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Periodismo a pesar de todo

Rosa María Artal

Periodista y escritora. En 2008 terminé una larga carrera en TVE. Como presentadora de informativos mis destinos han sido TVE Aragón -en donde comencé-, TD3 de la Primera en el 83, Informe Semanal y Telediario Internacional. En RNE dirigí el programa de las noches de los sábados Dos en la Madrugada. Y colaboré en el de Andrés Aberasturi, La leyenda continúa con El diario de una mujer alta. He publicado varios libros, de literatura y periodísticos. Destaco entre estos últimos, 11M-14M, onda expansiva y España, ombligo del mundo que salió en noviembre de 2008. En el último año promoví, coordiné y escribí un capítulo de Reacciona, el libro de no ficción español más vendido en 2011, y lo mismo con Actúa, su evolución, publicado el 12 de abril. Así mismo, escribí La energía liberada, con una amplia descripción de la crisis, sus causas y sus soluciones.

El pucherazo Cospedal y sus siervos mediáticos

María Dolores de Cospedal perpetró [ayer] con su mayoría en las Cortes de Castilla La Mancha una reforma electoral, la segunda en menos de tres años, en el sentido habitual: favorecer al PP.

“Primero aumentó los diputados autonómicos de 49 a 53, dando más escaños a las provincias donde el PP consigue más votos. Y ahora, como ni siquiera así tenía garantizado ganar, ha reducido los escaños hasta solo 33”, explica Ignacio Escolar, en este documentado artículo del que extraeré varios argumentos.

“Que el nuevo diseño favorece claramente al PP no es una opinión: es un dato sencillo de demostrar.  Hemos hecho una simulación tomando como base los resultados de las elecciones europeas (GRÄFICO). Hemos calculado cómo quedarían las Cortes de Castilla-La Mancha dependiendo de qué ley electoral se aplique. En las europeas, el PP fue la fuerza más votada en esta comunidad autónoma, pero solo consiguió el 37% de los votos. Con la reforma que aprobó la propia De Cospedal en 2012, el PP perdería la mayoría absoluta. Con su segunda reforma, la mantendría con comodidad”, añade el director de eldiario.es. Para quien lo que ha hecho Cospedal es “un escándalo que tendría que indignar a cualquier ciudadano con el más mínimo respeto por la democracia, sea cual sea su color”.

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Posibilismo, nadando a favor de la corriente

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El día que firmó la salida de un trabajo al que adoraba por un ERE, un responsable le dijo: menos mal que estábamos nosotros. Y lleva varios años preguntándose qué diferencia –sustancial- supuso esa eventualidad. Se trataba de cumplir una misión ingrata, traumática, y se hizo. Por estar ellos allí, aceptaron el despido de muchos profesionales y varios aditamentos más que de aquello se derivaban para el buen entendedor. Estas cosas no suelen venir solas.

 La disyuntiva se planta una y otra vez de frente en nuestras vidas: lo bueno o lo menos malo, el todo o “al menos” una parte. El posibilismo tiene excelente prensa, habla de negociación y se delimita sobre todo por a qué se opone, según sus partidarios. A radicalismo, extremismo, fundamentalismo (que no son sinónimos).  Implica, como definición, aprovechar las opciones que existen para solucionar conflictos aunque no sean del agrado de quien termina por utilizarlos. Los posibilistas piensan que deberían obrar de otra forma, pero un estamento o moral superior les induce a proceder contra su voluntad.  Sin traumas, terminan viéndose muy responsables al mirarse en su espejo.

 Lo esencial en todos los casos es el papel que el posibilista se otorga a sí mismo. Menos mal que está él allí. Y por ese protagonismo se erige en juez o ejecutor de asuntos de gran trascendencia, dado que el posibilismo cuenta con grandes adeptos en la política o el sindicalismo, por ejemplo. No solo, muchos periodistas lo practican con fruición diciéndose que otros en su lugar aceptarían mayores manipulaciones.   

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Lo utópico y lo pragmático

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La congregación lo tiene claro: las propuestas de Podemos y la izquierda en general son irrealizables. Id y comunicad la sentencia de la alta magistratura por los cauces habituales. Y la consigna vuela en todos los tonos, desde la condescendencia a la amenaza e incluso la desesperación. Alguna mosca entre los votantes se pegará al reclamo impregnado de miel. O de hiel.

