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Desmontar la crítica

“A veces la vida”, dice María Dueñas al comienzo de Misión Olvido, “se nos cae a los pies con el peso y el frío de una bola de plomo”.

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“A veces la vida”, dice María Dueñas al comienzo de Misión Olvido, “se nos cae a los pies con el peso y el frío de una bola de plomo”. Otras veces –esto ya no es tan cosa de María como mía, aunque quiero pensar que me daría la razón si no le fuera la pasta en ello- lo que se nos cae a los pies con el peso y el frío de una bola de plomo son las reseñas literarias, también conocidas como críticas, de algunos suplementos o revistas o diarios culturales, pesos pesados algunos de ellos y un poco, a su manera, también bolas de plomo en caída libre. De esas críticas hablaremos aquí. Las desmontaremos, las desgranaremos, las desgraciaremos, en la medida de lo posible; aquellas, al menos, que se lo están buscando.

María Dueñas es un ser un humano que un día escribe una novela. Por uno de esos misterios de la vida de los que ya nos ocuparemos en otra ocasión, el libro, nos dicen, se hace mundialmente famoso de puro bueno, se vende mejor que rosquillas, se traduce incluso al cantonés y en África todos los niños lo llevan debajo del brazo desde el destete. Es tan bueno su libro, fíjense lo que les voy a decir, que ya puede versionar la Dueñas el Mein Kampf que siempre será perdonada.

Esto es, es decir, o sea: que la novela puede que sea una basura pero estén tranquilos que no se van ustedes a enterar de tan dobladita que se la van a meter.


En mi humilde opinión la gran ventaja que ofrecen las novelas de María Dueñas es la de saber con bastante acierto lo que uno va a encontrarse entre sus páginas sin tener que levantar una ceja. Esto vale un potosí entre otras cosas porque te deja muchísimo tiempo para planchar o llevar los niños al parque. Por otro lado, y siguiendo con el chiste, la gran ventaja de las reseñas de ciertos diarios es la de saber exactamente lo que dirán de una novela que no se habrán leído, tirando por lo alto, ni el diez por ciento de los reseñistas. Está claro: leer a María Dueñas son todo ventajas. Personalmente me parece cojonudo que esta buena mujer reviente el mercado con sus recuerdos de infancia hasta el punto de poder ponerse grifería de platino en el jardín. Mi más sincera enhorabuena por ello. Lo que me toca un poco la moral, digamos, es que toda la crítica le baile el agua porque sí.

Entrando en materia, tanto la crítica que hacen, en este caso, El Cultural como el Abc, deja cristalino a aquellos que amen el inmovilismo intelectual de nuestras ya no tan jóvenes promesas que la segunda novela de María Dueñas es un calco de la primera: “repite la fórmula, asegura El Cultural, “del esquema narrativo útil para exponer temas”, lo que se traduce como que lo mismo da leer la novela en cuestión que los patrones del Burda, esto es, que no es arriesgar la inversión ser medio lelo. Este mismo crítico se atreve a ir un poco más allá a medida que va cogiendo confianza en sí mismo llegando a alabar el “tono narrativo envolvente” (“incuestionable”, añade) y el estilo “dúctil”. Agradece que uno pueda conducirse por ella con facilidad y asegura que les hará felices (a todos ustedes, sí) su lectura. Armado de un inesperado valor reconoce que no es una gran historia, que hay muchas digresiones, que no tiene facilidad para lo dramático, ni para la creación y desarrollo de los personajes pero que igualmente, no se apuren, se encontrarán con una novela la mar de simpática y, concluye, complaciente. Pues vale.

Esto es, es decir, o sea: que la novela puede que sea una basura pero estén tranquilos que no se van ustedes a enterar de tan dobladita que se la van a meter.

El Abc coincide en el tono, la idea y la marca de vaselina. Destaca por encima de todo la “pasmosa naturalidad” del arte escribiente de la muchacha. Con “pasmosa” no sé si quiere decir que no está acostumbrado, el crítico, a leer novelas que cumplan un mínimo de calidad o que la narrativa española no pasa por su mejor momento, lo que por otro lado tampoco es ninguna novedad. Esto tan aparentemente normal es la excusa que necesitan los del Abc para perdonarle a Misión Olvido el pecado capital de Caer En El Tópico, que es, como pecado literario, peor incluso que matar una madre. Se aseguran, eso sí, de recordarnos por activa y por pasiva la fluidez de la narración y el interés que despierta una intriga sentimental, no vaya uno a confundir esta novela con el Ulises al cogerla de la estantería.

El resto del tiempo este Abc cae en lo mismo que caen todos los que tienen que defender lo indefendible: nos cuenta, en 800 palabras, el argumento, acordándose de destacar un montón de frases que no significan ni aportan absolutamente nada y por lo tanto conseguirán del lector, sin duda, aquello que se espera de él: que afloje la cartera y no le dé muchas vueltas al asunto. A veces parece que se trate más de vender libros color crema que vayan bien con las fotos de la comunión del niño que algo más perdurable.

El final de la reseña de El Cultural es de un perdonavidas vomitivo. Lo primero que hacen es reconocer que nos vamos a olvidar del libro según lo cerremos (“No es […] un relato histórico que prosiga más allá de lo contado”) pero insisten, porque para el crítico debe de ser algo muy importante, que sí sabe discurrir la narración con fluidez, que sabe desplegarse y dosificar su tensión hasta alcanzar el final QUE NECESITA, signifique esto lo que se signifique, que por más vueltas que le doy no acabo de entenderlo. Y termina exclamando (exclamando, nada menos): “¡Y no es poco disponer de estos avales!” , como si a su alrededor todo fuera mierda y María Dueñas un salvavidas. Nivelón del crítico. Hace falta tener poca vergüenza.

Qué puta manía, de verdad, ese continuo hacernos creer que no hay mejor lector que el lector imbécil, ni mejor prosa que la de dictado, ni mejor aval que la mediocridad.

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