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ENTREVISTA

Luciana Peker, escritora: “El feminismo podía ser una resistencia a la ultraderecha pero el progresismo le soltó la mano”

La periodista Luciana Peker, en Madrid.

Natalia Chientaroli

22 de marzo de 2026 22:33 h

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Luciana Peker llega a la entrevista con prisas, culpa de una agenda cargada de compromisos en plena presentación de su último libro, La odiocracia. Al fondo a la derecha (Libros del KO), un ensayo que en sus páginas propone justo lo contrario a esa velocidad: “leer con profundidad, con tiempo, porque se necesitan diagnósticos certeros para lo que estamos viendo”. La periodista y escritora feminista vive desde hace un tiempo en Madrid, y reconoce que el libro es una forma de contar sin autocensura Argentina, ese país del que se siente “expulsada”, un país “contradictorio, bipolar y muy extremo” que se ha convertido en “el gran laboratorio de la extrema derecha”.

A través de las páginas de La odiocracia, y casi en cada respuesta, Peker advierte de que España no está viendo con suficiente claridad el peligro de ese “gobierno del odio” que la ultraderecha busca instalar como sistema: “La gente cree que camina segura sobre un suelo de derechos, que pueden cambiar las baldosas, pero el suelo permanece. Y no es así. Claro que se perfora ese suelo”. 

La conversación va y viene uniendo líneas de puntos entre la construcción de la masculinidad y las motosierras o los pañuelos verdes y el falso espejo del regreso a un pasado de hombres proveedores y mujeres deseosas de protección, sin olvidar la lógica extractivista que alimenta las relaciones de Estados Unidos y Europa con Latinoamérica. Peker sostiene que todavía hay tiempo para entender y actuar contra el “patriarcado recargado” que sostiene esta ola reaccionaria, y apuesta por el periodismo, aunque no le ahorra críticas: “Con la extrema derecha, está mirando la selfie y no la foto panorámica”.

¿Qué es la odiocracia, en pocas palabras? 

Es un sistema en el que se llega al gobierno con odio, se gobierna con odio y se genera una sociedad que reproduce ese odio, tanto en quienes están de acuerdo como en quienes no lo están. Así, el sistema de relaciones acaba hegemonizado por el odio hacia los demás.

La portada del libro muestra una gran motosierra. La motosierra es un símbolo, pero ¿de qué? 

La motosierra emula una masculinidad productiva que es leñadora, que puede usarse para hacer una casa, pero en la mano de varones inútiles que nunca sabrían hacer una casa y que, en cambio, usan la motosierra desde un lugar de terror. De hecho, la motosierra de Javier Milei está inspirada en una película de terror sobre un feminicida real norteamericano. Es el símbolo mundial más grande de amenaza hacia una sociedad con derechos y protección social. Y que en el caso de Argentina se concreta con el ajuste más grande de la historia. 

Argentina es un país contradictorio, bipolar y muy extremo, muy apasionado. Es un país con enormes avances en derechos humanos, el que llegó más lejos en el enjuiciamiento de delitos de lesa humanidad. Y ahora es el gran laboratorio de la extrema derecha

El libro habla mucho de Argentina, un país que ha vivido una especie de renacer feminista en las calles y que ahora tiene como presidente a uno de los mayores representantes del mundo de la ultraderecha y el “patriarcado recargado”, como lo describe. ¿Qué pasó? 

Argentina es un país contradictorio, bipolar y muy extremo, muy apasionado. Es un país con enormes avances en derechos humanos, el que llegó más lejos en el enjuiciamiento de delitos de lesa humanidad. Y ahora es el gran laboratorio de la extrema derecha. Es el país del movimiento que organizó la huelga feminista que se replicó en España, que fue el germen de lo que se conoce como MeToo, que en realidad empezó el 3 de junio del 2015, que vio nacer el pañuelo verde y generó una ola feminista en toda América Latina. Y por eso para la extrema derecha es tan importante que sea el lugar de su normalización: es como un disciplinamiento a un país que tenía una tradición de derechos humanos, de feminismo, de protesta social muy importante.

