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Seguir diciendo, seguir diciéndonos

Cervantina es una mirada al más clásico de nuestros clásicos en el año de su centenario, Miguel de Cervantes. Los clásicos, sí, ese asunto. Dice Luis de Tavira que un clásico es aquél que  “aún no ha terminado de decir lo que comenzó a decir"

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El Festival de Niebla acoge este sábado la obra 'Cervantina' de la compañía Ron Lalá

El Festival de Niebla acogió la obra 'Cervantina' de la compañía Ron Lalá

El Festival de Teatro y Danza “Castillo de Niebla” alcanza este año su treinta y dos edición. El Festival es uno de los más importantes del panorama veraniego nacional y mantiene  una oferta de calidad y un público fiel. En esta edición, además de la programación oficial, se inicia un programa de actividades paralelo, “Atrévete”, compuesta por espectáculos de calle y propuestas escénicas de pequeño formato, que pretenden abrir el festival a los iliplenses y completar la oferta artística. Este nuevo programa arrancó el pasado jueves con dos espectáculos de calle:  uno familiar, “En busca del gran tesoro” de Vagalume, y otro de danza, “A pie de calle” de Daniel Doña. A pesar de lo diverso de las propuestas, el público acudió a ambas y de ambas disfrutó. La noche se remató con “Oh vino”, un recorrido humorístico por la historia del zumo de la vid que provocó las carcajadas de los asistentes, que llenaban en el patio de caballerizas del propio castillo.

Este sábado, la segunda cita de la programación oficial fue con “Cervantina”, espectáculo de Ron Lalá coproducido por la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Cervantina es una mirada al más clásico de nuestros clásicos en el año de su centenario, Miguel de Cervantes. Los clásicos, sí, ese asunto. Dice Luis de Tavira que un clásico es aquél que  “aún no ha terminado de decir lo que comenzó a decir, lo que a través de la historia ha llegado a nosotros para comunicarnos si nosotros hacemos algo para dejarnos decir lo que sólo a nosotros puede decirnos en la zozobra de nuestra actualidad" y Ron Lalá lleva años haciendo a un puñado de clásicos seguir diciendo, diciéndonos. Y no sólo a unos cuantos –y muchas veces supuestos- interesados en ellos, sino a todo tipo de públicos. El éxito de la fórmula “ronlalera” es tan fácil de enunciar como difícil de llevar a cabo: un amor y un conocimiento (¿pueden existir el uno sin el otro?) profundos de nuestro Siglo de Oro, un afinadísimo olfato para la comedia en todas sus variantes (desde el gag visual al chiste verbal, desde lo farsesco a lo más elevado), lucidez para encontrar puentes y paralelismos entre nuestro presente y el de ellos,  cinco intérpretes que dibujan con trazo leve pero firme un amplio abanico de personajes, una música vital, festiva e interpretada en directo por los propios actores, un ritmo escénico que no te deja pestañear (porque el ritmo es el cambio de ritmo) y una escucha de la respiración de esa criatura colectiva  que llamamos el público que les hace saber en cada momento cómo y dónde colocar la réplica para hacerlos disfrutar.

La función se compone de distintas escenas sutil pero hábilmente ensartadas. Todas ellas con adaptaciones de la compañía a partir de textos pertenecientes a los Entremeses, Novelas ejemplares y  algunas obras aún menos conocidas de Cervantes porque, como ellos mismos dicen en escena, Don Miguel está en boca de todos, pero en lecturas de muy pocos. Los actores representan indistintamente a los personajes masculinos y los femeninos, sacando del “travestismo” toda la comicidad posible, y con sencillos elementos escénicos se va dibujando una travesía de noventa minutos por el universo cervantino. Un universo en el que predomina la crítica de costumbres del siglo XVII y que hoy, cuatrocientos años después, nos es familiar porque la estupidez, la soberbia, la avaricia, la hipocresía, el egoísmo son fieles compañeros de los humanos. Para reforzar esta idea, se incorporan alusiones a la actualidad que el público agradece y festeja.

La superposición de dos siglos

Estéticamente la propuesta escénica apuesta por la sobriedad escenográfica, acompañada por un atrezzo intencionadamente “teatral” y un vestuario base de color negro sobre el que los intérpretes van incorporando prendas coloridas. No hay, pues, aspiración de realismo sino de provocar la imaginación del espectador ofreciéndole al mismo tiempo las dos capas de la ficción: el intérprete y el personaje que representa en cada momento; como un trampantojo del que soy y el que juego a ser, como la superposición de dos siglos, el XVII y el XXI, que no pretende engañar al ojo que mira sino hacerlo cómplice. Para que la propuesta funcione, se nos antoja fundamental el trabajo de iluminación que crea y realza ambientes y espacios, manteniendo el mismo código de huida de cualquier tentación de realismo.

También es de destacar, y no suele hacerse, el solvente trabajo del equipo técnico, en un lugar que, como todo espacio escénico al aire libre, es maravilloso para el espectador,  pero entraña sus dificultades de montaje y ejecución del espectáculo. Pero, sobre todo, la pieza se basa en sus cinco intérpretes que, bajo la batuta de Yayo Cáceres, despliegan un abanico de recursos interpretativos apabullante para tener al público enganchado  y hacerlo reír de principio a fin. Una maquinaria cómica perfectamente engrasada que cuenta y canta a Cervantes, deleitando. A título personal, lo que es lógico en una obra hecha de piezas sueltas, me interesó algo menos el Hospital de los podridos y habría agradecido un poco más de desarrollo en esa reflexión sobre el final de la pieza basada en El extremeño celoso en contraste con el final del entremés El viejo celoso.

Al terminar la función, todo el público aplaudió puesto en pie la pieza y obligó a los intérpretes a saludar y marcharse haciendo un bis de su última canción que dice “no hay vacuna ni aspirina/ que cure la cervantina”. Y parece que no, que no la hay. A Dios o, mejor, a los ronlaleros gracias.

CERVANTINA. Castillo de Niebla. 16 de julio de 2016.
Intérpretes: Juan Cañas, Íñigo Echevarría, Miguel Magdalena, Daniel Rovalher, Álvaro Tato. Dirección literaria: Álvaro Tato. Dirección musical: Miguel Magdalena. Vestuario: Tatiana de Sarabia. Iluminación: Miguel A. Camacho, Escenografía y atrezzo: Carolina González. Diseño de sonido: Eduardo Gandulfo. Ayudante de dirección: Fran García. Versión, composición musical y arreglos: Ron Lalá. Dirección: Yayo Cáceres. Es una coproducción CNTC/Ron Lalá.
Duración: 1h 30 minutos. Aforo: Lleno.

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