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El salario mínimo: ¡Viva la engañifa!

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Ahora toca tocar las castañuelas. Hacer palmas como si acompañásemos las rumbas del Peret inolvidable. Batir las maracas como hacía Machín cantando Camarera de mi amor. ¡Alegría, venga alegría! Se acabaron las penas de la pobreza. Levantemos las copas para celebrar la gran noticia: ¡a partir de ahora el salario mínimo interprofesional sube de 655’20 a 707’60 euros! En las casas se agotó el tintorro y se aplauden los telediarios en la hora de la cena. Las calles se engalanan con las luces de Navidad en las que se cuelgan nuevos letreros emergentes: “Bienvenido el nuevo salario mínimo”. O lo que es lo mismo, aunque parezca que no nos damos cuenta: ¡bienvenido el cinismo! Hagamos palmas y toquemos las castañuelas, pero no para celebrar la benevolencia del acuerdo entre el gobierno del PP y el PSOE de la gestora golpista sino para hacer sonar los tambores de guerra, como hacían los indios en aquella lejana película de Alan Ladd dirigida por Delmer Daves.

En un país domado por la hambruna es como si ganar setecientos euros fuera el no va más. Si repasamos la lista de los otros países europeos veremos que por debajo de nosotros sólo están Grecia, Portugal, Polonia, Rumanía y Bulgaria. Y sin embargo es como si fuéramos los reyes del mambo. Lo que hay que decir es que somos una birria de país, igual que es una birria lo del salario mínimo. Ya lo he dicho antes: aquí lo del salario mínimo es mentira. La mayoría de los contratos son por horas. Casi ninguno de esos contratos es a jornada completa. Y aún peor: te contratan por horas y te obligan a hacer jornada completa. O más horas aún de las que contempla la jornada completa. Tampoco hay igualdad entre los contratos de hombres y mujeres. Eso tampoco. Claro que no. Sería mucho exigir a la parte contratante de la primera parte, como diría Groucho Marx.

Llevamos mucho tiempo insistiendo en que lo importante no es crear empleo, como aseguran los del gobierno y sus palmeros, sino crear un empleo que a la gente le permita vivir con dignidad. Hay mucha gente trabajando que se muere de hambre. O de frío en los inviernos porque le han cortado la electricidad. No me digan que no. Lo saben ustedes. Lo sabe todo el mundo. Muchísima gente -familias enteras- no tiene ni un euro de ingresos. Muchísima gente cobra no llega a los cuatrocientos euros deslomándose en el tajo que le sale, un tajo al que se agarra para quitarse de encima el asco que acumula comiéndose la cabeza y hablando con los pájaros en los bancos del parque que hay junto a su casa.

El salario mínimo sería verdad si aunque te contraten por horas cobraras esos setecientos euros. Pero no. Haces más horas en el trabajo que mili le quedaba a Cascorro en tierras de Cuba y sólo te pagarán cuatro perras. Es lo que hay. Si quieres lo coges y, si no, pues lo dejas. El mercado laboral ahora mismo es como aquellas viejas plazas donde llegaba el capataz de la hacienda y señalaba con el dedo a quienes ese día, al romper el alba, tenían la suerte de subirse al carro y empezar a deslomar las oliveras. Tú, tú, tú, tú… y los demás a rumiar el descontento como en la larga vigilia de los últimos de Filipinas, mientras se oye de fondo la versión antigua de Yo te diré cantada por Karina.

Y aún hay algo que me perturba más si cabe en esta retorcida historia del salario mínimo. Y es pensar en los tipos que deciden cuál ha de ser ese salario. Me los imagino alrededor de una mesa enorme, en un salón grande como un campo de fútbol, asistidos por una troupe de asesores pagados a precio de colmillo de elefante, como los que cazaba -entre otras presas- el rey emérito en las llanuras inacabables de Botsuana. Ahí se reúnen quienes decidirán el salario mínimo que ha de cobrar la gente por su trabajo en una jornada laboral completa. Ninguno de esos tipos gana menos de diez mil euros mensuales. Ninguno. Y sin embargo deciden que los demás -esas pobres gentes que contaba Dostoievski- sólo pueden ganar si trabajan todo el día unos miserables setecientos euros al mes. Ya sé que mucha gente dirá que esa comparación es pura demagogia. Me da igual si es demagogia o no lo es. Lo que sé es que lo que digo es verdad: quienes deciden que el salario mínimo no suba de los setecientos euros mensuales cobran como mínimo diez mil. ¿Es así o no? Yo, en vez de demagogia, lo llamaría simple y llanamente una cruel e impresentable canallada.

Pero como la noticia es tan felizmente electrizante, acabemos la fiesta con un redoble conjunto de palmas y castañuelas. La nueva dotación del salario mínimo bien se lo merece. Ya se sabe que ese salario mínimo, anunciado a bombo y platillo, es más falso que los running en chándal de Rajoy. No despega los pies del suelo y con sus ridículos bracitos dibuja ovoides horizontales que convierten la marcha en un balanceo cursi, como de niño pijo bailando un rock de Chuck Berry en la fiesta de graduación. Pero menos da una piedra y aún menos en el bolsillo de los ahogados. Así que a bailar toca de alegría.

¡Que siga pues la fiesta y viva el nuevo salario mínimo! O lo que es lo mismo: ¡Viva la engañifa!

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