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La aristocracia española de la alimentación se enzarza en peleas de telenovela

Vega Sicilia o Gullón han vivido batallas familiares por ver quién logra el poder en los consejos de administración

Para evitar problemas, es necesario contar con protocolos que marquen cómo proceder en caso de conflicto entre accionistas

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La Audiencia de Palencia confirma la validez de la junta de Gullón celebrada en el interior de un coche

La presidenta de Gullón que celebró una junta de accionistas en el interior de un coche para esquivar a la familia

Son el sueño de emprendedores con nombre y apellidos, empresas construidas a base de trabajo diario y de lograr una reputación y unos valores que les diferencian de la competencia. Linajes empresariales. La aristocracia burguesa. Pero ¿qué sucede cuando llega el día de entregar el relevo, de dar paso a las nuevas generaciones? Ahí empiezan los problemas, las luchas por el poder, las reivindicaciones y los reproches; a veces en privado y, en los casos más polémicos, en público.

“La principal ventaja de una empresa familiar es la confianza. Se supone, o presupone que, al ser una empresa de todos, las decisiones que tome cada individuo van encaminadas al beneficio de la empresa y de toda la familia, no sólo de uno mismo”, asegura el consejero delegado de una empresa de alimentación familiar.

Ésa es la cara. ¿Y la cruz, el aspecto negativo? “Cuando esa confianza se rompe, o se toman decisiones que la quiebran, no sólo se ve perjudicada la empresa, sino que también se perjudica a toda la familia. En una empresa que no sea familiar esto se arregla, en el peor de los casos, con la sustitución de las personas. Pero en una empresa familiar, ¿se puede sustituir al padre, hermano, primo, tío, cuñado, etc.?”, se pregunta este consejero. Ese es, precisamente, el dilema, lo que ha ocurrido en los últimos años en alguna de las empresas con más renombre del panorama alimentario español.

Vega Sicilia, una guerra que va más allá del vino

Es fácil que, al hablar de la lucha por el poder en una empresa vinculada al sector vinícola, vengan a la mente la imagen de Falcon Crest y las batallas intestinas por los viñedos del culebrón estadounidense. La realidad, en ocasiones, puede asemejarse mucho a la ficción. O superarla.

Vega Sicilia, una de las marcas de vino más renombradas, está controlada por una sociedad patrimonial, El Enebro, de la familia Álvarez. Su patriarca, David Álvarez es, además, presidente del Grupo Eulen, una de las mayores compañías de servicios (seguridad, limpieza…) de España.

La caja de Pandora de El Enebro se abrió en enero de 2010, cuando se inició la batalla por ver quién tenía el control del consejo de administración. Cinco de los siete hijos de David Álvarez lograron hacerse con el timón gracias a su mayoría accionarial, pero dieron paso a una batalla judicial que aún prosigue. La última palabra fue pronunciada por la Audiencia Provincial de Madrid, que el pasado 22 de mayo devolvió el control de Vega Sicilia al patriarca. Sus cinco hijos rebeldes anunciaron su intención de recurrir al Tribunal Supremo.

Freixenet, el futuro de las burbujas navideñas

Hace sólo unos días, el presidente de Freixenet reconocía ante los medios de comunicación que la compañía se enfrenta a un boicot a su cava en el conjunto de España y a otro boicot a su marca dentro de Cataluña por declarar al diario The New York Times que esta Comunidad Autónoma “es una parte esencial de España”. Pero éste no es el único de los problemas al que se enfrenta el fabricante del espumoso de las burbujas navideñas.

Hace unas semanas, falleció Dolores Ferrer Sala, uno de los cuatro accionistas de Freixenet junto a sus hermanos José, Carmen y Pilar. Esta, a su vez, es madre del actual presidente de la compañía. El problema deriva del reparto de los títulos de las acciones de Lola Ferrer, como era conocida, quien, según fuentes próximas a la empresa, no tenía descendencia, por lo que sus acciones podrían ser distribuidas –aún no ha trascendido cómo– entre sus parientes y romper así el actual equilibrio accionarial de Freixenet.

Gullón, una peculiar junta de accionistas en un coche

A principios de octubre, la Princesa de Asturias entregó a la presidenta y consejera delegada de Galletas Gullón, María Teresa Rodríguez Sáinz-Rozas, el Premio a la Mujer Empresaria, como reconocimiento a su trayectoria empresarial, tras 30 años al frente del grupo galletero palentino.

Una vida empresarial que se ha visto salpicada por una batalla legal por el control del accionariado, con tres hijos y dos hermanos. A finales de 2009, éstos controlaban el consejo de administración y destituyeron a Rodríguez Sáinz-Rozas como presidenta, y, de su cargo, al director general, Miguel Ángel Martínez Gabaldón. Contra éste presentaron, además, una querella por presuntos delitos de apropiación indebida y estafa. Los familiares iniciaron entonces un serial de recriminaciones varias utilizando como altavoz a los medios de comunicación.

El despido de Martínez Gabaldón fue declarado improcedente por un tribunal, que ordenó su readmisión o el pago de una indemnización de casi nueve millones de euros, la más alta declarada hasta entonces en un caso de despido improcedente. Finalmente, la presidenta de Gullón retomó el poder como administradora única gracias a una junta de accionistas, cuando menos, peculiar. Se celebró en el interior de un coche con los tres accionistas que representaban más del 80% del accionariado: la presidenta, su hija fiel Lourdes y el propio Martínez Gabaldón, quien continúa siendo director general. Hoy, en apariencia, las aguas han vuelto a su cauce.

“Ser hijo de un empresario, por el mero hecho de serlo, no significa que seas un buen gestor”, explica Guillermo Alcover Garau, catedrático de Derecho Mercantil. “En realidad, todo esto es muy simple: si unos hermanos no se llevan bien, no hay gestor, ni abogado que haga nada”. Pero la solución puede ser igual de sencilla. “Hay que crear un protocolo, de obligatorio cumplimento, que establezca unas reglas recogidas en los estatutos de la sociedad, para que los familiares, aunque no estén bien avenidos, al menos se entiendan”.

“También puede pasar que un familiar deje a su hermano, o al pariente que sea, dirigir la empresa y no se inmiscuya en su trabajo. Ahí, lo que debe haber es una política de reparto de dividendos porque, simplemente, hay que tenerlos contentos”, señala el catedrático. “No es muy diferente a lo que sucede en una empresa cotizada: si tú repartes dividendos y tienes contentos a tus accionistas, no tienes demasiados problemas; pero como seas una empresa familiar con desavenencias que además tiene pérdidas, eso, sin duda, es lo más difícil”.

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