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ARAGÓN

Ecosistemas de conocimiento abierto contra el colonialismo 2.0

Hace casi un siglo ya se utilizaba la idea de la sociedad como un sistema interconectado y auto-organizado. Fue utilizada como un discurso para justificar el colonialismo del Imperio Británico. Hoy, la punta de lanza de esta idea es la smart city como un organismo vivo interconectado al servicio de un status quo neoliberal. Frente al discurso de una organización interconectada diseñada de forma centralizada, rescatamos la idea de ecosistema aplicado a lo social como una forma de analizar, no sólo cómo se interconecta un sistema, sino qué mecanismos tiene para conectarse con su realidad material

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En los años 20 del siglo pasado el botánico y socialista británico Arthur Tansley, inspirado en la idea de Freud del cerebro como una compleja máquina de unidades eléctricas interconectadas y reguladas entre sí, propuso describir los sistemas naturales como sistemas interconectados en los que diferentes especies y procesos se regulan y equilibran mutuamente según leyes universales. Más adelante, Tansley plasmó esta idea en el concepto ecosistema.

Poco tiempo después, el general sudafricano Jan Smuts elaboró algunas ideas similares en una teoría mucho más ambiciosa a la que llamó holismo. Smuts defendía que la naturaleza y la sociedad se organizaban como una serie de sistemas que se integraban en otros sistemas holísticos mayores. Igual que las células de un organismo, o los electrones orbitando alrededor de un átomo, las diferentes partes del sistema se ponen al servicio de un orden mayor de forma desinteresada. Smuts proponía trasladar este “orden natural” a la política humana, las diferentes partes del sistema debían integrarse y actuar para preservar un macro-organismo mayor. Curiosamente, Smuts fue uno de los hombres más poderosos en el Imperio Británico, conocido como un “firme defensor” de los derechos humanos (autor del primer borrador del preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas en 1945) a la vez que reprimía brutalmente a la población negra sudafricana, sindicalistas y activistas políticos, siendo recordado como el general que encarceló a Gandhi.

Tansley criticó duramente las ideas de Smuts y sus seguidores, acusandoles de crear una filosofía de la naturaleza y su auto-organización con el objetivo de justificar la opresión de los sudafricanos negros y un orden social (el establecido por el Imperio Británico). Frente al holismo de Smuts, Tansley defendía su concepción de un ecosistema [1], en la que no hay un todo o un “organismo” último al que pertenecer, sino que la vida está basada en el mantenimiento mutuo entre las diferentes capas que lo componen: los ciclos climáticos, el mantenimiento de superficies fértiles, y las especies vegetales y animales participan en un proceso cooperativo en un equilibrio dinámico, sin que esto signifique que diferentes especies se fundan en un macro-organismo único.

La metáfora de la sociedad como un sistema auto-organizado y en red ha perdurado con fuerza y en la actualidad es inmensamente popular. La retórica de la smart city es hoy la punta de lanza de este discurso. Mediante soluciones inteligentes, podemos introducir tecnologías que permitan interconectar ciudadanos y administraciones, impulsar la participación ciudadana, mejorar la comunicación, etc. permitiendo a sociedad civil e instituciones regularse en mejores formas de gobernanza. No es raro escuchar la metáfora de que la smart city piensa la ciudad “como un organismo vivo”. El problema es que, a menudo, las soluciones propuestas han venido de la mano de grandes multinacionales o de gobiernos poco interesados en una participación democrática real.

En la práctica, la smart city no impide prácticas predatorias: apropiación por parte de grandes multinacionales de datos ciudadanos para su explotación, exclusión social tecnológica o entrada de grandes multinacionales en la gestión de lo público. Si la ciudad inteligente es un organismo vivo, su centro de operaciones está peligrosamente en manos del antiguo status quo de intereses empresariales y políticos. Igual que en la Sudáfrica de los años 20, una ideología de progreso basado en las redes y la autoorganización social se usa para justificar un sistema de dominación.

Aún estamos a tiempo de plantear un enfoque alternativo y superar una visión de la tecnología y las redes como un instrumento al servicio de un superorganismo controlado desde el poder político y empresarial. En su lugar, la metáfora del ecosistema nos permite pensar en mecanismos para sostener y regular nuestras vidas de forma cooperativa y distribuida. ¿Cómo podemos mantener un suelo fértil que permita a cada persona acceder y cultivar la tecnología, los datos y el conocimiento para pertenecer a una sociedad del conocimiento? ¿Cómo implementar una economía social para defendernos y cuidarnos de los envites climáticos de las crisis financieras? ¿Cómo poner en marcha mecanismos que nos permitan intervenir para que nuestras instituciones no sean tomadas contra nuestra voluntad por “parásitos” políticos?

La metáfora de la ciudad inteligente sólo es liberadora si viene con los mecanismos que nos permitan organizarnos aprovechando la pluralidad, la diversidad y la autonomía de la ciudadana. Frente a una smart city diseñada de forma centralizada, necesitamos mecanismos de libre acceso a los bienes comunes (datos, conocimiento, tecnología), formas de democracia directa y formas de economía al servicio de la sociedad, abiertas y colaborativas. Si las políticas “smart” no permiten la conservación y desarrollo de un ecosistema social cooperativo y compartido, no podrán ir más allá de una suerte de colonialismo 2.0.

Miguel Aguilera

@pinkorad

 

[1] Tansley, A. G. (1935). The use and abuse of vegetational concepts and terms. Ecology, 16(3), 284-307.

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