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La alfombra negra de los Goya

Del total de nominados/as solo un 14% son mujeres, impresiona ver cómo en el 2020 nos encontramos en esta situación. No podemos decir que sus películas no gusten, es que simplemente no están, difícilmente las nominarán si no hay nada que nominar

Es imprescindible empoderar a las jóvenes que han crecido sin referentes ¿Cómo pueden querer ser directoras de cine si no conocen a ninguna o a muy pocas?

Necesitamos un relato completo, diverso y construido por mujeres invisibilizadas ya sea por condición de género, identidad sexual, raza, origen, etnia o discapacidad

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Los Goya 2020

La alfombra roja este año se tiñe de negro. En la gala del próximo sábado en Málaga, sobre la alfombra roja de los Goya desfilarán muchos smokings, probablemente demasiados.

Este año, del total de nominados/as solo un 14% son mujeres. Desiertas de nombres femeninos están las categorías de mejor dirección, mejor guion original, mejor fotografía, mejor dirección artística, mejor música original y efectos especiales. Impresiona ver como en el 2020 nos encontramos en esta situación. Porque no podemos decir que sus películas no gusten, es que simplemente no están, difícilmente las nominarán si no hay nada que nominar.

Según la situación social y política parecería que las cifras deberían crecer año tras año. Pues no, este año las nominadas son un 4% menos que en el 2019. El cine parece ajeno a las reivindicaciones, a las medidas de acción positiva que tímidamente se aplican en el ICAA (el instituto de cine que otorga las ayudas), al clamor en las calles cada 8 de marzo, al #metoo, al desgañitarse de las profesionales que sueñan con revertir esta situación. Todo ello parece resbalarle a la industria del cine.

Si además, consideramos que los cortometrajes son el banco de pruebas de las cineastas y futuras directoras de largometrajes tampoco deberíamos ser nada optimistas. De los 15 cortometrajes de ficción preseleccionados a los premios Goya solo dos están realizados por directoras. Si no les abrimos la puerta a la industria, difícilmente podrán entrar.

Si en lugar de puertas abrimos las cajas fuertes de las producciones vemos cómo los presupuestos de las cineastas son sustancialmente inferiores a los de ellos. Pero no solo existe la brecha presupuestaria, sino que si sigue la actual tendencia prácticamente ninguna directora podrá nunca aspirar a hacer una película de gran presupuesto.

Ha llegado el momento de tomar cartas en el asunto, es urgente reequilibrar esta situación. El apoyo público, a través del ICAA, está obligado a reaccionar y hacerlo de manera contundente. Está visto que las cosas no cambian por sí solas, y la resistencia al cambio es evidente.

Cuando se habla de medidas correctoras decididas la gente se suele llevar las manos a la cabeza. ¡Qué horror las cuotas! ¡La calidad es lo importante! Y no puedo estar más de acuerdo. Eso sí, el criterio de la calidad solo se podrá aplicar cuando exista una igualdad de oportunidades efectiva. Siento decir que la meritocracia en el cine (como en muchos otros sectores), hoy por hoy es una falacia. El sistema de selección de proyectos, sea hecho por entidades públicas o privadas, niega la igualdad en el acceso. En el imaginario colectivo existe la creencia de que ellos son mejores, cerrando así las puertas a ellas. Otro fenómeno que distorsiona la percepción de la calidad es el llamado men’s club, entre los productores, ejecutivos de cadenas de televisión, seleccionadores de festivales, etc hay una clara tendencia a priorizar el trabajo de ellos.

Comisiones paritarias en las televisiones, en el Ministerio de Cultura, en las empresas de distribución son más que recomendables, pero no son garantía. Porque las mujeres también hemos bebido de ese imaginario y ahora se trata de transformar nuestra mirada para poder transformar la mirada colectiva. Es imprescindible empoderar a las jóvenes que han crecido sin referentes. ¿Cómo pueden querer ser directoras de cine si no conocen a ninguna, o a muy pocas? "Esto de dirigir debe ser imposible", piensan ellas.

Para ello, además de reformar el sistema que otorga los fondos públicos para la producción de películas, es imprescindible incorporar personas expertas en perspectiva de género que puedan alertar de aquellos contenidos, guiones o propuestas narrativas que perpetúen los estereotipos de género. Estos proyectos no se deberían poder apoyar con dinero público, y está ocurriendo.

Los comités de personas expertas en audiovisual también deben tener formación en perspectiva de género para que cuando se enfrenten al análisis de un guion puedan tener una mirada crítica sobre aspectos que tenemos culturalmente interiorizados y que insisten en los roles de género. Pero además sería muy deseable que uno de los criterios sea el de apoyar aquellos proyectos con nuevas miradas y nuevos puntos de vista. Películas que nos expliquen el mundo que tenemos delante y lo hagan desde un nuevo lugar. El lugar de las cineastas y que todavía no conocemos.

La sociedad se merece un relato donde haya diversidad de ángulos. Por supuesto que hablamos del relato desde el feminismo, y este propone otra forma de hacer y mirar el mundo, pero también hablamos de la necesidad de ver historias contadas desde ópticas que aún están vetadas por la industria. Necesitamos historias de migrantes contadas por migrantes, historias de afrodescendientes contadas por afrodescendientes, en definitiva, necesitamos un relato completo, diverso y construido por mujeres históricamente invisibilizadas, ya sea por condición de género, identidad sexual, raza, origen, etnia o discapacidad.

Y no conviene hacer un único saco de la diversidad como tampoco debemos hacerlo de las mujeres. Somos muchas y muy distintas. Necesitamos esta riqueza tanto en las historias a contar como en la mirada de quién las cuenta. Volviendo a la calidad sabemos cual es el foco que hay que encender para iluminar la alfombra roja.

En Suecia, tras conseguir el equilibrio entre directoras y directores al 50/50, su cinematografía inició un recorrido de éxitos imparable: selección en festivales de clase A, premios en Cannes, nominaciones a los Oscar, y un largo etcétera de reconocimientos. Casos como el del Instituto de cine sueco demuestran que cuando se incorpora la excelencia femenina, esta viene a ocupar un espacio habitado hasta entonces por la mediocridad masculina. Además, la excelencia masculina, que no se pone en duda, se estimula frente a una nueva competencia que hasta ahora no tenía. Ello hace que el todo incremente su calidad. Ni ellos son mejores que ellas ni lo contrario, se trata de elegir a las y los mejores, y solo entonces podremos hablar de meritocracia.

Por favor, dejemos de hablar. Ha llegado el momento de actuar.

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