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La poesía es salud

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¿Lees poesía? ¿Te gusta? ¿Te van los autores clásicos? En resumen, ¿te cuidas ese cuerpo lozano? Sí, has leído bien. ¿Te lo cuidas? Se acaba de confirmar algo que todos intuíamos cuando cada noche nos íbamos a dormir: la poesía clásica es para el cerebro lo que el bífidus activo para las arterias. La Universidad de Liverpool está a punto de presentar en una conferencia los resultados de un concienzudo, ambicioso y anhelado estudio sobre el impacto de la lectura de poesía clásica en nuestro cerebro. El Daily Telegraph nos ha adelantado algunos de los detalles del trabajo y de sus conclusiones, así que esto es lo que podemos decir por ahora:

poesía

Primero: para hacer un trabajo de esta naturaleza se necesitan autoridades versadas en ciencia, literatura y psicología, y que fluya en armonía, cómo no, el poder del conocimiento; segundo: son treinta los voluntarios que se han sometido al experimento pisco-científico-literario; tercero: algunos de los autores leídos fueron Philip Larkin, John Donne, Henry Vaughan y Elizabeth Barrett Browning; y cuarto: la conclusión parece ser demoledora. Cuando se da lectura a poemas en los que aparecen palabras inusuales o poseen una sintaxis más compleja, como ocurre en muchos de los textos clásicos, el hemisferio derecho del cerebro se activa muy especialmente y contribuye a reflexionar sobre nuestras propias vivencias y a entenderlas desde otra perspectiva.

Según el responsable de presentar el estudio, la poesía clásica “es más útil que los libros de autoayuda”. Repito: la poesía clásica es más útil que los libros de autoayuda. Y aclara que “no es solo una cuestión de estilo. La descripción profunda de experiencias añade elementos emocionales y biográficos al conocimiento cognitivo que ya poseemos en nuestros recuerdos”.

Al parecer, los resultados obtenidos han motivado a estos científicos, psicólogos y expertos en literatura, y tienen pensado ahondar aún más en el asunto. Les interesa desentrañar qué efectos han podido tener las revisiones de los clásicos de la literatura en la actividad cerebral. Aun así, a pesar de lo saludable del asunto, nadie ha hablado todavía de que el médico de cabecera pueda recetar la lectura de John Donne o Philip Larkin. Tampoco si la Seguridad Social cubriría los costes. 





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