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ENTREVISTA
Periodista

Antonio Maestre: “Lo que explica el auge de la ultraderecha no es la economía sino el machismo”

Antonio Maestre, en la Biblioteca Pública Eugenio Trías de Madrid.

Natalia Chientaroli

17 de abril de 2026 22:22 h

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De lo personal a lo teórico, de la anécdota a las lecturas, del elogio de la duda a la afirmación categórica. Así aborda Antonio Maestre (Madrid, 1979) su último libro y la conversación para desgranarlo en una sala de la Biblioteca Pública Eugenio Trías, en parque de El Retiro. Firma recurrente en medios como elDiario.es o La Sexta y cara habitual de las tertulias televisivas, el periodista aborda en Me crie como un fascista (Seix Barral) el auge de la ultraderecha desde una visión íntima y emocional. Para ello conecta su experiencia como adolescente de un barrio popular de la capital con la depresión que sufrió hace un tiempo disparada por el acoso y la violencia en redes, y que superó a fuerza de medicación y terapia. Una terapia en la que el tertuliano aprendió a hablar de lo que le pasaba, y en la que el hombre criado en la suficiencia de la virilidad aprendió a pedir ayuda.

Desde ese punto de partida, Maestre teoriza sobre cómo la socialización masculina es el ancla que posibilita la ola de extrema derecha, propone un antifascismo feminista y se muestra contrario a los discursos esencialistas, sin ahorrarse críticas a los líderes de la izquierda en España.

El libro no es un relato personal, pero está escrito desde lo personal. ¿Fue una decisión desde el principio plantearlo de esa manera?

El libro iba a hablar sobre cómo las emociones influyen en la radicalización política. Pero me di cuenta de que la única manera de poder entender ciertos procesos era mirar dentro de mis propias emociones. Y me encontré con ese espacio de socialización masculina de la adolescencia, con esa incertidumbre y esas dinámicas que creo que tienen mucho que ver con la radicalización ultra. Creo que, cuando le das un sentido político, la socialización masculina deriva en el fascismo. 

También habla de un momento de quiebre personal, lo que supone exponer algo que no suele mostrarse, sobre todo siendo hombre: vulnerabilidad. ¿Cómo lo lleva?

A nosotros nos han enseñado a no mostrar emociones, a no reconocer que somos vulnerables, a no pedir ayuda. Y todo eso genera un daño personal, pero también un daño a las personas que te rodean. Porque eso crea un sujeto político. Si hay un discurso que te dice que no está mal que te muestres todo el tiempo fuerte, que no está mal que seas agresivo, que seas una persona que defiende a los suyos mediante el uso de la violencia única y exclusivamente... 

Asumes que si no te impones sobre el débil es porque eres el débil, que es lo que cuenta que pasaba en su grupo de amigos del barrio ¿Eran tan macarras?

Era un grupo chungo [risas], pero yo creo que no éramos muy diferentes al resto. Cuando yo revisé todo lo que había vivido encontré momentos de tortura, literalmente, de agresiones muy violentas. Un amigo disparó a otro con una escopeta de perdigones y el otro luego le disparó también. Eso pasó. Y me pregunté, claro, si éramos especialmente heavies. Pero hablé con mucha gente, y no. Era lo que se hacía en todos los grupos. Cuanto mayor era la violencia que ejercías con tus propios amigos, más importante era el rol que adquirías.

Antonio Maestre

Todo eso lo normalizas y lo metabolizas y cuando eres adulto replicas esos comportamientos con tu familia, con tu pareja, con otros grupos de socialización. Puedes no reproducirlos en su forma más extrema, pero siempre queda algo.

¿Cree que han cambiado realmente los ritos de paso de los adolescentes hoy o solo se han digitalizado y vuelto más anónimos?

Las dinámicas son similares. Cito a Rosario Villajos, que dice que los hombres nos relacionamos molestando, y eso sigue igual: darse golpes en la espalda, simular peleas, provocar. Mientras escribía el libro, vi a un grupo de chicas de 11 o 12 años yendo tranquilamente por la calle una tarde de Halloween. Y cómo un grupo de chicos de su edad se dedicó a comprar huevos para tirarles a ellas. Yo me vi perfectamente reflejado; quizá en mi época lo hacíamos de otra manera, pero el objetivo era el mismo: molestar.

En las redes sociales lo que predomina es el odio, el bullying, el acoso; es decir, el machaque del diferente. Es una dinámica social violenta. 

¿Esta educación le afectó a la hora de enfrentarse como adulto a la violencia y el acoso?

Cuando me abordó el ultra Vito Quiles y yo le lancé el micrófono, lo que hice fue repetir ese comportamiento aprendido durante muchísimos años de barrio: me molestas, reacciono; intentas agredirme, reacciono. Pero después de hacerlo me entró un ataque de ansiedad brutal y no sabía muy bien por qué. 

Había mucha gente felicitándole. 

