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Gobernar para todos

Foto: Enric Català

La victoria de Barcelona en Comú es un hecho que va más allá de un recuento electoral. La diferencia de votos en las urnas presenta la misma Barcelona dual de siempre y en ese sentido Ada Colau tomó nota en su discurso al hablar de practicar el gobierno desde una perspectiva donde ricos y pobres tengan la misma relevancia. Desde este sentido sus palabras se podrían enfocar desde la eterna óptica maragalliana de La ciutat del perdó y su grito para reconciliar las dos almas de la capital catalana en pos del bien común.

Los conceptos se matizan de acuerdo con su época. La división de la Semana Trágica y la actual distan por la forma, no por los afectados. Entonces un 30% de la clase obrera vivía en unas condiciones por debajo de la media y hoy en día el grupo afectado por la misma condición es una ciudadanía que con la crisis ha visto como de repente han aumentado las desigualdades. Los ricos acaparan. Los pobres se hunden aun más en la miseria.

Quizá por esta disparidad entre lo alto y lo bajo es fundamental remarcar que la futura alcaldesa menciona en cada una de sus intervenciones a los setenta y tres barrios del tejido urbano, bien a sabiendas de su rotunda victoria en los populares y del rechazo generado en los adinerados. Decidir sin marginar una de las dos esferas será una de las claves de éxito, sólo posible si la candidatura triunfadora consigue unos pactos que proporcionen una estabilidad para la larga legislatura donde a buen seguro una porción del pastel mediático dificultará las cosas, y ello se producirá en parte desde las dos fronteras políticas que existen tanto en Barcelona como en Catalunya, límites trazados desde una doble visión.

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El programa y la aritmética

Hace años unos amigos propusieron ir al canódromo de la Sagrera para beber cubatas baratos y apostar al galgo que nos pareciera más simpático. Al final no fui, pero hoy, justo antes de escribir este artículo, pensé en ello mientras paseaba por Barcelona y contemplaba los insípidos carteles de una campaña electoral donde los candidatos se mueven entre el pedigrí de su imagen y el aire que se respira en la calle, a simple vista no muy preocupada por el resultado de la contienda, como si el decisivo del próximo domingo fuera un capítulo más de una eterna serie marcada por la insatisfacción de la ciudadanía con la clase política.

La única que parece generar reacciones de todo tipo es Ada Colau. Mis amigos catalanes de Madrid tienen claro que ganará y así me lo expusieron. Les dije que el run run de mi generación así parece indicarlo, pero hasta en eso conviene ser prudente porque el votante joven es mucho menor numéricamente y una cosa es el deseo de cambio y otra bien distinta toparse con otros grupos de edad con tendencias mucho más conservadoras. Dicho esto se me apareció, no se lo recomiendo, Pilar Rahola en una de sus prédicas idóneas para cierto sector de la población y comentó que no sentía ningún viento favorable a las esperanzas de Barcelona en Comú.

Estas dos impresiones responden a las dos fuerzas enfrentadas en la batalla por la alcaldía. Los demás contendientes parecen no contar, como si estuvieran aislados y sus escaños no contaran cuando en realidad serán decisivos. Todos los implicados lo saben. Lo observamos en el pésimo debate donde Bosch construía castillos de humo mientras Trías le secundaba al llenar tiempo con aquello de la futura capital de un país, una propuesta electoral de peso, sobre todo si se considera que las necesidades actuales son otras de carácter más social, tema donde María José Lecha y Ada Colau estuvieron más activas en contraste con la descalificación permanente de Fernández Díaz, insultante hasta en sus ideas sobre el Raval, y la tibieza del calculador Collboni, gran locutor de su no fotem y muy calculador desde la conciencia de la imposibilidad de vencer los comicios al quedarse vieja su izquierda de Armani en una época donde implicarse con el ciudadano de a pie es fundamental y no sólo en los actos de campaña.

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Barcelona pide (y espera) proyecto

Barcelona vive mortecina y silenciada tratando de sobrevivir a los efectos de la profunda crisis europea de modelo económico y social. Y al mismo tiempo, la ciudad es el escenario central del proceso de autodeterminación catalán, acogiendo y multiplicando la energía colectiva de la sociedad catalana que ha decidido no resignarse, al contrario, construir el nuevo país que ahora sabe posible.

Este es el reto, volver a ser ciudad libre, viva, creativa asumiendo un nuevo rol que, de hecho, viene de muy lejos: el de sede principal de una nación orgullosa y una cultura vieja que quieren ser actores implicados y corresponsables de la Europa que también pide nuevo impulso y construcción democrática.