¿Cómo funciona esa normalización?

Paso a paso. José Antonio Kast no podría haber ganado en Chile si Europa no normalizaba a Milei en América Latina. No es casualidad que Milei haya venido ya seis veces a España. Creo que había –y todavía hay– un concepto erróneo de que existe un suelo de derechos que no se puede perforar. La gente cree que camina segura, que pueden cambiar las baldosas pero el suelo permanece. Pero esta extrema derecha es otra cosa y claro que perfora ese suelo. 

En el caso de Argentina, una inflación del 260% resulta enloquecedora, claro. En El Salvador podemos ver también una inseguridad que era real. Pero ni la inflación ni la inseguridad pueden justificar el autoritarismo. 

La sensación de frustración y la pérdida de un horizonte es algo que la ultraderecha explota especialmente bien. 

La indignación o el odio con el que hablan personajes como Milei podría funcionar bien en una campaña electoral, pero ellos no lo usan solo para que los voten. Lo usan como un mecanismo permanente. Las extremas derechas no vienen a proporcionar soluciones a esos problemas. Lo que proponen es castigar a otros. Entonces necesitan un electorado y una opinión pública que se conforme con la venganza hacia los demás, en lugar de exigir soluciones.

Hoy no hay libertad de expresión plena en Argentina

¿Este libro es una forma de contar esa Argentina que te expulsó, de alguna manera? 

Me siento expulsada. No es casualidad que la extrema derecha buscara en las periodistas feministas a sus primeras enemigas. Hoy no hay libertad de expresión plena en Argentina. Lo dicen Reporteros sin Fronteras, Fopea o Amnistía Internacional, que fue quien llevó mi querella por la violencia explícita, la censura, la autocensura y el acorralamiento. Para mí es importante contar cómo Argentina es un laboratorio de la extrema derecha y los lazos con España y con Estados Unidos, que parece que no se están mostrando lo suficiente. 

Luciana Peker.

¿Por qué? 

El periodismo está mirando demasiado la letra chica y poco los titulares. Está mirando la selfie y no la foto panorámica. Y la extrema derecha tiene muy clara la panorámica. Las explicaciones locales tienen sentido y hay que hacerlas. Pero estamos perdiendo de vista una estrategia que va más allá de las realidades locales, una unidad que la ultraderecha tiene completamente aceitada.

En un momento del libro afirma que Milei es más un símbolo de la ultraderecha que un jefe de Estado. ¿A qué se refiere?

De hecho, es un embajador. Cuando Milei dice 'yo tengo incidencia en el mundo', tiene razón. De hecho creo que en Argentina se lo subestima. Te subís a un taxi en Panamá, en El Salvador, Guatemala, Honduras, y no saben quién es el presidente de España pero sí el de Argentina.

¿También un agitador? 

El agite es parte del vocabulario popular argentino, del fútbol, de la cumbia… Él toma eso para decir y hacer lo que Santiago Abascal no puede. Y luego está la red trasnacional de la que participan, y que hace que Javier Negre esté acreditado como periodista en la Casa Rosada, y que su socio en Argentina, Fernando Cerimedo, que estuvo imputado por el intento de golpe de Estado en Brasil, ahora sea asesor del presidente de Honduras, Nasri 'Tito' Asfura, que fue el elegido de Trump. 

El afán aprovechador de Trump no es único: Europa no frena a Milei porque también tiene intereses extractivistas y neocolonialistas

¿La influencia de Donald Trump resucita el fantasma de las “relaciones carnales” de Argentina con Estados Unidos? 

La expresión “relaciones carnales”, que usó en los años 90 el ministro de Exteriores menemista Guido Di Tella, forma parte de una violencia sexual explícita en el lenguaje que no es casual. No se habla de tener relaciones cercanas, sino que implica una posición de abuso y sometimiento. Milei usó la metáfora de un pedófilo frente a “niños vaselinados”. De hecho mi editora me pidió que comprobara varias veces ese dato. ¡No lo podía creer! 

