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Nosotros, los políticos

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Una encuesta revela el creciente escepticismo en EE.UU. ante los programas de inteligencia

A Obama le está costando sacar adelante su nueva ley de salud por la presión de las industrias sobre los congresistas

A veces es difícil resistirse a la tentación de pensar que para arreglar la política basta con arreglar a los políticos. Que existen dos o tres fórmulas sencillas, dos o tres tornillos evidentes que apretar, para que la maquinaria democrática funcione como es debido: listas abiertas, primarias sin restricciones, diputados sin disciplina de voto, declaraciones de bienes, leyes de transparencia, escaño 110, ministros sin coche oficial, alcaldes sin sueldo, concejales sin paro. ¿Ves como no era tan difícil?

Pero quizá las cosas no sean tan sencillas, tan blancas y tan negras. Si lo fueran, seguramente no necesitaríamos ni la política, ni a los políticos.

Las listas abiertas parecen sobre el papel una buena idea, y es muy posible que lo sean. Que los ciudadanos puedan elegir directamente a sus representantes tiene que conducir necesariamente a que aquéllos que mejor lo hacen sean reelegidos y que quienes fallan, reciban su justo castigo.

Pero, ¿ocurre eso en el Senado, donde está implantado este sistema? ¿Pueden los lectores recordar los nombres de los senadores a los que votaron en noviembre de 2011? [conste que he hecho la prueba conmigo misma, como el alcalde de Málaga con su barreño de agua, y que como él estoy dispuesta a repetirla ante notario]. ¿Saben que un tal Bárcenas fue durante dos legislaturas el senador más votado en Cantabria, sin haber pisado apenas la comunidad?

Igual pasa con la disciplina de voto. Que nuestros representantes públicos puedan votar en conciencia suena también a algo de cajón. Si no, ¿para qué queremos 350 diputados en el Congreso, cuando bastaría uno de cada partido para darle al botoncito? Pero entonces, ¿tendría que redactarse un programa electoral para cada parlamentario? ¿Cómo sabríamos qué ideas estamos votando? ¿Cómo controlaríamos el transfuguismo? ¿No serían nuestros políticos más vulnerables ante la presión de los lobbys, o ante los intentos de soborno? ¿Podríamos frenar los tamayazos? ¿Por qué le está costando tanto a Obama sacar adelante su reforma sanitaria, si no es, precisamente, por la influencia que las grandes aseguradoras y la industria sanitaria -y sus generosos donativos de campaña- ejercen sobre los congresistas y senadores de EEUU, ya sean republicanos o demócratas?

Pero entonces, ¿la solución son las listas cerradas, el ordeno y mando de las cúpulas de los partidos, las votaciones dirigidas por un dedito, dos deditos o tres deditos del portavoz de turno? Pues tampoco. No es fácil encontrar una respuesta porque muy probablemente nos estemos equivocando en la pregunta. La verdad no siempre está ahí fuera (lo siento, Mulder), sino muchas veces bajo nuestras propias narices. Porque mientras, día sí y día también, le hacemos con toda la razón la autocrítica a nuestros políticos, como dicen los cubanos, nos olvidamos de un ingrediente básico en esa política que nos parece casi siempre tan hedionda: nosotros. We the people.

Nosotros también somos el sistema. Y ejercer la verdadera democracia nos obliga a un esfuerzo que no siempre estamos dispuestos a realizar, y que tampoco nos ponen precisamente fácil. ¿Quién tiene tiempo de leerse el tocho de programa electoral de los partidos? ¿Y de seguir los plenos del Congreso, cuando podemos reírnos con la última metedura de pata de Mariló Montero? ¿Consultaremos la actividad de los diputados antes de poner la cruz en la papeleta: sus datos de asistencia, las preguntas que ha realizado, las propuestas que ha encabezado, su postura en cada votación? Sí, parece un auténtico coñazo pero, ¿existe una receta mejor? Como en el fútbol, no basta con escribir el reglamento para que los jugadores dejen de darse patadas. Tiene siempre que haber un arbitro vigilante, silbato en mano, preparado para sacar del campo a quien se pase de la raya.

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