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ARAGÓN

Morir bien es huir del peligro de vivir mal

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Siempre me apasionó la vida de Séneca, porque goza de todos los componentes que uno desea encontrar en los libros leídos y en aquellos soñados: pasión, traiciones, poder, amor, sabiduría, locura, odio y un final que de tan estoico es pura épica. Séneca rozó los cielos y acarició el infierno, pero los dos momentos eran igual de vitales y con la misma conciencia había que vivirlos, porque una vez que desaparece la infancia, la vida de cualquier forma es ya demasiado corta.

En algún momento de su vida escribió: “No tiene importancia morir más pronto o más tarde; tiene importancia el morir bien o mal, mas el morir bien es huir del peligro de vivir mal”. He querido llegar hasta estas palabras escritas por Séneca, porque considero que son la razón de la vida: “el morir bien es huir del peligro de vivir mal”.

Tantos y tantos siglos después de que Séneca expusiera este principio, sociedades avanzadas, cultas y libres como la nuestra todavía tienen reparos éticos, morales, culturales y espirituales en abordar un debate que existe sumergido y silenciado sobre la muerte y el morir, un debate que entre todos deberíamos encajar, porque a nadie se le puede exigir que siga viviendo cuando la vida se ha convertido en una carga imposible de soportar.

Yo, que discurro por ese tiempo que se establece entre la juventud y la vejez, me sigo preguntando la razón de por qué la jerarquía eclesiástica siempre se ha mantenido en contra de la eutanasia y ha hecho de ella un discurso ideológico y politizado, cuando el derecho a morir dignamente solo tiene que ver con la voluntad de no querer vivir mal. Sin embargo en nuestro país cuando se trata este asunto se impone la visceralidad a la racionalidad y parece necesario mantener al ser humano temeroso de su muerte y esclavo de la vida, para que todo siga dependiendo de la voluntad de un dios que es dios y solo dios.

No es progresista desear morir bien para dejar de vivir mal, solo es humano y una decisión individual, porque de la misma forma que anhelamos sociedades en las que nadie sea obligado a morir contra su voluntad, tampoco se puede obligar a alguien a vivir cuando su vida ya no le pertenece, cuando la enfermedad o el delirio han secuestrado su existencia.

Séneca decía: “Hemos navegado, Lucilio, durante la vida, y como en el mar, tierras y ciudades se retiran”. Hace unos cuantos años en el lateral izquierdo de una cama de hospital sujetaba la mano de un hombre que viajaba sin miedo y con decisión en dirección a la muerte. Los latidos se fueron distanciando y su gesto, de obsceno dolor, se fue pacificando y yo casi rezaba para que se fuera cuanto antes, porque deseaba dejar de verlo sufrir y porque lo que de su vida era bello estaba ya escrito. Querer que alguien muera cuando el dolor y el terror asola su gesto y sus minutos no nos hace malas personas, muy al contrario.

Y entre lágrimas asumimos el valor de mirar a la muerte frente a frente.

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