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No es cierto lo que dijo el rey

Al pronunciarse de manera falaz y apologética sobre la tauromaquia, Felipe de Borbón se salta, sin miramientos por la verdad ni respeto por todos los españoles, los amplios límites que le permite su heredada posición

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EFE

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Felipe de Borbón, jefe del Estado español por herencia paterna y designación de Franco, entregó el otro día unos premios a un batiburrillo de destinatarios: estudiantes universitarios, toreros, banderilleros, ganaderos y, en el colmo del cinismo premiador, a un toro llamado Aperador, criado por los Domecq para acabar acuchillado en una plaza. Se llaman Premios Taurinos y Universitarios de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. La Wikipedia define a la entidad convocante como “organización nobiliaria de carácter cultural, que fue fundada por nobles locales en 1670”. Tales nobles, en su mayoría militares, eran aficionados a “lo ecuestre” y a las armas, es decir, a hacer el bruto a caballo; le otorgaron un carácter cultural para darle más caché a su campechanía de machos. Los premios, constituidos en 1964, pleno franquismo, se entregan en una carpa que se instala en el ruedo de la plaza de torturas de la Maestranza, propiedad de dicha organización. Para todo ello, los empresarios taurinos cuentan con la connivencia institucional de la Universidad de Sevilla y del Gobierno andaluz, sea este franquista, socialista o trifachito: en lo que tiene que ver con torturar toros manda el rey.

Felipe de Borbón no solo hizo con la entrega de esos premios una implícita apología de la tortura animal, sino que en su discurso de tan siniestra ceremonia faltó lisa y llanamente a la verdad, algo que un jefe de Estado no debe permitirse; al menos, no de manera tan descarada, con luz y taquígrafos. Dijo el monarca que “la educación y la tauromaquia contribuyen a dar cohesión a la sociedad”, obviando que la conciencia antitaurina es en España una larga y extendida tradición, y que, más allá del problema ético que comporta, la tauromaquia constituye un problema político, dado que supone la vulneración de derechos animales fundamentales (derecho a la vida y derecho a no ser torturado) y enfrenta a sus defensores y a sus detractores.

Si algo, precisamente, no genera la tauromaquia es cohesión, como se ha demostrado a lo largo de la historia. Intelectuales y artistas, personajes políticos, representantes de la iglesia católica y hasta reyes han mostrado su repugnancia por la sangrienta crueldad de la tortura taurina, como nos demuestra el historiador y periodista Juan Ignacio Codina, autor del libroPan y Toros, en su imprescindible recuperación de esa memoria, que debiera ser prescrito en los planes educativos para que nuestra historia no siguiera mutilada. Solo que la voz de esa tradición antitaurina, la de la España compasiva e ilustrada, ha sido convenientemente silenciada y reprimida por los poderes taurópatas. El problema político que supone la tauromaquia queda patente en la obcecación de esos poderes por defender lo indefendible, es decir, la violencia, y por impedir, de manera antidemocrática, que la sociedad en su conjunto manifieste esa repugnancia.

Al pronunciarse de manera falaz y apologética sobre la tauromaquia, Felipe de Borbón se salta, sin miramientos por la verdad ni respeto por todos los españoles, los amplios límites que le permite su heredada posición. Tal comportamiento deslegitima aún más su poder. Y más aún cuando viene a defender que lo que une a los españoles es la violencia extrema, llevada hasta la muerte, sobre individuos que sienten y padecen y que querrían huir porque quieren vivir y no ser impunemente maltratados. Qué profundas desolación y vergüenza si así fuera, si lo que nos uniera fuera el secuestro, el linchamiento, el ensañamiento, el vómito de sangre. No solo debiera callarse el jefe del Estado sobre tal injusticia (ya que no clama contra ella, lo que sería nobleza real), sino que debería evitar la tomadura de pelo que supone mezclar universidad y enseñanza con barbarie. Educación y tauromaquia es el rey del oxímoron.

Al acto falsario acompañó a Felipe de Borbón el ministro de Cultura, que ahora se llama José Manuel Rodríguez Uribes. Porque los ministros se suceden, uno tras otro, da lo mismo, sin que ninguno de ellos haga nada por acabar con la infamia de la tauromaquia, sin que ninguno de ellos se atreva a hacer justicia al nombre de su cartera. Ministros de la tortura. Eso sí es cohesión. Ministerial. Los socios de gobierno de un PSOE taurino y cómplice debieran también pronunciarse ante este nuevo atropello político. Debieran atreverse quienes han defendido un referéndum sobre la tauromaquia y han creado una Dirección General para los Derechos de los Animales y han clamado que la tortura no es cultura. No lo han hecho. En el campo de las competencias y de las estrategias se cultiva la cobardía. Y las palabras de unos y los silencios de otros condenan a los animales a un tormento sin fin, y condenan a toda la sociedad al vasallaje de la mentira, a ser súbdita de la inmoralidad, a ser sierva de la exaltación del mal. Una cohesión como una casa. Real. 

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