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Matemos a los mensajeros

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Al ministro de Justicia no le gustan las filtraciones. Quizá opina que los trapos sucios hay que lavarlos en casa. Que la simple mención de algunos asuntos en los medios pone en duda la honorabilidad de sus protagonistas. Aunque no haya habido, todavía, una resolución judicial de por medio. Quiere evitar juicios paralelos, dice para disculpar su desliz, y cita como ejemplo el caso de Rodrigo Rato. Sin embargo lo que el ministro ha reclamado tiene un nombre: censura.

Al ministro de Justicia le molesta la libertad de prensa. Por eso quiere censurarla y, de paso, criminalizar a todo aquel que se atreva a llevar a la luz pública un asunto turbio que tenga que ver con un cargo público. Porque en ocasiones esa filtración es la única manera de atraer la atención pública sobre algo que apesta en las alcantarillas. A veces también es el primer paso para hacer que intervenga la justicia ¿Paradójico, no?

Es cierto que en España no existe el verdadero periodismo de investigación. Y que cuando se pone en conocimiento de los medios algo que tiene que ver con un cargo público, la filtración siempre es interesada. Es posible que, como cree el ministro, exista animadversión o mala fe en dichas filtraciones. Cierto afán por dañar la reputación del protagonista, tal vez, que procede de su entorno cercano. Por eso en su partido son tan aficionados a las cazas de brujas.  O de topos ¿recuerdan?

Sin embargo el ministro olvida que con frecuencia esas filtraciones, por interesadas que sean, no dejan de hacer públicos hechos que son ciertos. Y que a menudo son censurables. Desde la prodigalidad de la alcaldesa de Valencia con los gastos, que no sufraga ella, hasta la afición de  Alfonso Rus de emular al tío Gilito contando billetes.

Todos y cada uno de esos casos han salido del entorno cercano a los protagonistas. Y todos ellos han servido para que la opinión pública cuente con más elementos de juicio para caracterizar a quienes nos gobiernan. La filtración es una herramienta política que también sirve para depurar las propias filas cuando el aparato del partido no hace nada por segar la cizaña. Me van a perdonar la autocita pero precisamente de eso trata mi primera novela.

Y es que, cuando uno debe decidir si otorga o no un voto de confianza en las urnas, es justo contar con información suficiente para comprender a qué clase de gente se encomienda un cargo público. Es imprescindible llevar ese debate a los medios. Al ministro–y a su partido– se les suele olvidar pero por eso precisamente se llama democracia.

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