Barcelona no se deja mandar. Las grandes ciudades pueden ser gestionadas, mejor o peor, o bien gobernadas con un rumbo definido y un proyecto entendido y compartido, pero en ningún caso "mandadas" contra la voluntad de sus ciudadanos conscientes. En los últimos años, Barcelona ha sido administrada, mantenida por la inercia acumulada de períodos anteriores, pero no ha sabido generar ningún impulso creativo ni, mucho menos, obtener la complicidad social que la grave crisis pedía con urgencia.

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Vaciar el centro, expulsar a los ciudadanos: el caso de la plaça del Duc de Medinaceli

Monumento a Galceran Marquet en la plaza Duc de Medinacelli / CC by-sa Canaan (Wikimedia Commons)

“La Promoción se encuentra en la Plaça del Duc de Medinaceli,una de las zonas con más historia y encanto de Barcelona. Con viviendas que cuentan con vistas excepcionales al Port Vell, su localización permite disfrutar del Paseo Marítimo y de la oferta comercial y de ocio del Maremagnum. Descubra los orígenes de Barcelona,paseando por el Barri Gòtic y disfrute de la mejor oferta cultural y gastronómica de la ciudad.Con óptimas comunicaciones viarias y una amplia oferta de transporte público. Tres dormitorios. Dos baños. Parquet. Aire acondicionado. Calefación(sic) a gas. Piscina comunitaria. Disponibilidad de piscinas y trasteros.”

Así reza la promoción de una famosa compañía inmobiliaria barcelonesa. El anuncio además de tener alguna que otra errata muestra cómo en Barcelona ni la crisis tiene piedad con el proyecto de desnaturalizar el centro para acrecentar su perfil de parque temático sin consideración alguna para los ciudadanos que toda la vida han vivido en la zona.

Alguien quisquilloso podría replicarme con el argumento ramplón consistente en que durante muchos siglos el carrer Ample fue la avenida más ancha de la ciudad y el primer lugar donde se ubicaron balcones para que los señores contemplaran las procesiones religiosas. Hasta Don Quijote y Giacomo Casanova tienen historias en sus rincones. ¿Me quejo gratuitamente?

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La 'tricentenarización' del Turó de la Rovira

Vuelve a abrirse a las visitas, tras unas obras que se han prolongado durante varios meses, el Turó de la Rovira, situación privilegiada de las baterías antiaéreas que defendieron, o al menos amenazaron -no se sabe a ciencia cierta si llegaron, si quiera, a disparar-, a la aviación franquista durante la Guerra Civil. Situada en el barrio del Carmelo, la zona acogió durante años el asentamiento barraquista dels Canons, reflejo y testigo del desarrollo capitalista de la ciudad durante décadas.

Hasta su remodelación, hace cuatro años, el Turó era un sitio desconocido para la gran mayoría de barceloneses. Los pocos que visitaban su gran explanada de cemento lo hacían con la intención de gozar de una de las mejores panorámicas de la ciudad, de llevar a cabo encuentros amorosos, citas clandestinas, reuniones de amigos o, simplemente, pasear por un sitio que, en cierta medida incontaminado, exhalaba un aliento especial. Los que sí conocían ampliamente el Turó eran los vecinos del Carmelo, barrio popular y luchador que veía que una de sus zonas más olvidadas recibía, en el año 2012, el Premio Europeo del Espacio Público Urbano, y cómo a partir de ese momento cambiaba todo.

El Premio a la museización del Turó de la Rovira, según las actas del Jurado, hace hincapié en que el "espacio ha sido recuperado para la memoria colectiva", evocando su significado en relación a la Guerra Civil y al "asentamiento de viviendas autoconstruidas evitando cualquier atisbo de sobreactuación" (sic) y generando, según la web del Ajuntament, un nuevo espacio patrimonial donde había "un lugar de la ciudad hasta entonces bastante degradado, aislado y desconocido".

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Revalorizar el patrimonio para mejorar Barcelona

Cuando discutimos el modelo turístico de Barcelona solemos quejarnos de aspectos denunciables que, desde mi punto de vista, son evidentes. Entre ellos figura la creencia en una burbuja que no puede ser eterna basada en una concepción urbana donde la orgía hotelera parece no tener fin: expone a los barrios, los alcanza y extiende el reguero de un eje céntrico que excluye al ciudadano desde premisas consumistas y de lujo en los nuevos establecimientos.

El problema también se extiende con las Ferias y Congresos, como si la capital catalana tuviera muy presente el lema del alcalde Porcioles. Quizá, pese a la magnífica fachada, no hemos avanzado tanto. Cada día la calle me recibe con banderolas que muestran un desmedido amor propio. El Ayuntamiento vende las loas de la ciudad con lemas que potencian una marca e ignoran por sistema a los que viven en ella. Inmersos en el marasmo publicitario que ahora también, previo pago, se propaga en las redes y poco a poco uno siente como aumenta la sensación de vivir en una farsa que si triunfa es porque a muchos les gusta vivir engañados o ser personajes de la misma. Jo també m’estimo molt Barcelona, però no tinc cap mena de necessitat d’expressar-ho d’una forma naïf que llinda amb el ridícul.