 Lo auténticamente quimérico hubiera parecido un sistema en el que se paga con dinero de todos el rescate a los bancos por sus malas prácticas. Y que, como sucedió este mismo lunes, se regale prácticamente Catalunya Banc al BBVA perdiendo casi 12.000 millones de euros procedentes de nuestros impuestos, a los que prevén añadir no menos de 300 millones más para cubrir distintos pufos como las preferentes o las cláusulas suelo. Que se prime –y se logre- en general el enriquecimiento desmesurado de unos pocos a costa de la mayoría. Y ahí lo tenemos. Lo irreal era imaginar que ciudadanos adultos aceptaran una merma radical de sus condiciones de vida sin rechistar, como así han hecho. Que permitieran la rebaja de sus sueldos, el restringir la comida de sus hijos o cercenarles el futuro. Devaluar su educación, repagar en sanidad llegando a prever que si cae una enfermedad cara te puedes dar por muerto si no tienes dinero para curarte. Ilusorio resultaba que personas poseedoras de unos derechos, unos servicios y una vida perdieran tanto y no montaran un auténtico escándalo. Que bajaran la cerviz ante el brutal aumento de las desigualdades que han traído políticas deliberadas para llegar a ese fin. Pero ha sucedido.

 A cualquiera que le hubieran dicho hace 5 años que tragaría lo que ha tragado, no lo hubiera creído. Sería digno de ver cómo se expresan los ejecutores en sus reuniones, deben estar asombrados de que cuele tanto atropello, tanta mentira, tan burdas consignas. A alguno de ellos –como Santamaría o Montoro- hasta se le escapa a veces una risa burlona.

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El electorado que no amaba al PSOE

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Pedro Sánchez junto a Alfredo Pérez Rubalcaba celebran su victoria.

Seamos sinceros, a todos nos ha pasado alguna vez. Y en todo caso, un amigo, una amiga, personas desconocidas incluso, nos han relatado –en cualquier noche entre lágrimas- la tragedia que nosotros habíamos experimentado. Conocemos la dolorosa experiencia: él, ella, nos ha dejado.

 Hicimos lo mejor para que se quedara, pero se fue. Si acaso aquella vez que el jefe se puso imposible y, en lugar de plantarle cara, tragamos con recortar nuestas promesas y con ellas nuestra relación (él para estas cosas es muy íntegro). No era algo drástico, todavía nos solazábamos con gratificantes encuentros fruto de la atracción, pero indicaba un síntoma. Luego, pues sí, eso de reformar la Constitución en tres días y tres noches a pachas con el odioso rival estuvo muy feo. Y no digamos consagrar que ninguna de nuestras necesidades, ninguna, ni comer, ni la salud, ni la educación, eran más importantes que pagar a los especuladores. Supuso un golpe muy serio. Él se enfadó, razonó, apeló, pero persistimos en la decisión y comenzó a distanciarse. Notábamos su frialdad, su desinterés, esos síntomas inequívocos que indican el fin de lo que había sido probablemente un gran amor. Cuando adivinas en él algo que empieza a huir y no quieres entender.

 En estas ocasiones una echa mano de lo que tiene, en los casos más extremos hasta de la antigua Oreja de Van Gogh que ya es ponerse en lo peor, pero para una situación tan dramática nada como el dolor descarnado de lo más clásico. Tangos, boleros y rancheras son insustituibles. Y te cansas de rogarle, con el llanto en los ojos, alzando tu copa y sintiendo que tu vida se pierde en un abismo profundo y negro como tu suerte –un poco menos porque algo se gana con estas decisiones pragmáticas- pero estaba escrito que aquella noche perdieras su amor.  Y lo pierdes.

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Mariano Rajoy, récord histórico en demolición de un Estado Social

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Quienes acusan a Mariano Rajoy de ser tonto, decir insensateces o “no haber tomado la medicación”, confunden conceptos con tierna ingenuidad. Se puede ser mediocre, acumular muy escasa cultura y curiosidad intelectual, poseer incluso poco criterio en asuntos generales y tener muy claro el objetivo de sus esfuerzos. Existen numerosos ejemplos de este tipo de personalidad, en la historia de España en particular. Mariano Rajoy sabe perfectamente lo que hace: lo que se propuso, ha conseguido destruir el Estado social y el modelo de convivencia que teníamos, en apenas dos años y medio. Un maestro con la piqueta. Va quedando menos tiempo y como, a tenor de sus actuaciones, el Parlamento le sobra, ha comenzado a esprintar.