Ese es el problema fundamental. Se validó el comportamiento viril que se supone que un hombre debe tener ante una situación de ese tipo, aunque para mí era lesivo, literalmente. Me había pasado desde la adolescencia replicando comportamientos aprendidos que me hacían sentir mal, y no era consciente del daño que eso me había causado. La terapia me ayudó a poder darle otra salida.

Antonio Maestre, durante la entrevista.

Cuenta que en la terapia psicológica encontró un espacio para hablar. Suena raro viniendo de una persona que se dedica profesionalmente a comunicar, y a tener una opinión sobre todo. 

La imagen que todos tienen de lo que hago es la de la contundencia, la seguridad, la opinión sobre absolutamente todo, con muchísima vehemencia. Y a mí lo que me representa de manera más habitual es la duda.

En el libro hace precisamente un elogio de la duda. ¿Por qué?

Creo que la duda es antifascista, porque cuando tú tienes certezas sobre todo, eso es esencialismo. Y el esencialismo es el camino más fácil para el fascismo. Porque si no tienes dudas, todo el mundo está equivocado menos tú. Y abrazar la duda es un proceso también terapéutico. No tienes por qué tener respuestas sobre todo. Aunque laboralmente me obligan a tener respuestas sobre todo, sí.

No hay un elemento único que explique un movimiento político de las dimensiones del auge reaccionario, pero creo que el traje con el que se viste es el supremacismo masculino y la reacción contra el feminismo

¿Es un tertuliano renegado?

[risas] El tiempo de la televisión son 20 segundos y en 20 segundos, pocas dudas. Tú imagínate diciendo: 'Es que yo no sé muy bien lo que pienso'. En ese instante ya dan paso a otro, ¿no? El formato es el que es, y es muy complicado intentar jugar. Por eso escribo un libro, porque así puedo expresar dudas más que certezas. 

¿Cree que la tertulia reproduce la discusión bronca y superficial de las redes?

Sí, es verdad, no te puedo decir lo contrario. Porque tienes poco tiempo para desarrollar una idea, y al final acaba siendo superficial y yendo poco a la raíz de los temas. Pero la única manera que he podido encontrar de escribir libros es participar en televisión, porque me permite tener una libertad económica y de alguna manera comprar tiempo para escribir. Porque no todos nos podemos ganarnos la vida escribiendo libros, lamentablemente. El día que pueda vivir de escribir libros, dejaré de salir en televisión.

Antonio Maestre.

Hablando de afirmaciones categóricas, dice en el libro que “el fascista lo es porque quiere”. Y pide que dejemos de justificar al que elige serlo. ¿Puede que en un mundo de algoritmos diseñados para la radicalización haya menos margen para no sucumbir al discurso ultra?

Siempre hay margen de maniobra, siempre hay posibilidades. Es cierto que cuando hay una hegemonía de ideas reaccionarias y conservadoras, es más fácil que la abracen aquellos que no están politizados o los que quizá no tienen mucho interés o herramientas necesarias para poder escaparle. Pero siempre hay elección. Nadie me puede decir que el que elige que la salida a sus problemas es generar dolor en los colectivos más vulnerables está empujado a hacerlo y no tiene otra opción. No es verdad. Y no podemos ser condescendientes con esas decisiones. Hablo mucho de los determinantes sociales y es evidente que no todo el mundo lo tiene igual de bien. Pero decir que no hay otra solución es echarse en manos del discurso fascista.

Precisamente el libro intenta demostrar que la economía no es la única ni la principal explicación para el auge de la ultraderecha. 

Es mi hipótesis de partida. De hecho, hago una refutación a la teoría de Franco Bifo Berardi sobre las razones del ascenso de la extrema derecha, porque creo que es muy falocentrista. Esa idea de que el hombre blanco occidental es el mayor perjudicado por la crisis neoliberal no se sostiene. Hay muchos perjudicados y el más perjudicado nunca puede ser el hombre blanco occidental. Nunca jamás. Y si no, ¿dónde colocamos a la mujer migrante racializada?

Yo abogo por un antifascismo íntimo, un antifascismo cotidiano por encima del épico

No hay un elemento único que explique un movimiento político de las dimensiones del auge reaccionario, pero creo que el traje con el que se viste es el supremacismo masculino y la reacción contra el feminismo. Luego esto tiene complementos: la utilización de la inmigración, la crisis económica, la crisis de vivienda. Después de todo lo que se ha visto, todo lo que se ha escrito y todo lo que se ha dicho sobre la ola de extrema derecha, creo que lo que mejor la explica es el machismo. 

Esto viene a darle la vuelta al argumento que achaca a los “excesos” del feminismo ese auge reaccionario. 

¡Es tan absurdo! Eso es como decir que la lucha de clases es la que ha provocado el movimiento de reacción de las clases dominantes. Cuando aumentas los derechos de un colectivo, obviamente quien no es sujeto de acción por esos derechos se va a sentir concernido, pero eso eliminaría cualquier avance social. Lo que yo sostengo es que el feminismo no solo no es el problema que sino la solución. El feminismo es el que nos liberará de todos esos problemas que van ligados a esa socialización masculina en la que se ancla el discurso fascista.