Detrás de esa ayuda que EEUU ofrece a su socio Milei y a otros presidentes latinoamericanos hay unos intereses económicos que en esta ocasión ni siquiera se ocultan. 

Trump se pone públicamente la medalla de haberle hecho ganar a Milei las elecciones legislativas, porque ambos son hombres que humillan y que se dejan humillar por otro más poderoso. De hecho, las bases militares ya se están cediendo, los cambios en el puerto de Ushuaia están sucediendo. Milei va a regalar los recursos naturales: litio, oro, cobre, tierras raras, agua. Lo más grave es que quiere derogar la Ley de Glaciares para dejar de protegerlos: es la última riqueza de agua antes de la Antártida. 

¿Y esto no genera sospechas o resistencia en la población? 

Argentina sabe que su posición es de endeudamiento. Y el afán aprovechador de Trump no es único: Europa no frena a Milei porque también tiene intereses extractivistas y neocolonialistas con esos recursos. En cuanto a la gente, sí destaco que hay un fenómeno ciudadano muy importante: más de 60.000 personas inscritas en las audiencias públicas para defender los glaciares. Eso muestra que hay una democracia participativa que va más allá de las elecciones y que están queriendo callar. 

Ellos simulan ser los varones de antes. Hablan de tradición, familia y propiedad, pero no son varones clásicos. Ni siquiera Abascal, que está más cerca de un hombre tradicional, fue capaz de resignarse, por ejemplo, a vivir con una mujer para toda la vida

En el libro destaca que Milei y Elon Musk reconocen tener resentimiento hacia sus padres. ¿Cree que eso tiene que ver con la construcción de una cierta masculinidad?

Para mí es central. Porque además fueron víctimas de violencia. Milei fue un niño golpeado, lo contó él mismo en televisión, y el padre de Musk fue señalado como abusador de menores de su familia. Son varones víctimas de la violencia patriarcal. La diferencia es que las feministas denunciamos para que no siga pasando. En cambio, la posición de ellos es: como yo fui víctima, ahora voy a ser más malo que los que me hicieron mal. Por eso es un patriarcado recargado, opuesto al feminismo de la reparación, de la sanación y de que otros vivan mejor. 

¿Son víctimas de un modelo de hombre al que defienden volver? 

Ellos simulan ser los varones de antes. Hablan de tradición, familia y propiedad, pero no son varones clásicos, no son ni fuertes ni productivos. Y el problema es que muchos jóvenes se miran en un espejo que en realidad no es lo que les están vendiendo. Y también muchas mujeres, cansadas de cargar con toda la mochila solas, pueden pensar que necesitan ese varón proveedor y protector que venga a cuidarlas. Más allá de poder pensar ‘qué horror que las mujeres vuelvan a la casa’, lo importante es que es mentira. Porque hay muchos chicos queriendo emular ese modelo cuando ni van a tener dinero para ser proveedores ni van a estar dispuestos a las obligaciones que tenían esos varones de antes. Ni siquiera Abascal, que está más cerca de un hombre tradicional, fue capaz de resignarse, por ejemplo, a vivir con una mujer para toda la vida.

Hay una parte de los cambios que impulsó el feminismo que sí les interesan. 

Los varones toman los beneficios del fin de los estereotipos. Un hombre como Milei, sin hijos, que se considera ‘invicto’ por no haberse casado y vive con sus perros, nunca hubiera llegado a presidente en Argentina. Un hombre que puede ser emocional y contar sus problemas públicamente. Las mujeres deconstruimos qué era el amor, qué era la familia, y ellos toman esas construcciones para castigarnos.

Los que se querían hacer los progres, los feministos, los aliados, demonizaron y echaron la culpa al feminismo. Y otros se pasaron a la posición de ‘no te conozco’

¿Cree que hubo una tentación de cierta parte del progresismo de despegarse del feminismo frente a la ola reaccionaria? 

