a Estados Unidos durante su exilio, donde acabaría cruzándose con el inventor Thomas Adams.

La idea inicial no tenía nada que ver con hacer chicle, sino con encontrar un sustituto del caucho. Sin embargo, en uno de esos giros inesperados, Adams probó a masticar la sustancia y vio potencial en su textura. A partir de ahí, decidió añadir sabor, perfeccionar la fórmula y, en 1869, lanzar al mercado la primera goma de mascar comercial.

De la savia al producto global

A partir de ese momento, el chicle empezó a transformarse rápidamente. Se industrializó, se diversificaron los sabores y se convirtió en un producto global. Lo que antes era una resina natural pasó a ser una mezcla de bases sintéticas, azúcares y aromas diseñados para el consumo masivo.

Y, sin embargo, en esencia, sigue siendo lo mismo: una sustancia que se mastica sin ser ingerida, algo que no es exactamente comida, pero tampoco deja de serlo del todo.

Mucho más que un simple hábito

Hoy mascar chicle se asocia a concentración, a reducir el estrés o incluso a combatir el aburrimiento. Algunos estudios apuntan a que puede ayudar a mejorar la atención o aliviar la ansiedad, aunque su uso sigue siendo, sobre todo, un gesto casi automático.

Lo curioso es pensar que ese gesto tiene miles de años de historia detrás. Que cada vez que alguien infla un globo de chicle, en realidad está repitiendo, sin saberlo, una costumbre que empezó mucho antes de que existieran las ciudades, los supermercados o las marcas.

Porque sí, el chicle puede parecer moderno. Pero en el fondo, es uno de los “alimentos” más antiguos que seguimos utilizando exactamente igual que al principio: masticándolo sin más.

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