 En el último Consejo de Ministros, el 5 de Julio, el gobierno llegó al colmo del abuso del Decreto Ley al aprobar de golpe decenas de medidas sin pasar por el Congreso. El Decreto Ley está previsto, según la Constitución, solo para casos de “extraordinaria y urgente necesidad”. Ni siquiera existe en los países con gran tradición democrática, y, cuando como Obama estos días se utiliza, piden excusas. Pero el equipo de Rajoy lo ha usado con profusión hasta llegar a este macropaquete de 172 páginas del BOE, como si hubiéramos sufrido el impacto de un meteorito de monumentales proporciones y hubiera que hacer frente a graves emergencias. Entre el sinfín de medidas, hay algunas de tan extrema y perentoria necesidad como privatizar el Registro Civil. Y de paso privatizar nuestros datos para que el Libre Mercado, o quien sea, tenga una sólida base de información. Y casi nadie se ha inmutado, eso es más alarmante aún. Algunos sí, calificando los hechos de “ escándalo democrático”. Lo es. 

Curiosamente, mientras leía esta noticia, los informativos irrumpieron con la vomitona propagandística de Rajoy en FAES que los medios compraban sin rechistar. Vivimos, con su gestión, en el mejor de los mundos. La sanidad es hoy más universal que nunca. No ha acabado con el Estado del Bienestar, sino que lo ha potenciado. Más aún, en España, gracias a él, disponemos de uno como no lo tiene casi nadie en el mundo. A Rajoy no le importa pasar ni por tonto ni por mentiroso -lo revierte  a su favor-, sabe a quién dirige sus palabras. Con asegurar los votos precisos para ganar, el resto no cuenta. Nada, ni nadie cuentan, solo sus fines y los de los suyos. Y eso lo viene cumpliendo con la máxima eficacia. Inigualable.

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Podemos, un impacto en aguas estancadas

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Estanque Parque de la Fuente del Berro, Madrid

El éxito electoral de Podemos parece haber caído sobre un estanque de aguas encharcadas y no precisamente limpias. Cuando la corriente fluye, cualquier incursión en el cauce –una piedra, una rama– apenas se percibe. En la quietud, en cambio, supone una auténtica convulsión, la superficie se agita en círculos desplazando lo que era estático. Ese efecto, ocasionado por Podemos, revela la grave anomalía que vivimos en España. Ha sido el catalizador de una política podrida y hedionda, la sociedad que la sustenta –o la sufre–, y los medios que la amparan –o la critican–. En todo caso, no es normal en un país equilibrado que un partido nuevo –con cinco europarlamentarios– produzca semejante cataclismo. Indica una preocupante disfunción.  

Circulos expansivos que empujan lo aposentado, lo largamente acumulado, a otra ubicación. Primero fue la Corona, la Jefatura del Estado. Había razones, pero el apresurado relevo de Juan Carlos se precipitó en parte por el resultado electoral que preveía más turbulencias.

Izquierda Unida se encuentra en plena zozobra. Dado que el PSOE no recogía electoralmente el malestar por la política practicada por el PP, las miradas se volvieron a IU. Un momento único porque pocas veces como ahora un gobierno ha trabajado tan intensamente en la  demolición del Estado del Bienestar, de lo público, y del propio sistema social en el que vivíamos. Y, aunque subieron en votos, no fueron los depositarios del descontento y de las esperanzas de la sociedad como sí ocurrió con Podemos.

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El sistema que quiere destruir Podemos

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Nada ha concitado más unánime odio y miedo en los últimos tiempos que el triunfo electoral de Podemos. Mentes preclaras como las de los populares Floriano, Aguirre o Cifuentes han liderado los exabruptos a la formación que consiguió 5 escaños en los comicios europeos cuando ellos no lo esperaban. Las jóvenes apuestas rubalcabistas del PSOE andan en parecida zozobra, lo mismo que viejos ideólogos de la desnortada socialdemocracia española. El cabeza de lista, Pablo Iglesias, es el enemigo a abatir en las altas esferas políticas y mediáticas.  Expurgan su vida presente y pasada como lo harían fuerzas especiales conjuntas del MOSSAD, la CIA y la KGB.  Le están adiestrando en resistencia al acoso ejercido con las peores artes de la mala calaña a niveles de la Esparta de Leónidas. Si lo supera, estará preparado para afrontar cualquier eventualidad. De momento, han decretado una pausa en su pasión acribilladora por Ada Colau, pero volverá, con seguridad. Con cualquiera que amenace su privilegiado estatus.

