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El canalillo

Calvo, con el número dos del Vaticano

Raquel Ejerique

Para escándalo de mentes perversas, Carmen Calvo acudió el lunes a la reunión con el número dos del Vaticano luciendo un top de encaje y canalillo. Días antes del encuentro se barajó que fuera vestida de Halloween, por hacer juego con la capa de Parolin y por coincidencia de calendario, pero los servicios de protocolo aceptaron finalmente que acudiera con su propia ropa y hablara incluso por su propia boca, algo que ha causado cierto revuelo entre quienes consideran que hay que ir al Vaticano a complacer y rendir pleitesía a los enviados de Dios en la tierra usando vestimentas opacas de mucho tejido. Ante los curas, hermanas, contención verbal y sujeción de escote.

Aunque se valoró la mantilla negra de viuda, se le recomendó hablar poco y dejar siempre la iniciativa al varón, finalmente Calvo optó por una actitud mucho más revolucionaria: presentarse ante su homólogo vaticano como si fuera su homóloga, la número dos de un Estado. El mismo cargo que Parolin, que valoró también antes de la visita presentarse con pitillos, suéter de lana merino y chaqueta de pana por complacer y evitar la falda, tan poco masculina. Pero al final el secretario de Estado vaticano decidió encontrarse con Calvo como es él, con su cruz y la ropa que, por estrafalaria o inapropiada que pueda parecer a algunos, es la que corresponde a su cargo y su costumbre y la que tiene en el armario.

Tampoco le ofendió a Parolin la ropa de ella, porque como los religiosos piensan en la fe y en lo divino, contra lo que creen algunos tertulianos, no andan analizando trapitos. Sí le ofendió un poco que Calvo exagerara sus palabras e hiciera creer a toda España que el Vaticano iba a poner a una manifestación de curas en la puerta de la Almudena para evitar el entierro del Franco. Pero eso es otra historia.

Parolin se mostró sobre todo solícito y amable, pese al dichoso escote, y no quiso molestar a Calvo demasiado. Teniendo en cuenta que el Estado español paga los profesores de religión, le perdona el IBI de la Iglesia, le dio facilidades para quedarse miles de inmuebles y les otorga conciertos escolares para que hagan proselitismo con nuestros hijos, la vicepresidenta podría haber ido disfrazada de flamenca y marcarse un zapateado de bulerías delante del líder vaticano de la subvencionada Conferencia Episcopal Española y él hubiera seguido mostrándose amable por deferencia con quienes tantas alegrías pecuniarias les ha dado.

La Iglesia no puede tener más que agradecimientos con el exquisito trato que ha recibido de los sucesivos gobiernos españoles hayan ido vestidos como sea, incluidos los socialistas. Es una institución que se beneficia de dinero público contra la opinión de muchos de los contribuyentes que están financiando reparaciones de catedrales, los curas de la extremaunción en hospitales o las excursiones de los monjes del Valle de los Caídos. A ellos nadie les pregunta si les molesta, como la presidenta no tiene que preguntarse si su ropa le molesta al prelado o al sistema.

Todavía hay una España que exige a las mujeres la contención y los ademanes modosos que el nacionalcatolicismo impuso como modelo femenino de la chica bien, de la mujer de su casa. Ir apropiada, no dar la nota, no ir exagerada, ni demasiado larga de escote ni demasiado corta de falda. En un acto revolucionario, en un golpe de estado de armario, la número dos de un gobierno se ha vestido como ha querido y ha hecho levantar el vuelo, despavoridas, a algunas mentes apolilladas.

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