El feminismo tenía capacidad para rearmar una oposición, una resistencia a esta extrema derecha a través de sus redes, su masividad y sus alianzas trasnacionales. Pero eso quedó desmantelado cuando el progresismo le soltó la mano. 

Desde lo partidario y lo político hasta los medios de comunicación, los que se querían hacer los progres, los feministos, los aliados, demonizaron y echaron la culpa al feminismo. Y otros se pasaron a la posición de ‘no te conozco’. Las organizaciones de la sociedad civil, las ONG, la cooperación internacional se desligaron completamente del feminismo.

¿Cómo convive eso con la militancia de jóvenes mujeres que se ven a sí mismas como feministas pero apoyan a partidos de ultraderecha? 

Disputo que sean feministas, pero sí creo que instrumentalizan al feminismo. En Argentina peleamos por el cupo femenino, y es cierto que ayudó a que llegaran a puestos de poder mujeres que ahora intentan sacar adelante una ley para criminalizar a quienes denuncian violencia machista.

Esta extrema derecha no es alternancia electoral. Está a la derecha de la corona española y a la derecha del Vaticano, de Francisco y del actual Papa

Hablaba de las mujeres que llegan a los lugares de poder. ¿Cuál es el papel de políticas como Giorgia Meloni, Alice Weidel o Isabel Díaz Ayuso en esta odiocracia?

Meloni, Ayuso o Weidel serían lo que Laura Bates describe como mujeres que odian a las mujeres. Son también una estrategia de la extrema derecha. Weidel es lesbiana, está casada con una inmigrante y lidera un partido [Alternativa para Alemania (AfD)] que defiende deportaciones masivas. En una sociedad a la que le cuesta mucho leer las cosas de manera compleja y que se queda con las fotos de Instagram, diluyen de manera simbólica y efectiva la idea de que las mujeres vamos a hacer la oposición a este neofascismo.

Alvise Pérez, emulando a Milei, prometió que sortearía su sueldo de eurodiputado, pero diversas informaciones indican que en realidad el dinero iba a parar a campañas de agitación de personajes como Vito Quiles, con quien el presidente argentino compartió evento hace pocos días en Madrid. ¿Milei es un modelo a seguir? 

Más allá de que haya o no un efecto imitación, es un modelo de representación social y por eso es tan peligroso. Generan un odio que queda legitimado, que lleva a personas a creer que pueden tener impunidad con el racismo, con la violencia sexual… La excentricidad de Milei es funcional, pero la extrema derecha es muy inteligente y no ha replicado tantos modelos similares: en Chile, Kast tiene mejores modales; en Honduras, Afura hace un discurso más moderado. Distintos modelos que en el fondo generan lo mismo: la impunidad social de la violencia.

¿La ultraderecha juega al despiste? 

Creo que España no llega a tener un diagnóstico certero de lo que pasa y de lo que le puede pasar. La directora argentina Dolores Fonzi lo dijo hace poco en la gala de los Goya: “Yo vengo del futuro. No caigan en la trampa. La ultraderecha vino a destruirlo todo”. Ese futuro es que no solo pueden ganar unas elecciones. Esta extrema derecha no es alternancia electoral. Está a la derecha de la corona española y a la derecha del Vaticano, de Francisco y del actual Papa.

 ¿Y frente a la odiocracia, qué? 

Periodismo. Creo que la odiocracia no hubiera podido llegar a tener el poder político y social que tiene hoy si no fuera por la degradación del periodismo que produjeron las redes sociales, con Elon Musk y Mark Zuckerberg a la cabeza. La gente se tiene que volver a informar a través de medios y no solo por lo que las redes le muestran. Creo que hay que volver a los libros, a leer con profundidad, con tiempo, porque se necesitan diagnósticos certeros para lo que estamos viendo. Hay que impulsar más leyes mientras se pueda, apelar a la unidad social y política con un proyecto a largo plazo. Apoyar a los varones jóvenes, y confiar en esas mujeres que dieron la mayor parte de su vida para generar transformaciones sociales. Ahí hay fortaleza.

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