Hace poco Jordi Llovet, casi siempre excelso, comentaba que tiene poco sentido querer protestar por la negación del cosmopolitismo porque siempre hemos sido provincianos. Su afirmación es certera, pero quien escribe siempre ha creído en el germen burgués bueno que protesta contra la complacencia de su propia clase y mira más allá del ombligo y la frontera para mejorar lo presente y sentar ciertas bases para un futuro distinto, que rompa la monotonía y agite una balsa seca pese a sus dones para las apariencias.

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¿Quién gobernará Barcelona?

El último mandato municipal en Barcelona, CiU, con sólo 14 concejales, ha gobernado en solitario con acuerdos puntuales con el PP y el PSC. A pesar de estar en minoría, el alcalde Xavier Trias se ha salido bastante bien de la situación y no ha sufrido mucho por la débil oposición que ha tenido y/o habilidad pactista. Sólo las problemáticas sociales en Nou Barris y las crisis abiertas por la gestión de Can Víes y el turismo le han supuesto alguna que otra sacudida, pero ninguna importante desde el punto de vista político.

Trias aspira a ser reelegido como alcalde, pero Barcelona en Comú, con Ada Colau al frente, no se le pondrá fácil. Probablemente, CiU y Barcelona en Comú serán las listas más votadas. Pero habrá que ver en qué orden. Hoy por hoy es difícil de prever. Trias perderá algún concejal y Colau irrumpirá con mucha fuerza, y no parece que ni los socialistas de Jaume Collboni, que pueden sufrir un cierto descenso de votos, ni el PP de Alberto Fernández, que se podría resentir de la entrada de Ciutadans, les harán sombra. Y que hará ERC, ahora liderada por Alfred Bosch? Las últimas encuestas no le son muy propicias, a pesar de que seguramente sacará algunos regidores más de los que tiene actualmente (2), puesto que se puede ver beneficiada de quienes voten en clave independentista.

Todo parece indicar que de los próximos comicios en la capital catalana saldrá un Ayuntamiento todavía más atomizado que el actual por la entrada de la coalición Barcelona en Comú y, seguramente, de Ciutadans y la CUP, ahora sin representación. Quién gane las próximas elecciones no lo tendrá nada fácil para gobernar y menos de manera estable, es decir con el apoyo de 21 de los 41 concejales, a pesar de que esto dependerá de la suma de fuerzas –podría perfectamente pasar que dos fuerzas no sean suficientes-- y de los pactos, puntuales o estables, a que se pueda llegar.

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El Dios de la innovación

"La innovación tiene un link a la felicidad" en un cartel de Barcelona

En el famoso preámbulo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, uno de sus Padres Fundadores, señalaba que Dios había otorgado a los hombres –no dice nada de las mujeres–, entre otras, tres verdades inalienables: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Los documentos iniciales de la gran potencia americana se encuentran llenos de referencias religiosas, además de filosóficas. Esto es así porque la intelectualidad colonial inglesa de finales del siglo XVIII que impulsó la independencia se encontraba ampliamente influenciada por las formas de religiosidad protestante, así como por las ideas de la Ilustración que recorrían entonces Europa. Entre otras cuestiones, la Reforma del cristianismo hizo recaer sobre la persona la responsabilidad última de la salvación divina. Así, valores como el individualismo o la austeridad son inherentes a la ética protestante.

Nada más lejos, pues, de las bases espirituales y culturales norteamericanas que la última reforma impulsada por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de España, y su ínclito ministro, el señor Wert. Hablamos de la idea de re-introducir en el currículum oficial de las escuelas la asignatura de Religión como materia evaluable. En el programa de la disciplina publicado recientemente en el Boletín Oficial del Estado (BOE) aparece, entre los criterios de evaluación, y dentro del bloque relativo al sentido religioso del hombre –de nuevo, más de dos siglos después, se olvidan de las mujeres-, el reconocimiento de la incapacidad de éste para alcanzar por sí mismo la felicidad. Sin duda, si Jefferson, Franklin o alguno de estos levantara la cabeza, volvería a esconderla casi de inmediato. Hace ya tiempo que la idea del Gobierno del Partido Popular (PP) es acabar con los servicios públicos -la sanidad o la escuela- del semi-Estado del Bienestar que nos habían acompañado hasta ahora, algo compartido con el sistema social individualista por excelencia, el norteamericano, faro indiscutible de estas políticas. Pero parece que lo que no están dispuestos a copiar en el PP es que esta transición hacia un Estado Neoliberal se produzca sin darle a la Iglesia Católica su parcelita de poder, algo que se lleva a cabo, además de mediante otros elementos, a través de la implantación de la asignatura de religión como herramienta de control social en las escuelas.