 Están aterrados. A estas alturas de la fiesta monárquica ya no cabe duda de que la irrupción de una candidatura ciudadana  precipitó los acontecimientos. La improvisación desplegada en el precipitado proceso de sucesión en la Jefatura del Estado indica que la decisión tan meditada les pilló con toda la ropa sucia y sin meter en la lavadora. Incluso Juan Carlos ha demostrado su acreditada campechanía al exhibir con naturalidad una expresión de rey destronado que produce hasta lástima a los corazones sensibles. Las fotos de estos días son un impagable tratado de psicología.

 Las élites extractivas tienen muy claro su objetivo: que todo siga más o menos como estaba. Deben andar en el baile que va del navajazo limpio a las serviles reverencias para situarse en la nueva Corte pero el enemigo común es uno: Podemos. Tan a fondo se han empleado en su contra, con tal profusión y altura en los ataques, que ya no debe quedar apenas nadie que no haya reparado en ellos. Y se pregunte (y se responda) a qué viene tal descarga de improperios.

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Opositando a la Corte del Rey Felipe

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Los príncipes Felipe y Letizia

Es hijo de Juan Carlos de Borbón, el rey que nos trajo la democracia, y de esa discreta, hábil, leal, cultivadísima mujer que es la reina Sofía, esposa legítima del primero. Precisamente por su condición de varón e hijo de ambos, Felipe de Borbón va a ser entronizado nuevo Rey de España y, por tanto, jefe del Estado. No solo es el más preparado de la historia de España, es que además posee “una cercanía contagiosa”, según leo. La inminente reina, Letizia, también. Gracias a eso, sabrá salvar los escollos que se encuentre en su camino, porque no va a ser para ella un camino de rosas, según le anuncian con respeto y entusiasmo:  "La Princesa va a estar sometida, todavía más, a un escrutinio feroz que pondrá a prueba su capacidad de autocontrol. El juicio de valor permanente e insaciable que escudriñará e interpretará desde el vestuario al rictus, será una constante en su reinado. Su cuerpo hablará. Sus ojos, serán sus palabras; su gesto, la ortografía; su pose, la sintaxis". Qué cruz.

 La sentida loa le otorga a nuestra antigua compañera periodista alguna capacidad más que la mayoría  de quienes escriben sobre ella. Letizia es una percha, la más cotizada de hecho, según leo en El País. Una “delgada mujer de 41 años, tipo de garza y piel traslúcida de puro tirante”.  ¿Cómo? ¿No será una crítica? No, no puede esperarse tal cosa de un periódico volcado súbitamente en la causa monárquica. Y, lejos de mostar algún reparo, la comentarista está entusiasmada con “la imagen de España en el mundo” que, en su opinión, representan Letizia y su vestuario. No es para menos si atendemos a la descripción de uno de ellos: “Un vestido de gasa liviana, unos decían que gris perla y otros que gris piedra, pegado a los flancos, la cintura marcada por una hilera de lentejuelas, perdón, pailletes que se desparramaban luego en listas hasta tocar el bajo”.   

En La Vanguardia buscan también los mejores atuendos de Letizia (y lo que es peor, los “más divertidos” de su hija mayor de tan solo 8 años).  Iniciando la muestra con el “intelectual” de su primera aparición junto al príncipe, antes de que aparentemente cambiara sus prioridades vitales.  Todo el comentario que -en diferentes medios- suscita su papel en la ceremonia del 19 de Junio es saber qué vestido llevará.  

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La calle que conoce Soraya

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Lo que llaman La Milla de Oro en Madrid.

La gente de bien anda muy mosqueada con las novedades que están surgiendo en España. Sienten como si hubiera irrumpido en el saloncito de su casa unos seres muy raros que sacan votos en las elecciones o se les ocurre cuestionar la monarquía tal como ellos, en su sabiduría, la plantean. Unos broncas, en absoluto fiables, siempre  en busca de follones. “Merece la pena preguntarse si la ciudadanía sintoniza de verdad con algunos actores de la política que reclaman de forma perentoria un referéndum sobre la cuestión de Monarquía o República”, encabeza este lunes El País su primer editorial. Es evidente que no, que más del 80% contestan a las encuestas del CIS por puras ganas de entretenerse que la situación política es mala o muy mala y que ven el futuro muy negro. En realidad están, estamos, encantados.

