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La condición animal

Juristas, filósofos y etólogos abordan en El Derecho de los animales (Marcial Pons editor) las claves de un cambio de sensibilidad social, cultural, política y jurídica: Jorge Wagensberg, Jávier Sádaba, Jesús Mosterín, Robert T. Hall, Gabriel Doménech, Pablo Herreros, Teresa Giménez-Candela, Carlos Contreras, Cristina Bécares Mendiola y María González Lacabex.

Este ensayo colectivo, publicado por la Cátedra de Estudios Iberoamericanos Jesús de Polanco, la Universidad Autónoma de Madrid y la Fundación Santillana, ha sido coordinado por el escritor Basilio Baltasar, cuyo prólogo publicamos, y será presentado en el Círculo de Bellas de Madrid el próximo martes 2 de junio.

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'The Trial of Bill Burns', de P. Mathews (1838), primer juicio por crueldad contra los animales. Burns había golpeado a su burro y fue denunciado por un diputado que llevó a la víctima hasta la corte penal.

'The Trial of Bill Burns', de P. Mathews (1838), primer juicio por crueldad contra los animales. Burns había golpeado a su burro y fue denunciado por un diputado que llevó a la víctima ante el juez.

El volumen que la Biblioteca del Máster en Gobernanza y Derechos Humanos dedica al Derecho de los animales quiere promover entre los estudiantes un campo de conocimiento que abarca diversas disciplinas. Nuestra intención es que puedan familiarizarse adecuadamente con un espacio específico del Derecho, con el pensamiento crítico que aborda las modalidades de un dilema cultural y con la polémica que a lo largo de las últimas décadas han protagonizado algunas de las mentes más ilustres de nuestro tiempo.

La ética, la historia cultural, la etología y la ciencia jurídica han generado una bibliografía de gran interés académico y de notable influencia entre el público culto. Las deliberaciones sobre el deber moral, la evolución de los valores que rigen la visión del mundo en cada época, la investigación del comportamiento animal y las disposiciones acogidas por el ordenamiento legal, con-forman un corpus de saberes cuya comprensión es imprescindible a los profesionales implicados en el desarrollo de nuevas formas de actuación institucional.

Los argumentos que a favor o en contra de los derechos de los animales elaboran los polemistas es un asunto de apasionante actualidad, pero el debate de la comunidad científica internacional sobre la condición animal da fe de lo que podemos considerar como el comienzo de una transformación cultural. Pensadores, científicos y juristas contribuyen con sus estudios a dar forma a una nueva sensibilidad y por ello es probable que sus hallazgos rectifiquen el modelo antropológico que hasta ahora nos ha servido de referencia. Si tuviéramos que sintetizar este elocuente movimiento de ideas, esa nueva perspectiva que parece en trance de asumir nuestra época, deberíamos adaptar una de las frases de Pablo de Tarso: ni todo nos es permitido, ni todo nos conviene.

De lo que se habla en nuestro tiempo, y con sofisticada inteligencia, es de los límites que estamos dispuestos a imponer a nuestro dominio sobre los animales.

Mientras intentamos liberarnos de lastres inconcebibles a todo ser humano decente (el abuso y la explotación con que los hombres tratan a sus congéneres), nuestra generación también adquiere conciencia de una nueva frontera moral. La determinación con que, tras renunciar al despotismo de la fuerza, administramos la soberanía de la razón, nos llevó a acostarnos como reyes de la creación y a despertarnos como responsables morales de los seres que utilizamos para alimentarnos, vestirnos y divertirnos.

Hay un interrogante que sólo por haber sido formulado modifica nuestra posición en el mundo, corrige la percepción que tenemos de nuestra historia y nos aboca a matizar potestades que considerábamos inherentes a nuestra condición: ¿podemos manejar sin contemplaciones a los animales que satisfacen nuestras necesidades y placeres? En su caso, ¿qué tipo de contemplaciones nos parece imposible adoptar? O, por ejemplo: ¿qué contemplaciones estamos dispuestos a respetar?

A nadie se le escapa lo que ocurre cuando nos ponemos en cuestión. Cada vez que hemos restringido el uso de nuestra fuerza (sobre un país más débil, una población más pobre, o un frágil ecosistema) ha sido gracias a intensas discusiones y a declaraciones que al principio se han considerado ociosas, peligrosas o ridículas. Pero es un rasgo seminal del hombre haber sabido pronunciar las preguntas que van perfeccionando su eficacia crítica. Y no hay motivo para pensar que justamente en este asunto de los animales vayamos a suspender nuestro rasgo cultural más notable y a conformarnos con la inercia que imponen las costumbres.

