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INTERNACIONAL

ANÁLISIS

Una tormenta económica perfecta dejó a Italia a punto para el voto de protesta

Salarios estancados, crecimiento lento y alto desempleo explican el levantamiento populista de las elecciones

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Los taxistas italianos suspenden su huelga convocada en protesta contra Uber

Policías antidisturbios y manifestantes en una protesta por motivos laborales en roma en 2017. EFE

Demasiado poco y demasiado tarde. Cinco palabras que resumen el comportamiento de la economía italiana en los diez años transcurridos desde el estallido de la crisis financiera y que explican, en gran medida, el apoyo a los partidos populistas en las elecciones del domingo.

Si alguna vez ha habido un país listo para una protesta contra el establishment político ese país es Italia, donde cuatro años de crecimiento modesto no han alcanzado para reparar el daño causado por la profunda caída de 2008-09 y la segunda recesión de dos años en 2012-2013.

Sólo dos países del club de naciones ricas de la OCDE no han vuelto aún a la actividad económica previa a la crisis financiera. Grecia es uno de ellos. Italia es el otro.

En algunos aspectos, el historial de Italia desde el principios del siglo es aún peor que el de Grecia. Al menos Grecia tuvo un auge antes de las vacas flacas. En Italia, el nivel de vida es sólo ligeramente superior al que había en el país en 1999, cuando se convirtió en miembro fundador de la moneda única europea.

El euro es claramente un factor detrás del auge del populismo en Italia: ha hecho imposible que en Roma el gobierno recupere la competitividad devaluando la moneda, algo que hacía una y otra vez en los días previos a la Unión Monetaria. La disciplina impuesta por la pertenencia al euro ha ralentizado el crecimiento, estancado los salarios, y provocado alto desempleo y austeridad. Las condiciones perfectas para que irrumpiera con fuerza el Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo. 

Los políticos de los países tradicionales, como el primer ministro saliente Paolo Gentiloni, pueden anotarse algunos pequeños éxitos. En los últimos cuatro años se ha creado un millón de puestos de trabajo, aunque el 60% de ellos sean contratos a tiempo parcial. El desempleo juvenil ha disminuido, pero uno de cada tres jóvenes menores de 25 años sigue sin trabajo (el doble de la media de la Unión Europea). Sin trabajo en su hogar, los jóvenes licenciados italianos se van del país para encontrar oportunidades en otros lugares.

Cuando habló en Davos hace menos de dos meses, Gentiloni resumió certeramente el problema al que se enfrentó en las elecciones. “Todavía hay amplios sectores de nuestra población que no están satisfechos con sus condiciones y a los que les preocupa el futuro”. 

“El crecimiento económico no está reduciendo las desigualdades, pero en muchos países, entre ellos Italia, siguen aumentando aunque haya crecimiento económico. Están llegando a niveles aún más intolerables”, dijo. 

Ciertas características parecen hacer más probables las insurrecciones populistas. Un país tiene que haber pasado por un trauma económico prolongado, como Italia. Tiene que estar dividido geográficamente entre una región de rápido crecimiento y una región con problemas, como Italia con su marcada división entre el norte industrial y el sur agrario. Hace falta que los responsables políticos reaccionen a los déficits presupuestarios provocados por el elevado desempleo y el lento crecimiento recortando el Estado del Bienestar, como se han visto obligados a hacer los gobiernos italianos con las normas fiscales de la Unión Europea. Y se necesita exacerbar las tensiones económicas y sociales con inmigración masiva, como ha sucedido en Italia, la principal puerta de entrada a Europa para los que viajan desde Libia.

Como en Gran Bretaña, en Italia hay un problema de productividad, solo que peor. Como en Francia, hay un problema de desempleo, solo que peor. Como en España, ha habido problemas bancarios, solo que peores. Y como en Alemania, el repentino aumento de la migración ha creado un doble problema para los partidos dominantes: los ha hecho parecer completamente fuera de contacto con los votantes y con la boca abierta ante lo que se viene encima.

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