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Burgos, cuna de la vida (otra vez)

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Después de saber todo lo que sabemos, aquellos que dejamos que la evidencia se encargue de marcar nuestro criterio a todos los niveles, incluso el menos objetivo de todos, el personal, vemos en Atapuerca uno de los máximos enclaves que desentraña bajo cada capa de sedimentos todo cuanto hemos sido. Todo lo que de allí se ha extraído nos ubica en el complicado mapa de la existencia en general y de la existencia humana en particular. Este templo de la antropología, por tanto, es vital para augurar nuestro devenir en medio de tantas preguntas que nos quedan por resolver. Burgos se ha ganado en el escenario de la vida una trascendencia mayor que cualquier idiotez religiosa por eso, por darnos lecciones que no creíamos ni que estuvieran esperándonos.

Y por si no tuviéramos ya bastante que agradecerle, va ahora y nos regala Burgos otro motivo para ensalzar el rincón que ocupa en el mundo, otro motivo también para tratar de contener a un optimismo envalentonado por la bravura que desprenden sus calles y otro motivo en definitiva para constatar que la supervivencia no es una opción sino una obligación.           

Lo que allí ha pasado es lo mismo que pasó por la sierra de Atapuerca durante miles de años, el desarrollo del más primario, vulgar y bello instinto de todos, el de la superviviencia. O quizá quepa la posibilidad de ir un poco más allá si digo que los ancestros de la supuesta, evolutivamente hablando, óptima especie Sapiens Sapiens sean más humanos que los que ahora nos hacemos llamar humanos. Se han hallado pruebas en las simas del yacimiento arqueológico que demuestran conductas basadas en la cooperación comunal, lo que indica una fuerte conciencia de grupo. Ellos que lo tenían tan claro, ¿y nosotros qué? Peleando unos contra otros por motivos totalmente alejados de los propios por muchas excusas y demagogia de segunda mano que se quiera utilizar.

Lo que ha pasado en Burgos es lo que lleva pasando toda la vida, la lucha por no dejarse aplastar, la toma de conciencia de que o se hace algo o puede que algo acabe contigo. Esta dialéctica se ha encontrado detrás de todo cambio histórico trascendental que nos ha permitido  disfrutar de cosas que pasamos demasiado por alto. Los radicales han sido necesarios para cambiar el mundo. Lecciones como estas las escuchamos día tras día y lo malo es que al momento las olvidamos para abrazarnos a la apatía. Sin embargo, el barrio de Gamonal es la última prueba fehaciente acerca de que a lo que único que debemos entregarnos es a la lucha. Y siguiendo con mi costumbre de llevar algunos planteamientos a sus últimas consecuencias, diré que la lucha que ahora vivimos es si cabe mucho más cruda que las que puedan describir Arsuaga y sus colegas puesto que ahora la batalla se produce en el seno de la misma especie: políticos ignorando el bienestar de los ciudadanos a los que se deben, policías asestando golpes y persiguiendo a los sometidos en vez de a los que someten y prensa injuriando a cada minuto la voz de la soberanía popular con la que tantas veces se llenan la boca.           

El más recurrente argumento de que se hace gala para tildar lo acontecido en Burgos de innecesaria radicalidad es el recurso a la acción directa. Pero llegados a este punto, sinceramente, ningún discurso permite contener ya tanto disgusto, cabreo, irritación y oposición. Que no se engañe nadie ni quiera engañar nadie si al hablar de lucha asocia ésta a la lucha de clases. No, esto no va de marxistas, leninistas, troskistas o de cualquier otro “ista” procedente de la vieja Rusia. La indiferencia de unos gobernantes (que debieran primero gobernar mejor sus conciencias) es la causa primera y última de que se haya llegado a este punto. Esto no pretende ser un alegato a la violencia, es un ataque a la desidia del blanco de la ira en que se han convertido los representantes políticos.

Si ellos hicieran su trabajo, el cual saben cuál es pero deciden obviar, todo esto no hubiera pasado.La mayor y casi diría que la única lección de la vida es la lucha y lo de Burgos han sido clases magistrales.

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