Ciertamente, a los que la consideran una fuente de autoridad se les puede decir que la tradición no va en este asunto más allá de una tautología que, a fuerza de repetirse, sólo consigue irritar nuestro entendimiento. Que el hombre haya manejado hasta ahora sin contemplaciones a los animales no es una razón de peso para que siga haciéndolo -aunque sin duda es un nuevo peso el que, con este asunto, acarrea la razón-.

Una investigación tan extensa y profunda como la que enuncian las disciplinas académicas ocupadas en entender nuestra relación con los animales, ha debido prescindir en primer lugar de las seducciones costumbristas. Todos podemos sentir los poderosos vínculos emocionales de la memoria colectiva -sus ritos y celebraciones-, pero no por ello renunciamos a pensar con la claridad de nuestra mente individual. No parece factible que la vigencia de nuestras leyes vaya a depender siempre de la ignorancia de nuestros antepasados.

Los intelectuales y científicos que elaboran las claves de este nuevo discernimiento y que polemizan abiertamente a causa de la tauromaquia, la caza, los experimentos con animales en laboratorios, las granjas o los mataderos industriales, son los que se preguntan si podemos dar indefinidamente un trato injusto, degradante o cruel a los animales. Un aspecto crucial de esta discusión es la evidencia del dolor en los animales condenados a morir en nuestros mataderos municipales o en las fiestas taurinas. Cuando así lo entendemos, ¿nos sentimos concernidos por el daño que padecen? ¿Nos preguntamos si tenemos derecho a ocasionarlo? Y en este caso: ¿podemos infligirlo sin alterar el fundamento de nuestra supremacía moral? Obviamente, si fuéramos una manada de lobos hambrientos estas interrogaciones carecerían de sentido.

Las cuestiones que se van hilvanando en esta controversia van más allá de los buenos sentimientos, pues en el paradigma contemporáneo no se trata tanto de defender a los animales, víctimas propiciatorias de una gigantesca maquinaria sacrificial, como de proteger y salvar a los hombres que se comportan como verdugos sin piedad. Así como hemos demostrado estar en condiciones de rectificar algunos de nuestros dislates históricos (la antropofagia, por ejemplo), también podemos impedir que unas prácticas poco éticas lesionen el amor propio que nos debemos.

No será fácil conseguirlo. Cuando en medio de una disputa coloquial, un contrincante quiere ridiculizar la opinión de los animalistas, le basta decir: «pues bien que se come el tipo ese unos buenos chuletones». Aunque sólo sirva para provocar la inevitable risotada castiza, lo cierto es que la chanza da en el clavo y formaliza la envergadura de nuestro problema: ser conscientes de una violenta contradicción. Lamentar la muerte de los animales cuyas proteínas necesitamos para vivir nos devuelve a la experiencia elemental que conocieron los cazadores del paleolítico: se vieron impelidos a devorar animales cuya majestad les inspiraba una perpleja admiración. No resulta extraño que esta tragedia fuera vivida como una experiencia religiosa.

Nuestra controversia confiere a estas dificultades un interés inesperado. ¿Seremos capaces de administrar con solvencia nuestras contradicciones? ¿Podremos satisfacer nuestras necesidades vitales sin explotar a otros seres vivos? ¿Cómo conciliar nuestros elevados principios morales con la vulgaridad de nuestras costumbres? Entre aquello a lo que aspiramos y aquello que consentimos con avergonzada sumisión, ¿hay algún tipo de salida razonable? ¿Podemos, por ejemplo, cancelar el daño que por diversión ocasionamos a los animales pero aceptar el que provoca nuestra lógica carnívora?

La indagación multidisciplinar y transversal que han emprendido los autores de este volumen de la Biblioteca de Gobernanza y Derechos Humanos cuestiona la legitimidad de los hábitos que dábamos por sabidos y se enfoca hacia un objetivo que ya resulta ineludible: nos corresponde ser más conscientes de nuestra responsabilidad con la condición animal y perfeccionar la integridad de nuestra orgullosa superioridad intelectual. Al fin y al cabo, este ímpetu filosófico pertenece al proceso evolutivo que hemos asumido como característica de nuestra humanidad. Si perdiéramos la capacidad de interrogarnos sobre la justicia de nuestras actitudes, careceríamos del que nos parece el rasgo más virtuoso de nuestra especie. Y aunque desde el Holocausto nos sintamos desmentidos por nuestra despiadada capacidad de destrucción, y nos parezca difícil seguir pensando con ingenuidad platónica en el Bien, la Verdad y la Belleza, lo cierto es que el escepticismo nihilista, la pereza o la miopía no nos impiden permanecer fieles a la distinción de nuestros deberes morales.

El modo en que ensayamos respuestas a las incómodas preguntas que nos hacemos, el modo en que afrontaremos las impertinentes críticas que nos dirigimos, es el objeto de la obra que el lector tiene en sus manos.

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