 Su mundo no es el nuestro. La prueba más palpable nos la dio hace pocas fechas alguien de probada autoridad como la vicepresidenta del gobierno: ella sabe de una calle donde  ya se ve mucha más alegría que antes. Y llevo ya semanas buscándola para acercarme a su universo.  Sin duda la princesa Letizia luce exultante desde hace unos días, pero no debe ser por las mismas razones que las personas a las que alude la vicepresidenta. Con seguridad no se disponen todos ellos a ser reinas. La búsqueda de la felicidad es una de las ambiciones más constantes en el ser humano, así que –como digo- me puse a la tarea de encontrar ese lugar siguiendo diversas pistas.

 La calle de la felicidad la frecuentan unos cuantos personajes que conocemos todos y que se esfuerzan en darnos datos para que disfrutemos de la alegría que rezuma ese lugar. La principal orientación la dio el vicesecretario de organización del PP Carlos Floriano, como no podía ser menos. Tras escucharle supimos, por exclusión, que en ese remanso de bienestar no viven los componentes de Podemos: “Estos son los que rodearon mi casa, no me cabe la menor duda.  No digo una persona en concreto, pero este perfil. Este es el que nos rodea por la calle”, dijo. Es un perfil infrecuente en el barrio. No residen en él,  están de paso.  Además protestan, no disfrutan del bienestar de la recuperación lograda por el equipo de Rajoy, ni de la renacida fiebre monárquica que está asistiendo a momentos tan bonitos.  

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El problema es que faltan muchas abdicaciones

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 Todo cuanto nace es fluido, dúctil, al principio pero luego se torna en rígido. Como ejemplo más gráfico, el cuerpo humano que se va anquilosando con los años. Hay que tener muy regado por el uso el cerebro para que no le ocurra también. No todas las personas lo consiguen. José Luis Sampedro lo logró, sin duda. Y no es el único, evidentemente. Por lo general, la vejez pierde elasticidad además de en el físico, en su mente, en el encaje de las situaciones, en el esbozo y resolución de proyectos. A ello, ha apelado el Rey Juan Carlos para abdicar en su hijo Felipe al justificarlo así: “Hoy merece pasar a la primera línea una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y a afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana”.

 La vejez. La más convencional, se impresiona, se aferra a lo que le presta seguridad, se repite a veces hasta la extenuación del contrario. Apenas han transcurrido unas horas desde el adiós del Rey a su cargo y ya estamos anestesiados de tanta historia repetida, tanta loa oficial sin fisuras, tanto debate en buena parte estéril porque se huye del que tiene trascendencia. Ganan por abultado tanteo a la información sobre asuntos cruciales que, sin duda, se precisa conocer ante un hecho histórico de estas características. Y luego vendrá el turno de su sucesor, con los mismos pasos. Es como la vida diaria de un anciano sin horizontes que se levanta, desayuna; si no le duele mucho alguna parte del cuerpo, sale a dar un paseo, y se compra la comida. Y charla con quien sea. Y repite, repite y repite, clavando mil batallitas. Para luego acostarse soñando que se despertará vivo y podrá ejercer las mismas rutinas. A ese esquema reduce sus proyectos. Una vejez que –con matices- se produce casi a cualquier edad porque hay ancianos de 40, 30 y hasta 20 años.

 El problema no es en este caso la edad provecta de las personas porque nadie es insustituible, la cosa se complica cuando el anciano decrépito es un país, una sociedad. No pueden abdicar en busca de soluciones. Nos encontramos en un periodo ampliamente descrito en la decadencia de las civilizaciones. Y es de manual. En las sociedades estratificadas, anquilosadas, hieráticas, no se mueve nada, no surgen proyectos ilusionantes. Quienes desempeñan algún tipo de poder dedican su esfuerzo a que todo siga igual. A levantarse, comer como esté establecido, dar un paseo por los canales encauzados, o distraer la espera con lo que no comprometa, con lo que aburra -al punto de desconectar- a la tercera repetición. Huyendo de estímulos para huir de riesgos.

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