Propone un antifascismo feminista, ¿cómo cree que será recibida esa idea en ciertos entornos antifascistas?

El machismo está tan directamente relacionado con nuestra socialización que hasta los grupos antifascistas más militantes acaba apareciendo. En una charla con Mark Bray surgió precisamente el tema de cómo combatir comportamientos machistas dentro de los grupos de militantes antifascistas. Y la única manera que yo veo es intervenir en el día a día dentro del ámbito de las emociones, de los afectos. Yo abogo por un antifascismo íntimo, un antifascismo cotidiano por encima del épico. No todo el mundo se pega en la calle. Antifascismo es mucho más que eso.

¿Un antifascismo que rechaza las acciones violentas?

Eso es un conflicto de primer orden dentro del antifascismo. Un conflicto jodido. Para mí lo valiente, lo corajudo, es plantarte delante de un grupo y decir que la violencia no es la manera de actuar. Intentar no replicar las dinámicas violentas y generar una salida diferente. 

Entre las cosas que se le achacan al feminismo es una actitud excluyente y punitivista. ¿Está de acuerdo?

Los esencialismos en general son contradictorios con los valores de la izquierda. Cuando buscas cambiar las cosas tienes que ensanchar las bases, no excluir a todo aquel que no dice las cosas tal y como tú quieres que se digan –y esto incluso sucede a veces por incapacidad cultural, política y teórica–. Si excluyes a los hombres que quieren participar del debate feminista, es una posición que te va a hacer más pequeño. Eso no quiere decir que esos hombres se vayan a volver machistas, sino que simplemente no van a participar de tu acción política, con lo cual cada vez va a tener menor capacidad performativa y menor capacidad para cambiar las cosas. 

Todos los líderes de la izquierda se odian entre sí y se quieren destruir. Y están replicando dinámicas que son fascistizantes

¿Esto lo aplica también a los partidos de izquierda en general?

Mark Fisher hablaba de “salir del castillo de vampiros” para referirse a los debates en la izquierda y en el feminismo que habían generado unas dinámicas tan tóxicas y que hicieron que mucha gente renunciara a participar.

Un ejemplo: Abner Lloveras, luchador de MMA, es un antifascista en uno de los lugares donde más nazis hay. Su posición sobre la inmigración no es muy depurada: habla de que los extranjeros vienen a hacer trabajos que no queremos, a pagar las pensiones… Si le dices ‘qué mierda de discurso’ te puedes quedar a gusto, pero estás expulsando a un tipo que se está bregando en los peores espacios posibles. El punitivismo, ya sea moral o legal, no encaja con los valores que pretendemos defender. Creo que eso hay que revisarlo.

¿Piensa que la izquierda está en ese camino? 

Está en el camino contrario. Ahora mismo el debate de la izquierda es puramente esencialista. 

Antonio Maestre.

Sin embargo, hay una propuesta de unirse y colaborar. 

Esos son los titulares, pero es una mentira. Se piensa que es una demanda popular, y puede que lo sea. Pero a veces esa demanda popular motiva a los líderes de la izquierda a llegar a asociaciones en las que no creen. Existe una inquina entre los liderazgos que hace completamente imposible que eso sea realista, ilusionante, sincero. Todos los líderes de la izquierda se odian entre sí y se quieren destruir. Y están replicando dinámicas que son fascistizantes, porque lo único que quieren es acabar con el de al lado, aunque piense igual que tú. 

Hoy hay liderazgos que más que el Frente Amplio de Uruguay replican los Procesos de Moscú de Stalin

¿Entonces ya no estaríamos hablando de esencialismo, sino de una simple pelea de poder?

Ellos quieren el poder y lo ejercen a través del esencialismo. Todo aquel que diga algo de una manera diferente, o que tenga una estrategia distinta, es un enemigo. Esto ha sucedido durante mucho tiempo en la izquierda española y ahora se ha llevado a la máxima expresión. Yo no tengo ninguna confianza en que este movimiento vaya a ningún lugar productivo. Se pueden unir, sí, como en Andalucía, pero eso no camina hacia algo transformador. Porque lo único que quieren es matarse. Solo puede salir mal. 

¿Una posible unión de las izquierdas a la izquierda del PSOE solo puede salir mal?

En los términos en los que están ahora mismo, una unión de las izquierdas solo puede salir mal. Yo adoro los frentes populares, como lo teorizó Eric Hobsbawm, es mi manera de concebir la izquierda. Creo en ellos profundamente, pero también creo en otra máxima de Lenin, que es el análisis concreto de la situación concreta. Y hoy hay liderazgos que más que el Frente Amplio de Uruguay replican los Procesos de Moscú de Stalin. Así poco vamos a hacer.

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