De este modo, si en Estados Unidos el único responsable de encontrar la felicidad individual es uno mismo, aquí el único responsable de otorgar la misma, además de Coca-Cola y su chispa, es Dios a través de su Iglesia.

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Barcelona entra en un momento clave de su historia

Ilustración. /Pol Rius

Barcelona, una ciudad que se hace querer. Una ciudad que facilita la convivencia y la mixtura, una ciudadanía popular y trabajadora, una historia de libertad y de tolerancia. Barcelona es la gente en la calle. Gente de todos colores y de todo tipo, gente que lucha para vivir y para progresar. Una ciudad que nunca ha soportado las dictaduras y las injusticias. El historiador Hobsbawm la calificó de la ciudad más revolucionaria de Europa desde finales del siglo XVIII. El pueblo de Barcelona ha hecho que hoy amemos nuestra ciudad.

La Barcelona moderna nace de un sueño: la "ciudad igualitaria" que proyectó Cerdà. La construcción de la ciudad iniciada a mediados del siglo XIX generó especulación, ocupó los espacios colectivos en el interior de las manzanas, orientó la ciudad de calidad hacia el oeste como territorio de las minorías privilegiadas, se abandonar el centro histórico y los barrios populares de la periferia, la ciudad no fue igualitaria.

Pero resistió y la gente con su trabajo y su coraje hicieron ciudad, precaria y deficitaria, pero digna, en todas partes. Salvador Seguí decía a Victor Serge en 1916: "Esta ciudad la han hecho los trabajadores y los burgueses se la han apropiado. Pero un día será nuestra". A principios del siglo XX se inició un ciclo de lucha popular paralela a la lucha sindical. El boom económico favorecido por la neutralidad en la primera guerra mundial y el nuevo marco político debido a un Ayuntamiento más activo y a la creación de la Mancomunidad facilitaron la movilización social que reivindicaba unas condiciones de vida dignas, principalmente la vivienda y los servicios básicos. Lo que prometía el Plan Cerdà y que los poderes políticos y económicos les negaban.

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La entrada de los bárbaros por Gracia

Pintada contra turistas en las calles de Gracia

Siento hablar con demasiada frecuencia de lo mismo, quizá os harte, no lo sé, pero ahora un nuevo viraje de la aniquilación que el turismo provoca en Barcelona amenaza con traspasar las fronteras del inexpugnable poblado galo que es la Vila de Gràcia. El lector de mi generación que no lo frecuente lo denigrará porque se le considera hipster de noche, con una miríada de bares diseñados para que jóvenes profesionales liberales gasten su dinero y se doren la píldora con total despreocupación.

La otra visión es del que quien convive en sus calles desde hace décadas, conoce los nombres de cada rincón, no se pierde en su laberinto y se alegra por un ecosistema sano donde las personas, como en un pueblo, se saludan al cruzarse porque la rutina de frecuentarlo crea conocidos de la nada y una educación cívica que se percibe en su activismo. Algunos, entre los que me encuentro, lo juzgan hasta cierto punto inofensivo desde un sentido positivo, entre otras cosas porque los habituales vamos a los bares de siempre, nos sentamos en las plazas y ahí vemos la vida pasar entre charlas, cervezas y algunos hábitos diurnos de paz y nocturnos de conversación, cerveza y paseo, contentos en el meollo de sus festividades anuales y la lógica de espacios que forman parte de nuestro tejido vital.

Qui n’ha begut en tindrà set tota la vida menos cuando llegan las fiestas. Hace años, cuando era pequeño, me gustaban, pero desde hace unos años se masificaron. Gràcia mantiene su estructura de pueblo por un motivo que le ha otorgado una resistencia particular que hasta genera pereza por ir al centro. Es un recinto amurallado sin muros que la protejan porque las calles ya delimitan su perímetro. Desde la plaça Joanic la barrera es la calle Escorial, prosigue por Travessera de Dalt, la cubre desde otro ángulo por Gran de Gràcia y la cierra, hasta crear una cuadrícula imperfecta, por el carrer Còrsega con un breve tramo del Passeig de Sant Joan. Estas fronteras han creado expresiones como baixar a Can Fanga, por las obras del Eixample que podían admirarse desde el carrer Bonavista, o a Barcelona. Salir de su zona de influencia es acceder a otra dimensión.

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