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Ecuador en estado de excepción: “El reicidio es derecho de los pueblos”

Cientos de guerreros indígenas de la Amazonía se unen a las protestas en Quito

Irene López Alonso

“El reicidio es derecho de los pueblos”, está escrito en uno de los muchos edificios públicos de Quito. La frase, que se atribuye al célebre pintor Oswaldo Guayasamín, está grabada, también, en la historia del Ecuador: de 1996 al 2006, 10 presidentes distintos pasaron por el Gobierno del país. 10 gobiernos fueron derrocados en 10 años, y algunos de ellos duraron apenas 48 horas. El pueblo ecuatoriano tiene una suerte de orgullo de ser un pueblo “tumba-gobiernos”, y por eso estos días sigue saliendo a las calles, con la confianza de que sabe cómo hacerlo. De que puede volver a hacerlo.

El martes 1 de octubre el mandatario Lenin Moreno anunció en rueda de prensa un paquete de medidas económicas. Con un discurso construido a base de eufemismos y palabras bonitas, hablando de educación, vivienda, seguridad social, cambio climático, tecnología y eficiencia, no resultaba fácil desentrañar los efectos que tendría el llamado “paquetazo” para las mayorías sociales del país. Pero había dos medidas indisimulables: la reducción de las vacaciones de los funcionarios de 30 a 15 días al año, y la eliminación de los subsidios a los combustibles.

Como tantas veces en la historia de la región, fue la gasolina lo que prendió la llama. Cualquier economista sabe que si sube el combustible, sube todo. Y Ecuador, con una economía dolarizada y un nivel de pobreza del 25,5% (según el Instituto Nacional de Estadística y Censos), el más alto de los últimos seis años, no podría resistir que aumente el precio de la canasta básica.

El miércoles 2 de octubre, el día después del anuncio del “paquetazo”, los transportistas del país convocaron un paro. Y al día siguiente, jueves 3 de octubre, Lenin Moreno decretaba estado de excepción. Una medida desmedida. Desproporcionada. ¿Disuasoria? Probablemente fuera la intención, pero los ecuatorianos salieron a las calles a pesar de que acabaran de suspender sus derechos constitucionales.

El Guagua Pichincha, el Pululahua, el Cayambe, son algunos de los volcanes que rodean Quito y que, en la paz y el silencio de una ciudad que amanece temprano y se repliega al atardecer, parecen también montañas tranquilas. Picos nevados en un paisaje inmóvil. Pero no. En realidad son volcanes activos, que pueden erupcionar en cualquier momento. Y así son también los ecuatorianos, como sus volcanes: tienen la templanza y la dulzura de la sierra, la dignidad andina, la calma chicha. Pero en cualquier momento pueden activarse. Encenderse con la rapidez con la que una sola chispa prende la pradera. Erupción social.

“Abajo el paquetazo de Moreno, Nebot y Lasso”, fue la consigna de la marcha que partió desde el monumento a Simón Bolívar hasta el centro histórico de Quito. Estudiantes, trabajadoras, empleados públicos, viejitas. Era el pueblo en toda su diversidad. Los que saben que van a pagar la factura que nunca consumieron.

Había cierta alegría en la manifestación, que ascendía por las calles empinadas del casco histórico de Quito, a gritos de “Moreno traidor” o “Este Gobierno no es nacional, es recadero del Banco Mundial”. Un matrimonio indígena se arropaba con la bandera nacional mientras marchaba. Los tres colores del Ecuador se sobreponían a cualquier emblema partidista. Una monjita asomaba de uno de los cientos de conventos que aún existen en el centro de Quito (“el claustro de Sudamérica”), y alzaba el puño saludando con júbilo a los manifestantes. Los estudiantes avanzaban agarrados de los brazos.

Pero la represión fue brutal. Gases lacrimógenos, perros, caballos. Fue una demostración de fuerza. Como si la policía hubiera querido enseñar, ya desde la segunda jornada de protestas, lo que significa un estado de excepción donde los derechos de reunión, asociación y libre circulación han sido conculcados. La movilización pacífica se tornó en horror. La gente corría huyendo del gas pimienta y trataba de subir algunas de las escaleras que atraviesan las calles circundantes a la Basílica del Voto Nacional. Pero el gas subía también, obligando a los manifestantes a echarse cuerpo a tierra para evitar la asfixia. A duras penas.

Rosita, una mujer de 59 años, con el rostro tan avejentado que podría parecer 10 años mayor, había ido sola a la movilización. Vive en el sur de Quito y cada día se levanta a las 5 de la mañana para llegar a trabajar a un edificio del norte, donde es portera. Pasa 10 horas dentro de una garita de 2x2 metros, casi tan hermética como un ascensor. Nunca se entera del clima que hace hasta que acaba la jornada.

Paga 200 dólares de alquiler por un cuarto dentro de la casa de otra familia, donde vive con su hija y sus 3 nietos, uno de ellos con Síndrome de Down. Su hija está desempleada, así que Rosita tiene que pagar el arriendo, la guardería y las escuelas, los gastos médicos y los alimentos, en una economía dolarizada donde los precios de los productos de primera necesidad son más altos que en los Estados Unidos.

Rosita cobra 394 dólares al mes, el salario mínimo del país. Para trasladarse del Sur al Norte de Quito, coge 2 autobuses. 4 viajes diarios que hasta ahora le costaban en total 1 dólar, y que con el llamado “gasolinazo” de Lenin Moreno, le costarán un 40% más. Pagar los billetes de los 4 miembros de su familia le costará 28 dólares a la semana. 120 dólares al mes, aproximadamente.

Por eso doña Rosita acudió sola a la protesta, llevando una bolsita de leche que ofrecía al resto de manifestantes, para protegerse del gas pimienta. Se mojaba el dedo en la leche y se lo pasaba alrededor de los orificios de la nariz, para intentar combatir así ese picor penetrante que otros trataban de repeler oliendo vinagre. La señora Rosita fue a la manifestación porque sencillamente no le salen las cuentas. Porque sabe que esa bolsita de leche que cargaba y compartía, dejará de estar a su alcance cuando, a consecuencia de las medidas de Moreno, se encarezcan -más aún- los precios de todos los productos básicos.

Por eso cuando la policía volvió a lanzar una bomba lacrimógena y los manifestantes comenzaron a correr atropelladamente cuesta arriba, y un joven cogió a Rosita del brazo para ayudarla a huir (porque sus piernas no sirven ya para carreras); Rosita se dejó arrastrar, pero con la serenidad de los volcanes. Porque sabe que, más asfixiante aún que el gas, es la economía que le espera al Ecuador a raíz del acuerdo suscrito con el Fondo Monetario Internacional. Una economía en recesión y estancamiento, con alza de precios, insostenible para familias como la suya. Para la inmensa mayoría del país.

Para entender lo que está pasando en Ecuador hay que pensar en Rosita. Y recordar que los ecuatorianos son como sus volcanes: aparente calma, pero que alberga fuego.

Y que saben que “el reicidio” es uno de sus derechos como pueblo.

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