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La absurda polémica del monumento a Colón

Si la CUP planteara situar en la base de la estatua al descubridor de América unos paneles informativos resolveríamos la polémica de modo mucho más cabal

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En esta legislatura municipal la polémica sobre los rastros que la Historia ha dejado en las calles de Barcelona va camino de derivar en el ridículo más absoluto. Empezamos con la revisión del nomenclátor franquista, una tarea digna que limpiará el tablero urbano de muchas referencias completamente prescindibles. Continuamos, desde otra perspectiva, con el conflicto del Born, que ya abordamos en estas páginas y más bien responde a una lucha, visible hasta en los dos pregones de la Mercè, por la hegemonía del relato sobre la ciudad y Catalunya.

Ahora la CUP, en una astracanada de proporciones épicas, pide retirar el monumento a Colón y añade algo que ya estuvo entre las desideratas de hace poco tiempo, la exigencia de quitarse de en medio la estatua de Antonio López, Marqués de Comillas, por el modo en que amasó su inmensa fortuna.

Decíamos ayer, y lo reiteramos hoy, que es mejor la pedagogía que el canibalismo pétreo que algunos quieren poner de moda. En la propuesta de la formación encabezada en el consistorio por María José Lecha también se incluye destinar los símbolos del pedestal a un museo porque claro, no deben estar visibles para el público porque su significado vejatorio con los pueblos americanos.

Vayamos por partes. El monumento a Colón fue el gran símbolo de la Exposición Universal de 1888, la misma que inició esa curiosa singladura barcelonesa, finiquitada por ahora con el fracaso del Fòrum de les Cultures en 2004, de crecer mediante grandes acontecimientos. Fue financiada por suscripción popular y como no se alcanzó la cifra prevista el Ayuntamiento, un método usual en estos procedimientos, puso la nada desdeñable cifra de trescientas mil pesetas de su bolsillo.

Es un punto referencial y en esos tiempos donde la capital catalana rechazaba su vertiente marítima era, ya lo dijo Joseph Beuys, el único ciudadano que miraba al mar. Más allá de esto en los últimos tiempos recibe miles de visitas y ha sido protagonista de anécdotas bien simbólicas, desde el esperpento de enfundarlo con la camiseta del Barça hasta el pánico porque unos turistas se quedaron encerrados en su interior, casi una metáfora del morir de éxito condal con sus políticas que potencian la marca y anulan la personalidad de sus habitantes porque la fachada brilla por encima de todas las cosas.

Quitar el monumento a Colón es una aberración tan grande cómo el arco de bienvenida que pusieron a su lado cuando en 1940 llegó el Conde Ciano, al que por cierto debemos el nombre de la avenida Roma, algo que nadie pide eliminar por pura ignorancia de los dimes y diretes del callejero.

Esto nos lleva a la segunda cuestión de todo este asunto. Podríamos apoyar a la CUP y de paso eliminar el ya mermado monumento a Güell, pedir el derribo de medio Eixample, que no fue precisamente financiado por hermanitas de la caridad, y de paso reescribir los libros de texto para crear un cuento de hadas, algo muy naif y acorde con los tiempos que vivimos.

No, ese no es el problema. Una propuesta como la de la CUP es política tuit, algo perfecto para que se hable de ellos durante unos días hasta que se pierda como lágrimas en la lluvia. No es el único ejemplo, pero muestra algo muy preocupante. Algunos de nuestros representantes, y la mayoría de partidos han incurrido en esta metodología, parecen amar el ruido por el ruido adaptándose a la época, y eso por desgracia conduce a una inacción.

Si la CUP, que de tanto mencionarla en el texto le chirriarán los oídos, planteara situar en la base de la estatua al descubridor de América unos paneles informativos resolveríamos la polémica de modo mucho más cabal, educaríamos tanto al turista como a la ciudadanía y conseguiríamos que todo el legado presente en Barcelona pudiera ser entendido a través del contexto en que se creó, porque manipulándolo sólo se consiguen menos de quince minutos de gloria y una escasa decencia por eso de que la ignorancia es muy atrevida. Y el refranero, eso es innegable, es muy sabio.

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